Mossos en las escuelas y el giro securitario del sistema educativo 

Dávid Rodríguez Albert

El Departament d’Educació de la Generalitat de Catalunya acaba de implantar un programa piloto de acompañamiento a la convivencia, consistente en la introducción de agentes de los Mossos d’Esquadra en ciertos institutos públicos. La medida ha provocado un gran revuelo, y más teniendo en cuenta que la comunidad educativa está en pleno proceso de movilizaciones para reivindicar la reversión de los recortes que se han producido durante los últimos años.

El anuncio se ha producido en un marco de opacidad difícilmente justificable. No existe un desarrollo normativo claro ni documentación suficiente sobre objetivos, límites o despliegue. La información ha llegado de forma fragmentada, mediante circulares o filtraciones, sin debate público ni participación real de la comunidad educativa. No es un detalle menor, sino un síntoma del modo en que se toman las decisiones sobre educación.

Esta forma de proceder entra en tensión con el marco normativo vigente en Catalunya, que insiste en la centralidad de la convivencia, la cultura de paz y la gestión pedagógica de los conflictos. La escuela no se concibe como un dispositivo disciplinario, sino como un espacio donde el conflicto se trabaja y se transforma en aprendizaje. La introducción de actores policiales desplaza esta lógica hacia una gestión del orden.

Pero el debate no es sólo normativo. La comunidad educativa viene señalando una acumulación de tensiones estructurales que ya no pueden ignorarse, como por ejemplo el aumento de la diversidad del alumnado, el incremento de las necesidades educativas específicas, la sobrecarga burocrática del profesorado o la precariedad de los apoyos recibidos. Es imprescindible más personal de educación social, psicopedagogía, enfermería escolar y mediación, como figuras ampliamente reclamadas y sistemáticamente insuficientes. La respuesta institucional, en cambio, no refuerza este entramado, sino que introduce un dispositivo externo ajeno al campo educativo y vinculado a la lógica securitaria.

Este desplazamiento no es neutro. Supone un giro en la manera de entender la convivencia, que se inserta en una visión neoliberal y reaccionaria del modo de gestionar lo público. En este contexto, la entrada de la policía en los institutos representa un síntoma más de la degradación en la forma de entender los aspectos sociales. Cuando el sistema se tensiona por falta de recursos, la respuesta de la Generalitat no consiste en reforzar lo educativo, sino en introducir mecanismos de contención. 

A ello se suma el terrible efecto simbólico de la medida. En algunos casos los centros afectados concentran alta diversidad social o alumnado en situación de importante vulnerabilidad. Esto introduce un riesgo de estigmatización, al asociar determinados perfiles con la necesidad de vigilancia. Una vez más, se desvía el centro de la educación y se desplaza hacia la seguridad. En una sociedad en la que las desigualdades van en aumento, se culpabiliza a la víctima en lugar de resolver el problema de fondo con políticas sociales coherentes.

El sistema educativo concentra hoy tensiones derivadas de procesos sociales más amplios, que incluyen la precariedad laboral, la desigualdad en la distribución de la riqueza, la crisis aguda en el acceso a una vivienda digna, los problemas crecientes de salud mental, la fragilidad de las redes comunitarias o las trayectorias migratorias complejas. Todos estos factores convergen en la escuela, que funciona como un espacio de absorción de conflictos no resueltos en otros niveles. 

Frente a ello, una parte significativa del mundo educativo insiste en la idea de que la convivencia no mejora con un incremento de la vigilancia, la disciplina y el control, sino con más recursos, estabilidad de equipos y refuerzo de los apoyos profesionales. Las reivindicaciones del personal educativo están sobre la mesa con más fuerza que nunca, con la demanda de reducción de ratios, estabilización de plantillas, ampliación de equipos psicopedagógicos y sociales, y políticas de inclusión. No es una demanda corporativa, sino una condición clave para mejorar la educación y el conjunto de la sociedad.

En última instancia, lo que está en juego no es la presencia policial en los institutos, sino el modelo de escuela pública en un contexto de cambio social. Una escuela democrática requiere confianza en lo educativo, no su sustitución por lógicas de control. Cuando la respuesta a los conflictos estructurales se desplaza hacia la securitización del espacio escolar, lo que se modifica no es solo una política concreta, sino el horizonte mismo de la educación pública.

En momentos de apremio

Juanjo Cáceres

Ariadna observa desde su cuenta de Instagram a Salvador, un hombre con relevancia institucional al que se ha acostumbrado a ver en televisión transportando siempre una mochila y que ahora se dispone a explicar la importancia y el contenido de un kit de emergencia.

“…Recomiendo una mochila que tengas por casa y dentro de la mochila todo preparado… Una botella de agua, una radio a pilas, un kit que tenga los documentos oficiales, medicación, pilas, linterna, comida en lata…”

Siguiendo fielmente las instrucciones de su Presidente, examina las mochilas de las que dispone en su hogar. No son muchas y son bastante viejas. El piso compartido donde reside es limitado en espacio, tanto para almacenar objetos como para vivir dignamente. Un logo de Decathlon en una de ellas le recuerda que, cuando tenía 21 años, vivía con más comodidades y era más feliz. Las mochilas salían a menudo de viaje y no languidecían en un canapé. Hoy, a sus 42 años y con lo justo para pasar el mes, casi le parece que ese objeto colgante perteneció a otra persona.

