Zero Dark Thirty o las lágrimas del cocodrilo

Frans van den Broek

Toda nación tiene derecho a querer salvar la cara y quizá no haya mejor medio para ello que el arte, por su intensidad emocional, la que circunvala las constricciones de la razón o del espíritu crítico. Desde antaño los pueblos han creado obras arquitectónicas o narrativas o religiosas que glorificaban las hazañas propias y defenestraban al enemigo, para mejor cohesión social y adoctrinamiento de las masas. Estas obras mezclan con profusión la fantasía y los hechos, los mitos y los datos, siempre con el objetivo de enaltecer a la comunidad en cuestión o a quienes la lideran. Se trata tal vez de una necesaria constante de la mente humana, pues todos sabemos que pocas cosas preocupan más al homo sapiens que la propia imagen y la autoestima. Cualquier pueblo que tenga el infortunio de tener por vates a gente como Cioran o Schopenhauer está condenado al suicidio.

 Pero hay límites a lo que la mitología patriótica o nacional puede propalar. Si la narrativa cultural de una nación la convence de que son descendientes de Superman y por tanto superiores e invencibles en cualquier circunstancia, no estará lejos de un desastre apocalíptico, como ocurrió con Alemania en la segunda guerra mundial. Tanto la más señera realidad como imperativos morales deberían advertir a dichas naciones de la existencia de dichos límites, pero no siempre es el caso y más bien ocurre lo contrario, como cualquier examen somero de la historia puede recordarnos. Una de las funciones del mejor arte realista ha sido precisamente la de complejizar las imágenes simplistas que sostienen la autoestima de una cultura o nación, y de instigar un espíritu crítico, más escéptico y empático a la vez, capaz de albergar en sí las contradicciones a las que somos proclives los seres humanos y las sociedades. La novela, con su carácter proteico y heteroglósico (que diría Bakhtin), es un ejemplo claro de esta tendencia moderna del arte, la cual elude las formalidad maniquea del arte tradicional. No siempre, sin embargo, porque no ha faltado arte realista que promueva estereotipos y banalizaciones bajo la guisa de fidelidad a los hechos, pero en general se considera que las obras de arte modernas deben proponer una visión multidimensional de su tema, personajes de varias piezas, no solo de una, e ideas que transiten todo el espectro, no solo un extremo del mismo, de cualquier universo teórico que interese a los autores. 

¿Dónde se encuentra a este respecto la película que suscita este comentario, entre las que simplifican su tema o entre las que lo exponen de modo más complejo? Me temo que más del lado de la mitificación simplona que de la reconstrucción fehaciente, aunque tenga méritos que mitigan un tanto su proclividad a la mitificación. La película dice al inicio estar basada en datos, entrevistas y reportes, pero esta apelación a nuestra credibilidad es en sí misma un recurso retórico y no debería hacernos olvidar que no asistimos a un documental o reportaje periodístico, sino a una obra de ficción que inevitablemente nos dará una versión sesgada de los hechos. En este caso, dada la naturaleza de los eventos que narra, es muy difícil, sino imposible, compulsar la fidelidad de la historia narrada, pero el espectador creerá, no obstante, que está asistiendo a una versión más o menos cercana a los hechos, con lo cual su efecto puede ser aún más pernicioso. No hace poco escribía en un artículo Simon Jenkins, si no me equivoco, que aunque estas obras pretenden estar basadas en la realidad, no se les exige, como se haría con cualquier reportaje periodístico, que se hagan responsables de lo que afirman. Si algún periódico publicara hechos falsos, estaría sujeto a la posibilidad de acciones legales en su contra, pero cualquiera de estas obras de ficción que están basadas en supuestos hechos no pueden ser acusadas de nada más grave que haberse tomado demasiada licencia poética. 

