Escenarios post-Procés

Lluis Camprubí

El “Procés” ha dominado la política catalana de una forma abrumadora los últimos años. Lo ha hecho con tanta capacidad hegemónica que resultaba prácticamente imposible operar políticamente fuera de este marco, y aún más plantear/imaginar alternativas a él. Sin embargo empiezan a aparecer bastantes síntomas de su agotamiento, fatiga y colapso. Esto hace que sea de interés dibujar cuáles pueden ser las características de los distintos escenarios políticos de futuro, entre otras cosas para poder anticiparse e intervenir mejor. Lo que sigue es un primer ejercicio (difícil) de explorar hipótesis, previsiones e intuiciones (sin desarrollar) que seguro habrá que afinar y completar. Ejercicio hecho con las obvias limitaciones de hacer proyecciones sobre un fenómeno que a veces cuesta pensar saliéndose de él, que tiene una fabulosa capacidad de generar nuevos mirajes temporales, y que en muchas ocasiones parece que produce más declaración y agitación que movimiento de avance tangible.

Podríamos empezar definiendo el Procés como: “Movimiento político y social de amplio espectro; con mucha fuerza de movilización popular; hegemónico discursivamente; con capacidad de condicionar y hacer pivotar la agenda y la política catalana alrededor de él como único eje; y que persigue el objetivo de la independencia de Catalunya en un tiempo muy próximo”. Si lo entendemos así, es fácil ver que varias de sus características se van degradando. Entre ellas sus capacidades unitaria, exclusivista y de parecer creíble. Pero en especial la incapacidad de conseguir -ni siquiera acercarse- el propio objetivo político declarado, lo que implica una derrota política espectacular.

Esa incapacidad –imposibilidad previsible desde sus inicios- viene por distintos factores insuperables para el propio Procés: la complejidad y pluralidad de la sociedad catalana, la falta de una mayoría social (y política) sostenible, y la falta de legitimidad de su hoja de ruta; la densidad contractual y de vínculos de todo tipo existentes con el resto de España, así como la nula predisposición de las instituciones del Estado a cooperar; y la oposición de todos los actores europeos e internacionales relevantes. Como muchos procesos políticos no tendrá una fecha concreta de finalización, pero seguramente a lo largo de este curso político veremos su empantanamiento. Colapso no únicamente visible por el choque/contraste con la realidad y con el calendario auto-impuesto. Sólo en lo interno ya podemos apreciar algunas señales: El estancamiento en su apoyo, la auto-referencialidad y la alienación de sus discusiones, la fatiga entre los sectores ilusionados, y la priorización de los otros objetivos que tenían los principales actores participantes frente a la ausencia de resultados. Algunos elementos discursivos son también sintomáticos: la divergencia creciente entre las opiniones de su dirigencia expresadas en público y en privado; y el desajuste entre lo que se dice y la realidad. Y en especial es significativo el empequeñecimiento del alcance de aquellos a los que se pretendía convencer. En lo externo, las oscilantes mezclas de seducción (“será bueno para todos”) y amenazas de desestabilización hacia los actores estatales, europeos e internacionales se han saldado con fracaso absoluto. Y las seducciones internas se han acabado reduciendo a intentar tensionar y fracturar las organizaciones sociales y políticas del catalanismo no independentista.

Así pues, para los próximos meses (o año) podemos intuir algunos elementos comunes del nuevo escenario y dibujar los distintos escenarios políticos que se pueden configurar.

 

Elementos característicos en el post-procés

Partiendo de la constatación que empezará en la misma realidad jurídica-político-administrativa actual, se pueden realizar algunos apuntes tanto del futuro panorama social como político.

Seguramente la gran pregunta es qué hará toda la gente que en los últimos años ha adoptado planteamientos independentistas y se ha movilizado de muy distintas maneras al respecto. Después del salto espectacular (situándose alrededor de los 40’s % ) en las preferencias políticas hacia el independentismo de hace unos años, el número de partidarios se ha estancado, pero aún es pronto para anticipar el reflujo. Uno de los mecanismos principales que operó para seducir a ese porcentaje significativo de personas en un contexto muy particular fue la atracción vía “esta es la única utopía disponible”. Tendrá pues un innegable impacto el choque con los deseos y esperanzas el asumir que no se materializa esa propuesta. Sin embargo, a falta de otro horizonte ilusionante de reemplazo, y teniendo en cuenta el fuerte componente emocional de la cuestión, el constatar el paso de “utopía disponible” a “utopía lejana” es posible que no provoque un cambio descendiente en las preferencias de una forma tan rápida como fue su adopción, pero sí que puede pasar a deseo y horizonte difuso. Con una intensidad de preferencia y una priorización mucho menores, de manera que no condicionará tanto sus decisiones y motivaciones políticas. En general, dentro de los actuales partidarios de la independencia que creían en su culminación exitosa -y después de pasar cada uno a su manera las distintas fases del duelo político- podemos imaginar tres futuros grupos, aún de difícil cuantificación: a) los que manteniendo el objetivo final, se adaptarán a nuevas tácticas, estrategias, tiempos y articulaciones políticas; b) los que por la frustración sobrevenida, se conviertan en personas tóxicas y reaccionarias políticamente, dominadas por el odio y el rencor, fluctuando entre el nihilismo y la persecución del enemigo interior; y c) los que irán fluctuando hacia otras preferencias políticas. La inmensa mayoría de personas, seguramente, con una intensidad y motivación menor en todo ello.