 «Esta vieja compañera tendrá que servir», concluye, y procede a buscar los objetos indicados por Salvador. La botella de agua, marca Bronchales. La linterna y la radio, adquiridas hace algunos meses en un establecimiento abierto 24 horas. Las pilas, conseguidas a muy buen precio en el supermercado Aldi. Un pack de tres latas de atún de fácil abertura y una cuchara de postre. Dos billetes de cincuenta euros, que celosamente conservaba con el fin de cubrir algún gasto extra inesperado. Y un surtido de medicinas entre las que se cuentan principalmente fármacos para trastornos leves prescritos con receta médica, o bien a ella, o bien a algún familiar que amablemente se los entrega. La comida de animal de compañía no ha sido necesaria incluirla porque el contrato de alquiler del inmueble donde reside excluye expresamente esa posibilidad. En cuanto a la documentación oficial, prefiere seguir llevándola encima.

Con todo a punto, cierra la mochila mientras se pregunta qué tipo de emergencia podría sorprenderla. «¿Otro apagón? No parece necesario, en ese caso, tener las cosas guardadas en una mochila”. «¿Un terremoto? No sé si me permitiría alcanzar la mochila». «¿Un tsunami? Hace mucho que abandoné mis sueños de vivir cerca del mar o siquiera de pasar allí unos breves periodos del año». “¿Una crisis económica? De poco serviría todo esto que hay ahí dentro”. “¿Un ataque terrorista? No sé si los elementos aquí presentes garantizarían mi supervivencia”. “¿Un desplazamiento forzoso a causa del ataque de un ejército enemigo? Estoy segura de que no llegaría demasiado lejos con estos objetos”.

Su mente sigue meditando sobre la infinidad de situaciones imprevistas que puede verse obligada a afrontar y por mucho que se esfuerza, no logra entender qué utilidad puede tener esa mochila vieja, llena de elementos precarios que evocan con extraña exactitud su propia precariedad vital. Es entonces cuando se da cuenta de que quizás sea ese el objetivo: que nos sintamos inseguros o que nos sintamos frágiles.

O tal vez se trate de una idea que alguien tuvo y de un papel que alguien representó, que ahora es sistemáticamente imitado, como si de una moda se tratase. No porque resulte especialmente relevante, sino por esa pulsión propia de aquellos que se consideran importantes de ejercer permanentemente de creadores de contenidos.

“Me vendrían bien otro tipo de ayudas y otro tipo de consejos”, piensa, mientras guarda la mochila en uno de sus dos armarios. Al cerrar la puerta, siente por un momento que también ella ha quedado atrapada por su cremallera y que no es más que otro objeto del que nadie se acordará.

Eso no es Madrid

Carlos Hidalgo

Una de las cosas en las que el PP es experto es en tratar de usar sus siglas como seña de identidad de las regiones en las que gobierna. La imagen de lo que debe ser un gallego se encargó de definirla Fraga en su larga presidencia de la comunidad de Galicia, el PP castellanoleonés se ha encargado de dejar clara la imagen de que la población de su comunidad es como ellos: arrogante, adusta, antipática e inevitable. En Valencia hicieron grandes esfuerzos por absorber el llamado “blaverismo”, una ideología que define la valencialidad como opuesta a todo lo catalán. En Navarra ya sabemos: carlismo españolista, Opus Dei y oposición a todo lo vasco. Y así podríamos seguir comunidad por comunidad, en las que han implantado una identidad regional hecha a medida de ellos y que tacha de menos auténticos a quienes (con todo el derecho) no simpatizan con el Partido Popular.

Desde los tiempos de Esperanza Aguirre y ahora, con Isabel Díaz Ayuso, se ha hecho algo parecido en Madrid. Se impone una forma de ser madrileño basada en el comportamiento del PP de la Comunidad: macarra, forzadamente castizo, caradura, aprovechado, con evidente desprecio a lo común y confundiendo interesadamente la maldad con la inteligencia.

El madrileño ideal del PP tira los papeles al suelo, arma ruido en las terrazas con evidente desprecio a los vecinos, trapichea para no pagar impuestos, es insolidario, aprovechado, servil con los adinerados y arrogante con el servicio. Es “canalla” vestido de Barbour y no va las misas por compartir los ideales cristianos, ni a los toros por el arte descrito en el Cossío, sino porque eso fastidia a sus vecinos, a los que se les priva de la condición de madrileños por no hacer el borrego estruendosamente con una caña de Mahou en la mano.

Esto no solo pasa a nivel de Comunidad. También pasa a nivel del Ayuntamiento, donde el nefasto Martínez-Almeida Navascués nos quiere hacer creer que vivir en Madrid ha de ser sudor, esfuerzo, incomodidad, polución, una jungla sucia y llena de obras absurdas en las que los más fuertes se mueven como peces en el agua a bordo de sus SUV de combustión.

Plantearse que tal vez vivir en la ciudad no ha de ser un infierno, que los servicios públicos han de hacer mejor la vida a la ciudadanía, que acudir al hospital La Paz no ha de parecerse a una escena bélica, sino acudir a una sanidad fiable, pública y universal, les rechina demasiado.

