Juanjo Cáceres
Como que todo tiene un final, también ha llegado el fin de ese ciclo de textos cuyo título empezaba por «En», que desde el año pasado ha hecho acto de presencia en este espacio. Al menos en el lugar, forma y estilo que los han caracterizado. No porque la fórmula se haya agotado, ni mucho menos, sino porque a veces algún acontecimiento sobrevenido hace aconsejable abrir un paréntesis y tal vez retomar la línea más adelante, aunque de forma distinta.
La cuestión ahora es valorar si conviene acabar con una última historia o bien limitarse a realizar un texto de transición mientras imagino cuál será la nueva voz que volverá el próximo «curso». Todo un dilema.
Es entonces cuando me viene a la mente Gerardo, un hombre de más de 90 años que en un lejano 2070 se acerca rápidamente al final de su vida y se pregunta qué le aguarda después. Profesando de nuevo un acto de fe, confía en que le aguarde Dios y la vida eterna. Y más aún cuando la suya no es la experiencia de un creyente de cuna, sino la de alguien que en el ya lejano año 2026, cautivado por el papa León XIV y por las nuevas corrientes religiosas que recorrían el mundo entre canciones de Rosalía y crisis del Estado del Bienestar, se sintió llamado por la Virgen del Rocío y se bautizó al cabo de unos meses.
Con la fe del converso recién estrenada, sus años siguientes fueron ricos en experiencias vitales. Boda por la Iglesia, lecturas de San Agustín, viajes por todo el mundo, hijos concebidos sin pecado y sobre todo un fuerte vínculo con sus creencias, que le ayudaron a sobrellevar las pérdidas cada vez más frecuentes, sobre todo a causa de la edad, de sus seres queridos.
Y ahora que siente que es su turno, que se está despidiendo del mundo y que en breve ya nadie le recordará, se interroga sobre la naturaleza de la eternidad y sobre la sustancia de la que se compondrá su alma. Acostumbrado como está a tocarse cada día, no acaba de entender en qué consiste transformarse en un ser incorpóreo ni cómo puede ser su día a día durante toda la eternidad.
«Es algo que tendré que descubrir», piensa brevemente mientras sus ojos se cierran y su respiración se ralentiza. Transcurrido lo que podría ser un instante, su conciencia retorna y lo que le parece una dulce voz celestial le dice de forma casi conmovedora:
—Se había quedado usted dormido, Gerardo.
Reconfortado por la voz de su enfermera y consciente de que aún no ha llegado su final, se abraza una vez más a la vida y medita sobre la débil frontera que parece existir entre la inconsciencia y la muerte. Recuerda haber leído libros y relatos que le hablaban de ello y ahora más que nunca ambos conceptos le parecen prácticamente indistinguibles, salvo por sus consecuencias a largo plazo.
«Sin esa señal divina que, llegado el momento, espero que se produzca, no voy a ser capaz de saber si he muerto», reflexiona con esa duda comprensible de quien, cuando se siente cerca del momento decisivo, se cuestiona si todo puede haber sido un error. «Con la de veces que afeé a mis amigos descreídos que su falta de fe solo podía responder a una vida nihilista carente de objetivos trascendentes o a una insuficiente reflexión sobre la naturaleza de la existencia, y ahora puede que sea yo el que me vea enmarañado en mis propias incertidumbres».
Sin posibilidad alguna de encontrar la respuesta definitiva, un fuerte dolor en el pecho le hace gritar de dolor y le impide mantener la conciencia por más tiempo. Tras escuchar el grito, la enfermera acude rápidamente a su encuentro:
—¡Gerardo, Gerardo! —le dice agitando su cuerpo, mientras se prepara para iniciar las maniobras de reanimación.
«Gerardo, Gerardo, Gerardo, Gerardo…», cree escuchar el propio Gerardo, una y otra vez, como si su nombre procediera de un lugar cuyo origen ya no consigue identificar, sintiendo que en esta ocasión ya no va a poder volver. Pero sea cual sea el camino que le espera, cede ante él.
