8 falacias del independentismo sobrevenido de izquierdas

 Lluís Bardolet

Hay personas, grupos y organizaciones (o partes de ellas) de izquierdas en Catalunya que en los últimos tiempos han pasado a ser defensoras de un proyecto independentista. Al analizarlo conviene distinguirlo del independentismo sobrevenido de derechas, que responde a otras razones y que merecería separadamente otro artículo. Ejemplos se pueden encontrar en algunos de los abajo-firmantes de las “esquerres pel sísí” (sí+sí es la opción independentista en la consulta que estaba planteada para el 9 de noviembre). En el caso que nos ocupa es algo que puede ser entendible en un contexto de repliegues nacionales en distintas partes de Europa, de hartazgo hacia las instituciones estatales (especialmente hacia sus mayorías de gobierno actuales), de acomodo intelectual con el “todo es culpa de Madrid”, de búsqueda urgente de alternativas y de preeminencia y movilización del debate “nacional”.  Puede ser que estos cambios – individuales o colectivos- sean activos, voluntarios y entusiastas o bien sean forzados por el deseo de no quedar desconectado del desplazamiento social habido. Lo que resulta más chocante es que esta evolución/despertar político-ideológico se justifique, se vista, se venda o se proyecte como un instrumento para construir una sociedad más justa y con mayor bienestar a coste cero (sea socioeconómico o convivencial, a modo de “apretar un botón”). Estos sectores deberían participar de un debate intelectualmente más riguroso y no prometer cosas que o no tienen que ver con la articulación territorial o se basan en pretender construir un “nosotros” más pequeño en un territorio relativamente más rico. Vistas las principales razones instrumentales (o de beneficio socio-económico) argumentadas se puede concluir que son falaces y/o en algunos casos no de izquierdas (en especial las relativas al “soberanismo fiscal”). Intentaré explicar estas falacias a partir de algunas de las consignas y frases hechas que más se oyen por estos lares:

 1.   Derechos sociales y nacionales son inseparables 

Esto es una expresión de deseo. O proclamación de un proyecto político de parte. Pero no la realidad. En primer lugar porqué  la hegemonía dentro del bloque independentista no apunta  en este sentido. En segundo lugar porqué algunos de los derechos nacionales que se reclaman dificultan la realización efectiva  de algunos de los derechos sociales a los que se aspira (sea porqué restringe el demos, porqué aplaza tácticamente su consecución o porqué obligan a la rebaja competitiva de estándares en aspectos sobre los que se quiere tener plena capacidad normativa). Y finalmente porqué el propio proyecto independentista que inherentemente es de confrontación dura con el estado (si es que no es declarativo), en fase de conflicto político serio, no permite avanzar en derechos sociales.

Además tampoco ese supuesto binomio es  un hecho inmutable en el tiempo. Lo que en determinados contextos históricos fue cierto –que avanzaron en paralelo- no tiene porqué serlo ahora. A partir de un cierto momento -sin que esté claro cuándo- se puede pasar de que ambos “derechos” sean complementarios a excluyentes o sustitutivos. 

2.   Si no superamos  exitosamente el “procés” no podremos empezar a hablar y arreglar lo “social”

Aunque contradictorio con el primer punto, es también frecuente escuchar este argumento, seguramente destinado a convencer a aquellas personas preocupadas por la desaparición aparente –en medio de una crisis económica sin precedentes- del debate y del conflicto social

El escenario más probable es de empantanamiento del  ”procés”. Un “procés” curiosamente que lo es todo menos proceso, en el sentido que lo único que no se entra a discutir seriamente precisamente es el cómo y el tránsito. La inmensa mayoría de observadores coinciden en qué es imposible en los próximos años que Catalunya se convierta en estado independiente. Por lo que el  ”procés” pasará a formar parte del paisaje con más o menos intensidad y preeminencia. O bien hasta el agotamiento por indigestión/saturación de las gentes, porqué no da más de si, o porqué es desplazado por una nueva utopía de recambio (es posible que después del Bienio tonto -metodológicamente hablando, en el sentido de pretender realizar unilateralmente una “consulta” de autodeterminación  y/o un proceso de secesión- venga un Bienio regeneracionista de alcance estatal) . O bien hasta que haya servido para generar una nueva articulación territorial que de satisfacción a la mayoría de la ciudadanía. Hasta llegar a alguno de esos dos puntos (para lo que pueden pasar años) puede convertirse en paisaje como miraje o  como escenario total. Si los vectores dirigentes deciden convertirlo en utopía-reclamo hacia la que ir avanzando gradualmente y revestirlo de mucha política declarativa sin pasos efectivos, va a seguir alejándose a medida que aparentemente se acerque como cualquier espejismo. Por lo que su “presencia” va a seguir. Si los grupos dirigentes deciden empezar a dar pasos efectivos se abre un escenario de conflicto duro (ya que en eso sí que hay unanimidad y es que el  estado no va a abrir un proceso de negociación sobre su ruptura). De un conflicto total y totalizante que parece evidente no va a dejar espacio a nada más. 