Madrid, para ellos, ha de ser una combinación de escenarios dignos de aparecer en Instagram con eventos idiotas en los que se cobre entrada, como la feria de la hamburguesa, la feria de las tartas de queso (cheesecake, dirán para que suene más cool), meninas clónicas de fibra de vidrio pintadas con motivos vulgares y, en el colmo de los colmos de la idiotez, hasta la propia feria de Abril de Madrid, llamada “Madridlucía” que, gracias a los hados, ha tenido que ser cancelada porque la capacidad de gestión de los “populares” madrileños es inversamente proporcional a su gusto por las horteradas. Pero nos queda la Fórmula 1, uno de los deportes más corruptos que existen, cuyos campeonatos en España siempre han sido ruinosos para lo público, molestos para la población en general y muy rentables para unos pocos, empezando por la FIA. A los madrileños se les ha prometido que la F1 no les costará un duro, pero a quien seguro que no les va a costar nada va a ser a los prebostes de la FIA, que se llevarán unos cuantos millones que, directa o indirectamente, saldrán de las arcas públicas.

Nada de eso es ser madrileño y, sinceramente, como elemento constructor de una identidad regional, produce más vergüenza que orgullo. Además, la vergüenza de tener a Ayuso como máxima representante de la región solo está sirviendo para que el resto de España perciba a la gente de Madrid como unos arrogantes catetos, que se pasean por el resto de España exigiendo que les atiendan primero en todas partes.

Además de votar, además de protestar contra la incompetencia del PP madrileño, hay que plantearse también la reivindicación de que uno es madrileño como le da gana. Y enfrentar ese falso sentido de la libertad y de la identidad basados en venerar a marcas de cerveza, con las maneras de vivir y convivir en las que uno busque lo mejor de sí mismo y de los demás. Y la reivindicación de que la región, la autonomía, el ayuntamiento, están para servir a los ciudadanos y no al revés.

Feliz 2 de mayo.

Línea de tres

Julio Embid

Los aficionados al baloncesto estamos de enhorabuena. La WNBA vive un momento de crecimiento sin precedentes tras la firma de su nuevo convenio colectivo, que ha disparado salarios e ingresos televisivos. Durante años se repitió aquellos comentarios cuñados de “que las mujeres ganen lo que generen”. Pues bien: ahora generan, y mucho. Los pabellones se llenan y las televisiones compiten por emitir sus partidos.

En España, con la cuota básica de Amazon Prime ya se pueden ver partidos de la WNBA. El nuevo acuerdo televisivo, que ronda los 200 millones de dólares por temporada, ha cambiado las reglas del juego. Y es que como dijo una de las jugadoras más mediáticas, la alero de Indiana Fever Caitlin Clark: “No tiene ningún tipo sentido que gane 70.000 dólares de nómina de mi equipo y 15 millones en patrocinadores de publicidad”, anunciando todo tipo de cosas, desde bebidas, cereales, zapatillas o cromos de Panini.

El año pasado las jugadoras, hartas de que los clubes les tomasen el pelo (ingresan 200 millones sólo de la tele e insisto, los campos están llenos) y que les pagasen 1,5 millones de límite salarial para toda la plantilla de 12+2 jugadoras por equipo, amenazaron con ir a la huelga. Los clubes se asustaron y tras una eterna negociación entre abogados se cambió el convenio colectivo. El límite salarial subió a 7 millones por equipo, con un máximo de 1,2 para una sola jugadora, que para repartir entre 12 jugadoras, ya ofrece salarios de en torno al medio millón de dólares por temporada de media. Este beneficio resulta matador para las ligas europeas donde van a ver como las mejores jugadoras se van a ir a Estados Unidos a jugar para cobrar diez veces más.

En España, el baloncesto femenino está en auge gracias a la televisión. Que Teledeporte y las televisiones autonómicas emitan los partidos, con buenos índices de audiencia, ayuda y mucho. Sin embargo se siguen viendo algunos casos de campos desangelados donde no hay ni mil personas. No es el caso de mi ciudad, Zaragoza, donde de media en el Pabellón Príncipe Felipe, asisten casi 6.000 personas a ver los partidos. En el caso de la Final Six de la Euroliga Femenina se superaron los 10.800 espectadores todos los días. Sin embargo, tengo serias dudas, de si este fenómeno (el auge del baloncesto) sólo se produce por los malos resultados del equipo de fútbol local.

Lo que está claro es que, en un mundo donde la NBA y el baloncesto masculino han ido evolucionando a otro tipo de juego, más centrado en el tiro exterior y en posesiones cortas, el baloncesto femenino le puede competir de igual a igual en todos los aspectos técnicos. Hay muchas jugadoras profesionales con porcentajes de tiro de 3 o de tiro libre superiores a sus equivalentes masculinos. La alero japonesa del Casademont Zaragoza, Stephanie Mawuli, tiene un porcentaje de acierto en tiro de 3 del 45,9% y la base sueca del Spar Girona, Klara Holm, tiene un porcentaje de acierto en tiros libres del 86,9%. No sé si son conscientes de la barbaridad que es eso.

Estoy seguro que, además, el baloncesto femenino tiene un público muy transversal. Entre los 6.000 y pico que vamos a ver todos los partidos al Príncipe Felipe, hay personas de izquierdas, personas de derechas, de centro y medio pensionistas. No creo que exista un boicot antiwoke trumpista en un deporte que simplemente es divertido de ver. Sin embargo y aquí va mi queja final, en la vida, en el deporte y en el trabajo, si quieres que te tomen en serio, hay que ser serios. El desbarajuste del calendario va a trastocar la competición. Las ligas europeas siguen todas el modelo del curso escolar: se empieza en septiembre y se acaba a mediados de junio. La WNBA, por el contrario, empieza el 1 de mayo y acaba en octubre (menos este año que por el mundial, acabará en noviembre) y las buenas jugadoras quieren jugar en ambas. ¿Cómo se compatibiliza esto? Pues vemos como las buenas jugadoras poco profesionales abandonan sus equipos en Europa un mes antes de acabar, en abril, para presentarse en EEUU lo antes posible para la pre-temporada (donde compiten 20 pre-seleccionadas para formar una plantilla definitiva de 12). Y esto hace que la competición se adultere.