Aún no tienen una forma clara, pero nuevas propuestas, preocupaciones o retos políticos que dibujen horizontes colectivos entrarán en competición y rellenarán el vacío. Puede durar aún unos meses el proceso de sustitución. Posiblemente bastante consecutivo a la interiorización “colectiva” que un horizonte cercano de independencia no es posible. Tampoco el referéndum de autodeterminación, dicho sea de paso, aunque pueda alargarse un poco más esta ficción. Es posible también que se alargue un poco si el Procés adopta una estrategia de la tensión (actos para buscar reacciones de las instituciones del estado que puedan indignar), aunque a nadie se le escapa que no tenga mucho recorrido más allá de una futura mayor desestructuración. De forma que en aparente continuidad y supuesta lógica interna, de forma explícita o implícita, la sociedad se irá realineando en base a los nuevos horizontes. Es difícil prever los comportamientos políticos de cada formación específica, pero podemos suponer una adaptación a caminos más transitables en general. La racionalidad nos diría que los partidos se deberían realinear con otros ejes de conflicto político, y reajustar y recambiar sus direcciones proporcionalmente a su error táctico y a la cercanía con la derrota de su estrategia, pero sabemos que los tiempos y muchísimos otros factores influyen en que esa relación no sea lineal. Especial incógnita es el espacio/vacío político de la derecha, en este sentido.

Así mismo, la movilización popular al respecto seguramente no seguirá igual. No es ninguna crítica señalar el significativo carácter emocional y vivencial que ha llevado a muchísimas personas a una movilización tan sostenida y espectacular en los últimos años. Hecho que es un factor clave para que no se desactive instantáneamente aunque cambie el contexto político. Además se da la curiosidad que todo el mundo da semejante nivel de movilización popular por descontado y amortizado políticamente. Así que es posible que en lo referente a las movilizaciones centrales del Procés estemos asistiendo al nacimiento de una tradición. Pero la intensidad seguramente decaerá. Sea cuál sea el proyecto político central que adopte mayoritariamente la sociedad catalana, sí que podemos suponer que no irá acompañado de tanta movilización popular ni de tanto entusiasmo de parte, circunstancia que debería ser asumida por las mediaciones políticas que lo vehiculen y formen parte de él.

Dicho todo esto, lo que también es evidente es que la búsqueda de una articulación diferente y más satisfactoria entre Catalunya y el resto de España seguirá siendo un reto político pendiente que permanece. En este sentido se pueden abrir distintos escenarios políticos.

 

Posibles escenarios políticos de futuro

Aunque toda inestabilidad es degradable y extensible en el tiempo, en una situación de conflicto político llega un momento en que los equilibrios, incentivos y fuerzas internas de parte cambian y la voluntad resolutiva emerge. Podemos contemplar dos posibles escenarios principales en el próximo año o siguiente, situados ya en el post-procés, y un tercero que significa básicamente demorar/bloquear en el tiempo que emerja uno de ambos. Aún es pronto para saber hacia dónde llevarán los hechos, y no es cuestión menor qué parte inicia el movimiento.

  • Las instituciones estatales inician un proceso de reforma

Una vez resuelto el esquema de gobernabilidad y estabilización institucional española, a partir de un cierto consenso básico de partida del posible alcance, perímetro y terreno de juego (sin ello es impensable que el principal partido estatal no se oponga), se decide con base en el Congreso impulsar un proceso de reforma constitucional, de actualización de la articulación territorial y de clarificación competencial. No siendo claro que haría cada uno de los actores políticos individuales catalanes, el coste y las contradicciones de su no implicación parecen altos aunque diferenciados. Así, este escenario permitiría a los partidos catalanes “del Procés” una transición al nuevo escenario más suave, pudiendo mantener por un tiempo dualidad de práctica en la esfera catalana y en el congreso. Este pues pasaría a ser uno de los espacios de canalización de las principales reivindicaciones más transversales que salen desde el polo catalán.

  • Consenso amplio en Catalunya de promover un cambio constitucional

Si bien ahora mismo no parece un escenario factible, es posible que la perspectiva cada vez más cercana que el Procés ya no de más de sí y que más demora implica peores condiciones, convenza a parte de los impulsores del mismo en cambiar de estrategia (quizás en la próxima legislatura, eso sí) y volver al gradualismo y al interés (ni que sea propio) de cambiar España. Si una parte significativa (también socialmente) llega a esa conclusión y supera el bucle metodológico, con la potencia comunicativa que tiene (aunque sólo sea una parte), no parece que sea muy complicado que pueda convencer de ese giro a buena parte de su acompañamiento social.