3.  Habrá más recursos para las políticas de bienestar

 Los costes de transición se obvian completamente y caen del debate o de la ecuación. Aunque incluso los más entusiastas independentistas asumen que los primeros años serían  económicamente un desastre e implicarían retrocesos adicionales en la actividad económica y en las políticas públicas de bienestar.  A los conocidos efectos frontera y de fuga de activos hacia territorios “UE-seguros” (en el supuesto ingenuo que el “procés” fuese facilitado por el estado y la UE, retrocesos que se multiplican en caso de proceso conflictivo), habría que añadirle una severa austeridad auto-impuesta de la futura administraciones catalana independiente (bien sea para poder financiarse externamente a unos tipos razonables; para  cumplir unos criterios de reincorporación a la UE/UEM a ser negociados desde la debilidad y el estar fuera; o para sostener  una hipotética moneda propia y la inflación en unos límites razonables).

Sin embargo, desde una perspectiva de izquierdas, quizás lo más preocupante es la asunción  de las cifras del “déficit en las balanzas fiscales” como activos a incorporar automáticamente para políticas públicas.  Eso denota un error de confundir parte por el todo (flujos de recursos públicos como única alteración económica en un rediseño de fronteras). Pero sobretodo un alejamiento del concepto de solidaridad.  Hay dos ideas-fuerza que desde una perspectiva progresista deberían guiar  los criterios de las políticas de redistribución fiscal entre territorios: a) “Pagar por renta- recibir por población” y b) “ordinalidad + nivelación” (que después de la redistribución fiscal y transferencias entre territorios, las posiciones en un ranking de riqueza relativa no se vean desordenadas pero que la magnitud de las desigualdades se haya reducido). No hay sistema real que pueda cumplir al 100% ambas ideas a la vez. Pero sí hay propuestas que nos pueden ir aproximando hacia ambos criterios. Lo que está claro es que las propuestas basadas en un concierto económico (o en el estadio superior de estado independiente) alejan tanto del “pagar por renta-recibir por población” como de la “nivelación”. 

4.   Un país que desde la proximidad podremos gestionar mejor y con más justicia social 

La dimensión fiscal – aparte de la concepción y el sistema de transferencias comentado en el apartado anterior- tiene en el nuevo argumentario del independentismo de izquierdas una poderosa arma: desde la proximidad se podrán fijar los impuestos y tipos que más se ajusten a “nuestras” necesidades.  Sin embargo, un estado frágil y en construcción es el candidato ideal para no tener otro remedio que adoptar (por acción u omisión) una estrategia competitiva de fiscalidad a la baja respecto a otros territorios vecinos. Lo único que puede frenar esta espiral competitiva de fiscalidad descendiente entre unidades territoriales es fijar unos mínimos  impositivos a los niveles territoriales superiores (elemento que evidentemente también refiere a la tensión entre estados miembro y el nivel UE).

Parece evidente que para poder gestionar y gobernar bien  bajo un criterio de soberanía popular un territorio tiene que existir la pre-condición que el área político-democrática, el área monetaria, el área fiscal y el área de mercado único sean lo más similares posibles entre ellas, idealmente que todas ocupen el mismo territorio. Ahora mismo esta situación no se da y algunos de los desajustes existentes (especialmente a escala europea) son factores que explican la situación en la que estamos. Hay razones de fondo para pensar que una convergencia rápida hacia una ecualización de áreas no se va a dar de forma inmediata y simultánea entre todas. Aunque es posible  pensar en pasos graduales que acerquen esa ecualización (a distintas velocidades según la dimensión). Lo que sí está claro es que un proceso de establecimiento de un nuevo estado  y su desinserción en alguna de las áreas aleja de  la consecución de ese equilibrio ideal.