¿Cómo se resolvería esto? Fácil, si la WNBA empieza el 1 de mayo, las ligas europeas y todas sus competiciones continentales tienen que acabar antes del 20 de abril. No hay más misterio. Hasta entonces, les invito a hacer una cosa sencilla: ver menos fútbol y más baloncesto. A ser posible, en directo. Porque, como decía el gran Andrés Montes, la vida puede ser maravillosa.

En el teatro imaginario de los sueños rotos

Juanjo

Entran Emilio y Mónica, una antigua pareja con custodia compartida y viejos recuerdos también compartidos, que parecen pertenecer a un pasado lejano. Se sientan frente a frente en el centro del escenario, sobre unas sillas rojas.

MÓNICA-Tú.

EMILIO- Tú.

MÓNICA- No, tú, tú empezaste esto.

EMILIO- Querida, fuiste tú, el otro día, sin previo aviso, de la noche a la mañana.

MÓNICA- ¡Tienes mucha cara! Después de todo lo que me has hecho…

EMILIO- ¿Qué te he hecho yo? ¡Yo no te he hecho nada! ¡No sé de qué hablas!

MÓNICA- De tus traiciones. Con otros hombres, además. Eso sí que no lo esperaba.

EMILIO- ¿Te refieres a lo de Gabriel? Eso no fue nada.

MÓNICA- Todo el mundo lo vio. Es complicado negar las cosas cuando todas las cámaras han grabado tu rostro, tus palabras y tu infidelidad.

EMILIO- Realmente, no todo el mundo.

MÓNICA- Sí todos los que eran importantes. De esos, ninguno se lo perdió.

EMILIO- ¡Cuánta obcecación! Es esa forma de pensar tuya la que nos ha llevado hasta este momento, donde solo queda el dolor y los reproches.

MÓNICA- ¡Hazte la víctima, encima! ¡Tienes mucho relato, pero muy poca vergüenza! Puedo entenderlo casi todo: que necesites tu espacio, que quieras realizarte profesionalmente, incluso que sientas el deseo de andar con otras personas. Pero es imperdonable que lo hicieras de ese modo y que avergonzases con ello a tu familia, a tus amigos y a todo nuestro entorno. Como si no fuéramos nada, como si no estuviéramos allí y como si no te importásemos…

EMILIO- ¿Y dónde estuviste tú en aquel momento? Completamente inmersa en tu trabajo. Era yo quien tenía que cargar con todo el peso que supone cuidar a una familia y mantener vivas nuestras relaciones de amistad. Mientras tú disfrutabas de tu nuevo empleo y te alejabas de nosotros, yo cuidé de nuestros amigos e hice otros nuevos.

MÓNICA- Sí, a ese, al que le faltó tiempo para irse con otra. A ti ya te vino bien para una noche. Lástima que todo el mundo lo viera y que de paso se dieran cuenta de que solo vas a la tuya. Bueno, de hecho, no estoy segura ni de que sepas adónde vas.

EMILIO- Hice lo que hice mientras intentaba arreglar las cosas. Buscaba una válvula de escape de tanta sinrazón y tanto distanciamiento, pero todo lo que obtuve es una única noche de pasión y un rechazo por tu parte aún mayor. Hoy me doy cuenta de que no vamos a ser capaces de gestionar esto.

MÓNICA- En eso no te equivocas.

EMILIO- Ya te equivocas tú por mí. ¿Piensas que son solo mis palabras las que se escuchan? ¿Qué las tuyas no trascienden? Todos palpan tu despecho. A veces creo que solo te mueve la venganza.

MÓNICA- No me importas lo bastante como para querer vengarme. Solo me queda el desdén.

Repentinamente suena el teléfono de Emilio.

MÓNICA- Es Gabriel, ¿verdad?

Emilio hace un gesto a Mónica, como rogándole que guarde silencio y descuelga la llamada. Se levanta de la silla y empieza a hablar con su interlocutor.

EMILIO- No, Gabriel, no, las cosas no están bien. Bueno, están fatal. Sí, sigue muy enfadada. No, no creo que se atenga a razones. Sí, considera que todo es una gran traición. No, no me molestó lo de Irene; bueno, sí, para qué engañarte… No, no me apetece quedar con Pablo, ni hacer más actos ahora. Quizás más adelante. Sí, podemos quedar un día y lo hablamos con calma. Adiós Gabriel.

Emilio se sienta de nuevo frente a Mónica.

MÓNICA- ¡Es increíble lo tuyo!

EMILIO- Así están las cosas, Mónica. Ni más ni menos.

El fútbol no es política, la educación menos

Sergio Patón

No sé si siguen mucho los temas futbolísticos y de política local de Barcelona, más allá del Barça y Collboni. Si no es así deben felicitar al Club Esportiu Europa y a la Unió Esportiva Sant Andreu, dos clubes históricos de barrios de la ciudad de Barcelona. El primero vinculado a Gracia y fundador de la liga de fútbol de España que sigue siendo un club de socios, y el segundo vinculado al barrio de Sant Andreu de Palomar pero ya sociedad anónima deportiva. Un periplo en las dos últimas temporadas que ha dado vueltas y polémicas, ya que el Europa desde el año pasado está en Primera Federación, paso previo a las categorías profesionales del fútbol español. Su presencia está asegurada para la temporada que viene, con el aliciente de que le acompañará el equipo andreuenc que no hace ni una semana ha conseguido el ascenso matemático a la categoría de la Federación.