Para lograr la identificación emocional del espectador contemporáneo, bien indoctrinado en los preceptos de la corrección política, la película opta por centrarse en uno de los encargados de la caza a Bin Laden y la guerra global al terrorismo, la mujer agente de la CIA que es responsable, nos hace creer, de haberle descubierto en Abottabad, Pakistán, tras una obsesiva búsqueda de muchos años. Que sea mujer, que sea guapa y que demuestre algo de sensibilidad ética ha de incitarnos simpatía, supongo, aun cuando la protagonista asiste desde el inicio, con ciertos remilgos, pero sin oponerse a ello de modo decisivo, a sesiones de tortura de prisioneros para sacarles información y es corresponsable de aprehensiones y traslados de prisioneros que se saltan la legalidad nacional o internacional. América dedicó y dedica enormes recursos financieros a la guerra contra el terrorismo, y Osama Bin Laden fue objetivo principal de dicha guerra, más por razones de venganza que estratégicas, pues ya muy pronto se supo que su rol activo había menguado o desaparecido, y ni siquiera se sabía si estaba vivo. Pero había que cogerlo de algún modo, pues si bien Vietnam fue una humillación irreversible, el causante de la humillante destrucción de las torres gemelas debía pagarla como fuera, algo comprensible y hasta loable, si se quiere. Pero para hacerlo América, como ha hecho tantas veces, decidió saltarse a la torera la legalidad internacional y no paró mientes en torturar, secuestrar o bombardear a inocentes para conseguir lo que quería, con la anuencia o el silencio de la mayoría de naciones aliadas. Pues bien, la mujer protagonista de esta película y sus colegas son retratados en la película con todos los recursos de la cinematografía ágil y desenfadada de hoy en día, a la manera de un thriller excitante que no de pábulo al aburrimiento en momento alguno, por lo que la diversión está asegurada. Pero esta misma efectividad narrativa y fílmica vela la naturaleza misma de lo que está supuestamente contando de modo fidedigno. En primer lugar, la caza a Bin Laden, como atestiguan los años que tardó y la manera en que se llevó a cabo, fue una chapuza de los mil demonios que ha de haberle costado la vida a vaya uno a saber cuántos y que al final pudo realizarse casi de casualidad, por un documento perdido que se le ocurrió revisar a alguien por si acaso. Tiene que haber implicado a mucha gente, e incontables reuniones de burócratas y pasotas que entre cafés y hamburguesas se la daban de machos o miraban al reloj, mientras los cañones tronaban y los aviones teledirigidos lanzaban bombas a cualquier parte. Tal como lo presenta la película, bien orquestada por Bigelow, quepa decirlo, se trató de abnegados y esforzados americanos, amantes de su país, y dispuestos a torturar a quien fuera con tal de vengar dicha afrenta y restaurar el honor de su patria. Nadie más abnegado ni esforzado que la heroína de esta historia, quien ni se echa un novio ni duerme ni disfruta, con tal de encontrar al barbudo que le ha jalado las barbas al imperio americano. Si de veras existió tal mujer, puedo casi asegurar que ni era tan guapa ni estaría carente de neurosis obsesivo-compulsiva o inestabilidad mental, pero en la película excede las imposiciones del deber para encontrar a quien ya no buscaba ni su mamá. Los diálogos son a veces risibles y afectados, y antes que la heroína confrontando a su jefe con valentía quijotesca en los pasillos de la CIA a fin de que le dé efectivos para una misión, me imagino bostezos desconyuntadores entre papeles que nadie lee y planes para el próximo fin de semana. Es la naturaleza de los thrillers, a fin de cuentas, el presentar a sus héroes como miembros de una raza superior a la que no le va a ganar un puñado de mediorientales fundamentalistas, quienes casi ni aparecen en la película, por cierto, y a Osama solo se le ve a medias, tirado en un charco de sangre, tras la ejecución de que ha sido sujeto. Ni siquiera el hecho de que los americanos fueron tan torpes que hasta pierden un helicóptero sin que nadie les ataque puede detractar del heroísmo de los SEALS, adentrándose en el peligrosísimo territorio de cuatro gatos con un par de kalashnikovs a los que despachan sin siquiera preguntar qué hora es, incluida una de las mujeres de Bin Laden. El terreno había sido preparado hábilmente por Bigelow para que esta parte final del film se viera como la culminación estilo rambo de una operación que se había iniciado un decenio atrás con la caída de las torres y llevado a buen término gracias a la determinación y buen olfato espionesco de una mujer que encarna las mejores virtudes del espíritu americano.

De otro lado, la película, como dije, es entretenida y se deja ver sin  hastío a pesar de su duración. Viene a formar parte de aquella larga lista de películas que América produce para congratularse a sí misma, no obstante sus fallas y su desdén con la legalidad o las normas éticas fundamentales. Las lágrimas finales de la agente y heroína pretenden reflejar cuánto América se arrepiente y sufre por tener que hacer las cosas como lo hace y transgredir como transgrede, pero todo sea por el bien de la nación y el mundo libre. No otra cosa puede esperarse de una película de este tipo. Tal como lo he hecho en estas líneas, es fácil subirse al pedestal de la superioridad moral y predicar desde el mismo, pero al menos quien escribe no suelta bombas sobre iraquíes, pakistaníes o afganos. Y, la  verdad, no me quedaría sin novia ni diversiones por atrapar y aniquilar a un desgreñado como Bin Laden, aunque le considere un enajenado y mejor muerto que vivo.