Toda propuesta de acercar el gobierno a niveles más próximos  seguro que es bien recibida de forma intuitiva o emocional por muchos sectores, especialmente por los más castigados por la crisis.  Es una versión biensonante de repliegue nacional en un sentido democrático, y de posible  control frente a la globalización neoliberal.  Sin embargo, eso difícilmente aportaría más soberanía popular real respecto a gobiernos democráticos que incluyan más territorios (aunque sus centros estén más alejados) más capacitados para regular este capitalismo y no hacer competir unidades territoriales inferiores (no sólo pensando en el estado sino también en Europa).

5.  Hay que estar con el Pueblo

La sociedad catalana es –a pesar de los pesares- extremadamente compleja y plural. Una parte importante (la única movilizada significativamente al respecto) ha asumido como proyecto político el independentismo. En esto ha habido un fuerte desplazamiento  los últimos años. Hay un debate no resuelto si esto ha sido por transmisión “top-down” o “bottom-up”, es decir, si son las élites las que han empujado al “pueblo”, o ha sido al revés. Evidentemente estamos hablando de fracciones de ambos (el error metonímico acecha a la que uno no matiza). Seguramente la realidad es que se han ido retroalimentando, siendo muy difícil establecer quién es huevo y quién gallina. El problema -para las izquierdas- de la visión de un movimiento de empuje popular exclusivo es que entonces se renuncia a confrontar políticamente y a trabajar en la búsqueda de proyectos de síntesis. En esta era de desresponsabilización política (de externalización de responsabilidades y “culpas” hacia niveles político/sociales/administrativos que quedan fuera del control aparente de uno), el surfeo con los vientos del “pueblo” y la renuncia a intervenir políticamente pueden ser rentables políticamente en el corto plazo, pero acaban generando problemas mayores en el futuro.

Sin embargo, en la subjetividad de las identidades nacionales siguen predominando de forma muy mayoritaria las distintas combinaciones de sentimiento dual (con distintas intensidades de sentirse catalán y español).  Es por ello, que para conservar la unidad del “un sol poble” no parece muy razonable polarizar y buscar las soluciones en un proyecto que pueda entusiasmar a cerca de la mitad de la población  pero dejar a la otra mitad profundamente e íntimamente insatisfecha, en vez de buscar articulaciones que puedan dar satisfacción (aunque sin tantos entusiasmos) a una muy amplia mayoría de la ciudadanía.

 Ha habido algún debate (difícil de medir ciertamente -más allá de las experiencias propias de cada uno- por la dificultad de consensuar lo que son anécdotas aisladas, “clústers” de anécdotas o categorías) sobre si ha aumentado la crispación/fractura sociopolítica en Catalunya relacionada/causada por esta cuestión.  Lo que sí parece lógico proyectar es que tanto si el “procés” entra en algún momento en fase “ejecutoria” como si se degrada y genera frustración, en ambos casos la polarización en el debate, la confrontación entre posiciones, la ruptura de puentes y cohesionadores y la búsqueda de enemigos/traidores interiores, florecerán. 

6.  ”Yo antes era federalista, pero es que es imposible”.

Es frecuente en aquellas personas de izquierdas que han evolucionado hacia el independentismo en los tiempos recientes empezar sus argumentaciones con aquello del “yo antes era federalista, pero…” y explicar que la ausencia de federalistas en el resto del estado y la no voluntad del estado de negociar un encaje federal les han desplazado hacia opciones independentistas.

Es innegable la dificultad para negociar y llevar a cabo en España un proyecto federalista plurinacional. Aunque es cierto que la realidad es cambiante y que en los últimos tiempos se ha ido visibilizando en las distintas organizaciones de la izquierda social y política un mayor compromiso en un sentido federal, y que ya hay sectores de la derecha que no se oponen a una reforma constitucional federalizante, también es cierto que tiene enormes dificultades su materialización. No parece algo inmediato. De todas formas,  que haya multitud de obstáculos en este camino no hace que otros caminos como el independentista sean más fáciles, al contrario.

Cuándo se asume que no hay vía unilateral posible para el independentismo (con unas mínimas garantías para su realización efectiva y a un coste social asumible) y por lo tanto que la independencia también se debería negociar, se llega al absurdo que el estado que no quería negociar una reforma federal va a proceder a negociar una secesión. Así pues, quizás es mejor entender desapasionadamente que soberanía es lo que te reconocen los otros supuestamente iguales y que se está en un contexto geopolítico difícilmente peor para un movimiento independentista, especialmente dentro de un estado miembro de la UE. Y dejar las prisas.