El tema es que a diferencia de las categorías inferiores y otras competiciones de la FIFA, en Primera RFEF es necesario disponer de césped natural. Por otro lado los recintos de ambos son instalaciones municipales que hasta ahora eran de césped artificial, y un cambio de césped significaba problemas en una ciudad tan densa como Barcelona. Grandes inversiones para solventar criar hierba sobre parking subterráneo, más cuidados y dificultad para usar esos campos para otros equipos del ámbito formativo. El ayuntamiento dijo que no asumiría eso para el campo del Europa (Nou Sardenya), hubo una moratoria de la Federación, y el compromiso del Ayuntamiento del PSC de poner a disposición del club Can Dragó previa adecuación. El Sant Andreu parecía que iba a ir también por el mismo camino para llegar al mismo estadio que aunque tarde, y con perjuicio para otros deportistas y atletas, ya había sido adecuado más o menos para el Europa. Pero las aficiones querían estar en sus barrios porque se lo merecen, con apoyos de la izquierda popular diversa y colorida.

Pero, al final grata sorpresa, “El Sant Andreu y el CE Europa tendrán césped natural y podrán disputar sus partidos de Primera Federación en casa”. En casa de cada uno, y en su barrio. Felicidades porque lo han conseguido y un dirigente como Soteras estará contento, los dos otra vez juntos y en Primera RFEF con césped natural en sus propios estadios.

Mientras tanto hay equipos de baloncesto en el distrito de Sants-Montjuïc que tienen que hacer encajes de bolillos para encontrar pistas para poder hacer sus entrenos, aunque sea al aire libre. La sequía en su momento también tenía su cosa positiva. Ahora mismo mi hijo entrena 3 días a la semana, y 2 de ellos acaba a las 21:45 (por convivencia vecinal), con lo que llega a las 22:00 a casa. Cenar y a dormir. Y a las 8:00 en la puerta del instituto para sus clases de 4º de la ESO. Luego recomendaciones públicas sobre que los niños deben dormir suficiente pero por otro lado sobre la importancia del deporte. El mismo día leo en el periódico lo del césped leo que “El Govern inicia el despliegue de la prescripción deportiva en la atención primaria para tratar enfermedades con ejercicio físico”. Así que reitero mis felicitaciones.

Un club de baloncesto como el de mi hijo, y otro del barrio de al lado de fútbol sala, llegaron a un acuerdo con su instituto para facilitar los patios para que pudiesen entrenar y a cambio ellos mejoraban las instalaciones. Porque la Generalitat sigue sin un plan claro para asumir las mejoras necesarias de los institutos públicos de la ciudad, como llevamos un par de cursos reivindicando las familias del Sants. Así que los centros se tienen que buscar la vida, no sea que los poderes públicos hagan lo que tienen que hacer y nos den explicaciones de sus planes de futuro.

Mientras tanto, Collboni que sí que se compromete a lo que el fútbol semiprofesional de la ciudad necesita, pero no se pone serio con la Conselleria d’Educació para exigirle que asuma sus responsabilidades al respecto de las instalaciones educativas, que de paso podrían ayudar al deporte de base. Alguna ayudita nos da con los presupuestos participativos, pero no la que pedíamos desde el instituto con el teatro, sí con los patios y parece que va a ir menguando.

No es cosa del Ayuntamiento el estado de los institutos, sí que el césped, el Tour de Francia o la Copa América. No el campo de Magoria para la UE Sants y otros espacios deportivos o el histórico Palau dels Esports de Montjuïc con sus variados planes o el teatro del Institut Sants.

¿Quién es el populista, Collboni o yo? ¿Estamos cumpliendo con los chavales o todo va a ser enviarles a la policía?

Tiros y peste

Carlos Hidalgo

El sábado un tirador fue detenido en el hotel Hilton de Washington, donde se iba a celebrar la tradicional cena de Corresponsales Extranjeros y donde Trump, por primera vez, iba a acudir, pese a sus reiterados desprecios a la prensa.

Afortunadamente nadie resultó herido y, de manera más increíble aún, teniendo en cuenta cómo son los Estados Unidos, el tirador fue apresado con vida. Así que a lo largo de esta semana seguramente iremos sabiendo algo más acerca de cuáles eran sus razones para intentar atravesar el control de seguridad a tiros y a quién pretendía asesinar con tantas armas.

Trump, por supuesto, ha aprovechado la ocasión para soltar su habitual mezcla de delirios o mentiras y, de paso, pedir apoyo para el horroroso salón de baile que quiere hacer en el ala Este de la Casa Blanca.

Esperemos que, en lugar de a tiradores, Trump se enfrente a un Capitolio completamente hostil en noviembre y que, no sólo se encargue de ponerle freno, sino de hacer que él y sus cómplices respondan ante la justicia.

Mientras tanto, la guerra de Irán sigue. Pese al alto el fuego, sigue habiendo incidentes y escaramuzas en el Estrecho de Ormuz e Israel continúa haciendo inhabitables las porciones del Líbano que controla, además de sus habituales asesinatos de periodistas y, en general, las muertes de civiles que son ya la firma del gobierno de Benjamín Netanyahu.