Condición previa sería suturar y recomponer puentes en el catalanismo y a la vez facilitar una pista de aterrizaje con cierta capacidad de ilusión. El catalanismo entendido como aglutinador muy transversal y común denominador en aspiraciones en auto-gobierno ha sido demolido y liquidado para edificar el Procés. Con esta nueva centralidad y cambio de alianzas en el tronco central debería articularse desde las instituciones catalanas una propuesta para cambiar el encaje y el pack constitucional, y que aborde también la plurinacionalidad y las cuestiones más sensibles identitarias-culturales-lingüísticas, la financiación y los grises competenciales.   Proceso que es pensable que vaya acompañado de menor movilización popular, paradójicamente.

  • Alargamiento de la ficción “procesista”

Aunque lleve a mayor derrota política y organizativa suya (y a peores derivadas para la sociedad catalana) y a una pavorosa desnudez al final, no se puede descartar que los actores del Procés se conjuren para seguir alimentándolo. No son menospreciables los incentivos políticos para algunos de sus componentes. Quizás podrían alargarlo un año adicional. La potencia mediática y comunicativa puede cubrir el gap respecto la realidad algún tiempo. Y en lógica conflictiva la degradación institucional, la acción política que se sabe va a ser anulada y las acciones personales que inhabiliten o sancionen pueden resultar ser aceptables un poco más de lo normal. Pero todo se agota. Los teóricos de la dinámica acción-reacción-acción que imaginan una espiral creciente movilizadora deberían saber que en esa lógica las instituciones estatales tienen toda la capacidad para anular inmediatamente los actos políticos y para dosificar (en tiempo e intensidad) las respuestas a las actuaciones individuales, de forma que la espiral sea más bien de marchitamiento. Soñar en desobediencias sostenidas y masivas políticas, institucionales, administrativas, funcionariales, fiscales, civiles y personales es no conocer (ni haber pulsado) la sociedad catalana (ni la realidad). Al final pues es esperable un replanteamiento estratégico.

 

Balances e impactos del Procés

En el post-procés será importante la batalla ideológica para valorar y enmarcar el impacto, utilidad y sentido que haya tenido el Procés como etapa. No será menor la confrontación para que alguna de las visiones valorativas sea hegemónica en el relato y en el enfoque sobre su coste-oportunidad en unos tiempos con otros retos muy mayúsculos. Sin embargo, si se reconstituye el catalanismo como aglutinador y común denominador también deberá acordar un relato que no sea frustrante ni para los que han participado ni para los que han sido indiferentes o reactivos al Procés.

En el caso de su utilidad política para el auto-gobierno será difícil hacer una valoración objetiva debido a la dificultad de imaginar el contrafactual de lo que hubiera pasado “sin procés”. En la disputa competencial podemos pensar que ha actuado como freno disuasorio a pulsiones recentralizadoras pero también que la ruptura del catalanismo ha reducido su efectividad política. Y aunque es posible que algunos cínicos teoricen a posteriori que todo el Procés estaba pensado para simplemente ganar fuerza en una futurible negociación de nuevo “status” con las instituciones españolas, lo cierto es que haber mostrado las costuras y limitaciones de la propia parte y empezar desde el agotamiento social no está claro que sea un punto positivo.

Algunos de los choques de valoraciones es posible pues que sean: a) sobre la politización generada: ha estimulado políticamente a mucha gente pero a la vez ha infantilizado la política catalana tremendamente; b) sobre lo que ha evitado: ha evitado la aparición en el actual contexto de un repliegue nacional-identitario más duro, o de matriz reaccionaria, pero también ha bloqueado mayorías de gobierno de izquierdas y que el eje de conflicto principal haya sido otro; c) desde una perspectiva independentista: ha incorporado a muchísima gente a su proyecto pero a su vez se ha mostrado su imposibilidad práctica en circunstancias teorizadas como ideales; d) para el movimiento nacionalista: ha socializado sus debates con el conjunto de la sociedad catalana pero a la vez ha hecho “mainstream” y ha dado voz a posiciones supremacistas que antes estaban silenciadas; y e) sobre el sentido personal e individual, especialmente para las personas implicadas: ha sido una experiencia vivencial colectiva ilusionante versus ha sido una colosal pérdida de tiempo y energía, individual y colectiva.

Nadie debería ignorar que el relato que resulte hegemónico puede contribuir o no a un cierre en positivo.

 

Conflicto/sesgo de interés

Esto es un ejercicio sincero (aunque no testable ahora y con multitud de errores que seguro irán apareciendo) de dibujar las perspectivas políticas y escenarios que intuyo pueden venir en el “post-procés”, al margen de mis preferencias políticas. Sin embargo, creo que lo correcto es indicar también mis opiniones al respecto: a) No creo que la independencia de Catalunya sea un objetivo a perseguir desde una óptica de izquierdas http://www.debatecallejero.com/8-falacias-del-independentismo-sobrevenido-de-izquierdas/ ; b) Pienso que la permanencia del “procés” imposibilita por distintas razones cualquier mayoría de gobierno de izquierdas en Catalunya; y c) No veo ni viable ni deseable un referéndum de autodeterminación http://www.debatecallejero.com/la-autodeterminacion-quizas-no-sea-la-solucion-aqui-y-ahora/ (sí en cambio referéndums sobre acuerdos políticos).