 7.   El punto de encuentro entre los que quieren superar el statu quo es el “Sí-Sí”

Dado el actual deseo de muchas gentes de izquierdas de superar el actual “statu quo” en lo referente a la articulación territorial, esto parece más un reclamo para pescar federalistas despistados que un punto de encuentro para compartir parte del camino entre un proyecto  federal y uno independentista. Asombra la auto-devaluación del proyecto independentista aplicando aquello del “sirve para todo y para todos” y el poco valor e instrumentalización que se le da a una opción de voto (si hubiese habido consulta) llegando al paroxismo de argumentar que también podría considerarse un elemento para partir de máximos en una hipotética negociación.

A esto se le suma la teorización que han hecho algunos sectores de la izquierda transformadora que el movimiento independentista puede actuar como una cuña para una ruptura progresista en lo social y lo democrático para Catalunya y para el conjunto del estado.  Ciertamente habrá ayudado a mover cosas, pero con un proyecto únicamente para una parte territorial no se puede al final contribuir significativamente a un impulso de cambio en el conjunto. De hecho es posible pensar (y quizás más probable) que si la tensión independentista se agudizara, ésta actúe como freno y contención a los movimientos de cambio y contestación en el conjunto del estado.

En el papel todo parece posible y lo del punto de encuentro del Sí-Sí entre el independentismo y el federalismo se completa con aquello del sólo desde la independencia se puede establecer un pacto federal. Evidentemente esto no es así (ni ha sido así en otros casos). Parece pues más honesto plantear un punto de encuentro metodológico, de camino y no de destino, entre ambas sensibilidades. Y éste, en el actual contexto, únicamente puede ser una reforma constitucional. El independentismo si en algún momento quiere tener unas mínimas posibilidades de materialización de su proyecto a unos costes asumibles para la mayoría deberá volver a un cierto gradualismo, paciencia y abandonar el pensamiento unilateral.  Con acción unilateral son previsibles muchos costes y ningún resultado.

8.  Es una oportunidad para construir un país nuevo

Especialmente seductora es la idea de empezar desde 0 a construir un país y proyectar todos los deseos de la sociedad soñada en esa hoja en blanco. Pero la realidad es que existe una densidad de interacciones, relaciones, intereses, interdependencias, una red contractual, y unas correlaciones de fuerza que hacen cuasi imposible construir aisladamente algo significativamente diferente y mejor socialmente. Así mismo, las bases materiales, culturales y de hegemonía de la sociedad catalana no parecen muy distintas de las del entorno. Tampoco la sociedad catalana parece estructuralmente y de forma sostenida en el tiempo más de izquierdas (especialmente si descontamos el efecto urbano y el efecto de confusión generalizada entre los  ejes social y nacional, donde se tiende a etiquetar e identificar como más de izquierdas aquellas propuestas y grupos que se ubiquen en el campo del catalanismo en el eje nacional).

 

Concluyendo, no parece que basar un posicionamiento independentista en  promesas relacionadas con la mejora de las condiciones materiales de vida y de profundización democrática sea muy honesto intelectualmente ni conectado con la realidad.  Eso no le quita un ápice de legitimidad a que haya personas y colectivos de  izquierdas que por diversas motivaciones (sin menospreciar el valor de la ilusión) quieran ahora que su territorio de referencia se convierta en estado-nación. Queda para el debate sobre los  juicios de intenciones si estas razones materiales son fruto del convencimiento, de la auto-justificación, o del intento de convencer a despistados. Seguramente de todo habrá y en distintas proporciones. Prejuzgando en positivo,  puede entenderse en la búsqueda incesante de alternativas  que tienen todos los sectores de izquierdas. Y cómo, frente a la enorme dificultad de plantear y realizar una alternativa  socioeconómica al neoliberalismo, se acabe sucumbiendo (incluso involuntariamente) a intentarlo a través de las utopías de recambio que van apareciendo y concatenando. Sin embargo, si la razón de la independencia –tal como se argumenta- es instrumental para mejorar el bienestar de los catalanes, quizás cabría preguntarse si a esta cohorte humana actual que está sufriendo los efectos de la crisis y la austeridad y dónde una buena parte está empezando a vivir cada vez más pensando en el corto plazo, podemos  plantearle un empeoramiento y sufrimiento adicional en el corto y medio plazo, con la promesa de un supuesto mejor futuro lejano.