A todo esto, Trump mandó a negociar con los iraníes a su yerno, el muy turbio Jared Kushner. Aunque esas negociaciones fracasaron antes de empezar, como viene siendo la norma en este conflicto, en el que el presidente de los Estados Unidos habla como si no conociera realmente el estado de las operaciones en el campo de batalla, se contradice, cambia de tema aleatoriamente, se ofrece a negociar entre halagos a los nuevos dirigentes de Irán y, a continuación, cambia de idea, ordena a sus militares hacer alguna cosa excesiva, absurda o ilegal (o una combinación de todo ello) y retira su disposición a concluir el conflicto.

Y por alguna razón, con Ormuz aún bloqueado, las bolsas mundiales parecen mirar para otro lado, con optimismos absolutamente injustificados o tal vez por miedo ser el tonto que vende antes de que los valores alcancen sus máximos. Pero el precio de la energía, antes o después o va a repercutir en muchos otros sectores, especialmente en el de la IA y más concretamente, en el coste de los centros de datos estadounidenses que, aprovechando la desregulación ambiental de Trump, funcionan a base de quemar gas, carbón y petróleo. Y por mucho dinero que meta ahí Masayoshi Son, eso no se puede mantener y menos, ante su evidente falta de avances.

Ah, nos queda la próxima crisis de salud, por cierto. Tras años de mirar a China con desconfianza, al haber empezado allí la epidemia del Covid-19, quizá tengamos que empezar a controlar también a los estadounidenses. El muy bravucón Pete Hegseth ha decretado que las vacunas para la gripe dejarán de ser obligatorias en las FF.AA. estadounidenses, con lo cual ya podemos pensar en los militares de este país como portadores de cualquier enfermedad infecciosa, como los marineros de antaño. Y, claro, esto unido a la deriva anti-ciencia y anti-vacunas del secretario de Sanidad, Robert F. Kennedy, no nos tendría que extrañar que, además de las epidemias de sarampión y paperas que vuelven a darse en los Estados Unidos, acabemos con una vuelta de la polio y hasta de la peste bubónica, que es endémica en los Estados del suroeste y cuyos casos, hasta la abolición de las estadísticas del centro de control de enfermedades, estaban subiendo.

En tablas

Juanjo Cáceres

«¿Cómo habré acabado yo así?», se pregunta Ernesto, mientras despierta lenta y sumamente confundido en el interior de la sede. A su alrededor botellas vacías, restos de comida y un cierto hedor que parece el legado de una noche de desenfreno protagonizada por muchas personas.

«No creo haber visto nunca en un estado tan lamentable el club ajedrecista», afirma sin disponer realmente de memoria alguna sobre lo acontecido. Tras alzar un poco la vista, un rey negro caído le indica que alguien ganó y que alguien perdió, pero desconoce si se impuso una variante de la apertura italiana o una ejecución perfecta del gambito de dama.

Mientras intenta desperezarse plenamente, con su brazo izquierdo tendido y su mano derecha alcanzando una botella de agua con gas, imagina un tablero de ajedrez, la colocación de las piezas, la fase de apertura, el desarrollo del medio juego y el final de partida. Y agrupando toda esa secuencia en única idea, conceptualiza el ajedrez como una representación política revolucionaria donde el rey debe morir.

Dicha idea le conmueve profundamente, pues conoce la antigüedad del juego y su éxito en culturas y civilizaciones diversas. Tras beber de su botella, en un acto muy necesario de hidratación, se pregunta si tras ese fiero combate de posiciones subyace en realidad un juego antimonárquico; si su éxito no será, al fin y al cabo, una manifestación casi inequívoca de aquella voluntad popular observable a lo largo de los siglos de derrocar reyes.

Ahonda algo más en ello pese al persistente zumbido que nota en su cráneo. Percibe entonces los peones como la representación del ideal capitalista, donde el esfuerzo da sus frutos y puede convertir a cualquier plebeyo en todo aquello que ambiciona. Pero al recordar las enseñanzas de un viejo profesor, reconoce también en ellos la expresión perfecta del proletariado: unas masas de gente en lucha que avanzan y siguen avanzando —incluso cuando empiezan a caer.

«Pero ¿cómo encajar en esa reflexión antisistema el peso específico de caballos, alfiles y torres, de resonancias inequívocamente nobiliarias?», se dice a sí mismo. Transcurren algunos minutos hasta que atenúa sus dudas, dándose cuenta del periodo precapitalista en el que se incorporaron esas figuras al juego y apreciando en su inclusión una posible deconstrucción del orden feudal. «No en vano los edificios presentan una línea de movimientos mucho mejor ordenada que alfiles y caballos», observa. Entre bostezos logra también relacionar el poder de las torres con la superioridad tecnológica y, en una auténtica genialidad, comprende que en pleno 2026 no pueden verse como una primitiva obra arquitectónica, sino como una avanzada vivienda inteligente.

«¿Y no hay acaso algo aún mucho más moderno?», grita de repente en voz alta, como cautivado por una revelación. «¿No es el poder de la reina un antiguo guiño a ese feminismo que se desplegará después por todo el planeta?». No puede imaginar una mejor muestra de la profundísima actualidad del ajedrez y de su infinita capacidad subversiva: «Qué mayor prueba podría haber, que el hecho de que el rey tenga unas capacidades muy inferiores y que sea la reina quien claramente protege al rey y no a la inversa».

Las conclusiones se amontonan en su mente. Con ellas su cuerpo va recobrando la compostura. Por fin ha vislumbrado el vanguardismo inherente en este juego que tantos años ha practicado: un ejercicio que ha transitado, en su caso, desde el exigente desafío intelectual hasta el leve divertimiento. Hoy en día le resulta mucho más apetecible lo que acontece después, entre risas, bebidas y bailes.

Con la tesis a punto de ser validada, advierte, súbitamente, que había olvidado un hecho trascendental y perturbador: que tras la derrota de un rey se encuentra la victoria de otro.

Es así como su confianza empieza a desmoronarse. Al fin y al cabo, la posición final de cada victoria no representa otra cosa que un rey subyugado y la conquista o toma de posesión del tablero por un ejército enemigo liderado por otro monarca, salvo que los contendientes acuerden detener la partida.

Preso de una terrible desazón, se levanta del suelo y coloca un tablero sobre la mesa. Recoge un número de piezas suficiente para disponer las posiciones iniciales y se sienta en una butaca. Su rostro entra en una tensión inquietante, como si fuera a situarse ante él otro jugador, hasta que la duda deja paso a una leve sonrisa.

Coloca decididamente un peón en E4 sintiendo que él es ese peón y se ve a sí mismo como un súbdito decidido, empoderado. Un súbdito que es capaz de retar a un rey rival, pero que también lo es de sacrificar a su propio soberano, elevándose sobre cualquier jerarquía imaginable y reforzando así sus convicciones republicanas. No podría ser de otra manera ese 14 de abril por la mañana.

Pero justo al sentir la tentación de exclamar «viva la República», nota que algo no encaja del todo. Es entonces cuando una poderosa somnolencia se apodera irremediablemente de él, desplomándolo sobre el asiento y privándolo de toda conciencia de la realidad.

Irán se planta y Trump vuelve a ceder

LBNL

El alto el fuego de Trump expiraba hoy y ayer mismo repitió hasta la saciedad que no lo iba a prolongar. Pero lo hizo después de que Irán anunciara que no acudiría a la proyectada reunión en Islamabad hasta que EE.UU. no levante el bloqueo del Estrecho de Ormuz. Hace mes y medio el Estrecho estaba abierto. Tras la agresión militar de EE.UU. Irán lo cerró y Trump exigió su reapertura. Pero cuando Irán lo reabrió tras la entrada en vigor de la tregua de quince días decretada por Trump, lo hizo con condiciones y entonces Trump sorprendió a propios y extraños estableciendo su propio bloqueo: si no pueden pasar todos libremente, no pasa ninguno. Otro tiro en el pie del mayor idiota del planeta, título que se está ganando a pulso día sí y día también. Porque a él más que nadie le interesa que baje el precio de la gasolina en EE.UU. y cuantos más petroleros pasen, mejor, aunque sean solo de países no afines a EE.UU. y pagando tarifa de paso a Irán. Pero no, sin ningún empacho decretó el cierre, tan ilegal según la Convención del Mar (UNCLOS) como el forzado por Irán, aceptando implícitamente la legitimidad del cierre iraní. Y ahora Irán dice que en tales condiciones no negocia. Y Trump volvió a ceder.

Volvió a ceder porque se está quedando sin opciones. El tiempo corre en su contra: desde el primer día insiste en que Irán está derrotado y desesperado pero la realidad es la contraria. Irán tiene misiles, lanzaderas y sobre todo, miles de drones con los que seguir destrozando las infraestructuras de sus vecinos, las monarquías árabes sunitas aliadas de EE.UU. si se le sigue bombardeando. Y seguir atacando a Israel que, como EE.UU. y las monarquías árabes, se están quedando sin interceptores, con el agravante de que la tasa de reposición es bajísima. En los primeros quince días de guerra, EE.UU. y sus aliados gastaron casi mil interceptores, más que Ucrania en cuatro años de defensa frente a los misiles rusos. Dispararon a tutiplén contra todo lo que enviaba Irán, que inicialmente optó por drones, tremendamente baratos frente a interceptadores que valen cada uno entre uno y diez millones de dólares. Se calcula que haría falta un año y medio de producción para reponer los interceptadores utilizados solo en esa primera quincena. De ahí que en las semanas posteriores hasta la tregua, los misiles – ahora sí, una vez destruidos los radares avanzados americanos y mermada la reserva de interceptadores – penetraran sin apenas oposición hasta llegar a sus blancos, también en Israel que llevaba un par de décadas convencido de la impenetrabilidad de su escudo anti aéreo.

El ataque israelo-americano fue claramente ilegal. Irán es un miembro no respetable de la comunidad internacional, sometido a sanciones – apoyadas por China y Rusia – por lo amenazador y peligroso de su programa nuclear y su apoyo a milicias que desestabilizan a sus vecinos, léase Líbano o Iraq. Y por supuesto es todo menos una democracia respetuosa de los Derechos Humanos, con varios miles de sentenciados a la pena de muerte cada año y sus mujeres sometidas a vejaciones de sus Derechos Humanos más básicos como si tal cosa. Pero nada de eso hace que el ataque fuera conforme al artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas, que los autoriza solo en defensa propia.

Pero es que, a diferencia del secuestro de Maduro, a todas luces igualmente ilegal pero que ha mejorado la situación general en Venezuela con un coste muy bajo de violencia, muerte y destrucción, el ataque a Irán no ha tenido ningún rédito. El Estrecho estaba abierto y ahora cerrado. El programa nuclear iraní sigue exactamente como estaba: en ruinas tras los bombardeos de junio pero al margen de cualquier supervisión internacional. Por no hablar de los Derechos Humanos de los varios miles de iraníes muertos y heridos por las bombas, mujeres incluidas, sin que las demás hayan visto ninguna mejora en su situación tampoco. Así que ilegal y contraproducente.

Y claro, el señor naranja no sabe qué hacer. Los iraníes, persas de tradición milenaria, chiitas prestos al sufrimiento, están acostumbrados a los sacrificios y por supuesto, la agresión exterior no ha hecho sino reforzar la cohesión interna y por tanto fortalecer al régimen. Pensó que matando a Jamenei caería como un castillo de naipes, demostrando un desconocimiento brutal de su enemigo. Y que el bombardeo posterior acabaría de quebrar la voluntad de los guardianes de la revolución privándoles de lanzaderas y demás medios para devolver los golpes. Nuevo error que ilustra una vez más lo peligroso que resulta creerse la propagando propia.

Y las mid-term elections siguen acercándose y los republicanos se van inquietando cada vez más con el galón de gasolina en 4 o incluso 6 dólares en algunos Estados.

Para que se hagan una idea de cómo están los ánimos en Irán, los más radicales respondieron ayer abogando por tomar la iniciativa, interpretando que el bloqueo americano es una agresión y que la extensión de la tregua es una trampa para asestar un golpe sorpresa. Confiemos en que no consigan imponerse a la milenaria sabiduría persa en la que prime el interés propio en conseguir un acuerdo por el que EE.UU. se comprometa – por medio de un Tratado ratificado por el Congreso – a no volver a atacarles y levantar todas las sanciones a cambio de limitaciones verificables de su programa nuclear. Sería un triunfo en toda regla para un régimen execrable pero qué quieren, es la única salida viable que nos ha dejado la torpeza criminal del paleto narcisista que dirige la mayor potencia mundial.

Y sería también, probablemente, el principio del fin de la hegemonía internacional norte americana, cuyo mantenimiento era hasta hace solo unos meses su objetivo principal. Mientras tanto, China, que había acumulado reservas petrolíferas en cantidades ingentes durante el año anterior, contempla con serenidad como EE.UU. se suicida…

El mesías de garrafón no sabe obrar milagros

Carlos Hidalgo

Por supuesto, a los que desde hace tiempo denuncian que Trump es un demente, narcisista maligno, con cada vez menos autocontrol, no les sorprendió que el constructor de Queens se retratase a sí mismo como a Jesucristo sanando a un enfermo. En una imagen generada por inteligencia artificial generativa, recurso habitual de las personas perezosas o sin talento que buscan inflarse a sí mismas con trucos baratos.

Fue bastante gracioso, porque mientras que muchos vieron en ello una muestra más (y no la más grave) de la abismal estupidez de Trump, parte de su base electoral, consistente en evangélicos fundamentalistas y en algunos católicos demasiado conservadores, vieron en ello herejía, falta de respeto y, en un giro siempre más chalado de las cosas, como un signo de que Trump pudiera ser el Anticristo.

La realidad es que Trump es idiota. Es tan idiota como parece. Tan incompetente como parece. No tiene ninguna clase de plan en la cabeza, se deja llevar por sus impulsos más inmediatos, no asume la responsabilidad de nada y es incapaz de pensar en nada durante mucho rato o con mucha profundidad. Señal de ello es que los informes de la guerra de Irán se le presentan solo como presentaciones cortas en vídeo, seleccionando el metraje recogido por las unidades y dispositivos militares; y que Benjamin Netanyahu le convenció de entrar en esta guerra con una presentación muy visual y muy breve.

Todos los intentos que se hacen por racionalizar las acciones de Trump acaban estrellándose contra la vertiginosa realidad de su necedad infinita. Parafraseando a Nietzsche, no es solo que, al mirar al abismo, el abismo nos devuelva la mirada, sino que además bizquea y suelta ventosidades al hacerlo.

Por mucho que intentemos llenar esa sima inconcebible con supuestos planes maestros, tramas, conspiraciones y cualquier otro rastro de que pueda haber algo medianamente inteligente en Trump, no lo vamos a conseguir. Y solo estamos tratamos de proyectar nuestra propia inteligencia donde no hay ninguna.

A los legisladores estadounidenses de ambos partidos que han pedido que se someta a Trump a un test para ver si tiene demencia, o a los que exigen que empiece el procedimiento para declararle incapaz, no les falta razón. Pero tienen que luchar contra dos grandes inercias aliadas de la tiranía: el impulso de obedecer por inercia y la incredulidad ante el hecho de que el responsable de la Casa Blanca sea tonto de baba.

Esa incredulidad se refuerza cuando el tonto de baba ha sido elegido democráticamente. Cuesta mucho reconocer que se ha votado por un imbécil. Y mucho más por un imbécil peligroso. Porque es reconocer que nos hemos dejado engañar. Pero, eventualmente, ese pensamiento llega y si bien no hace falta expresarlo en público (por mucho que les gusten a los estadounidenses las autoflagelaciones en los medios), sí que se debe expresar mediante el voto.

Pero como aún queda mucho para las elecciones legislativas “mid-term”, el imbécil que se cree Jesucristo y que antes también había hablado de sí mismo como el candidato ideal a Papa de Roma, a presidente de Irán, a secretario general de la OMS o Premio Nobel de la Paz, pues a este imbécil, como decía, aún le quedan meses de ejercer su nulo autocontrol al frente del país más rico del mundo, con el ejército más poderoso del mundo. Y en ellos, en lugar obrar milagros, como él se veía a sí mismo en su autorretrato de Jesús obeso, seguirá causando catástrofes. Catástrofes que tardarán décadas en poder resolverse.