Yes, we can. Homenaje a unos personajes olvidados

Ricardo Parellada 

 

Los derechos humanos son el referente principal de la ética social en la actualidad. Son la columna vertebral de las constituciones modernas y son invocados con vehemencia a la hora de denunciar la injusticia y la opresión. Los derechos humanos son un referente fundamental en la teoría de la justicia y la democracia, en la actividad política y en el activismo social. Y son importantes para la reflexión y para la acción desde perspectivas disciplinares diferentes, pues constituyen un elemento central de planteamientos jurídicos, filosóficos, sociológicos o económicos de la vida social.

 

La Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 fue elaborada contrarreloj por un grupo de hombres y mujeres infatigables, hoy en su mayoría olvidados. Propongo rendirles aquí un pequeño homenaje recordando su labor, pocas semanas después del sesenta aniversario de la proclamación de la declaración y dos días después de la toma de posesión del primer presidente negro de los EEUU, que ha suscitado un entusiasmo planetario sin precedentes. A mi juicio, los autores del documento más importante de la historia de la humanidad bien merecen que los recordemos estos días.

 

Los derechos humanos tienen una larga historia antes de la declaración de 1948. Mas esta declaración tiene una importancia singular porque reúne y depura elementos anteriores, se presenta con vocación universal y fue proclamada por la Asamblea General de unas incipientes Naciones Unidas, sobre las ruinas aún humeantes de la segunda guerra mundial. A partir de entonces, este breve documento constituye la referencia indiscutible tanto del discurso, los convenios y los documentos de derechos humanos, como de la mayoría de las constituciones democráticas posteriores, incluyendo las de los países perdedores de la guerra, que fueron excluidos al principio de las Naciones Unidas. Durante la elaboración de la declaración tuvieron lugar infinidad de discusiones y negociaciones. Estas complejas discusiones para consensuar la declaración son muy ilustrativas sobre el papel de las distintas perspectivas teóricas e intereses prácticos en la construcción y la formulación moderna de los derechos humanos.

 

La declaración universal fue elaborada por una comisión delegada del Comité de Asuntos Sociales y Humanitarios o tercer comité de las Naciones Unidas. Durante los casi dos años que transcurrieron desde las primeras reuniones de la comisión a principios de 1947 hasta la proclamación de la declaración el 10 de diciembre de 1948, tuvieron lugar discusiones sobre cada palabra y cada expresión, primero en el seno de la comisión y después en reuniones plenarias del tercer comité. La tarea más importante fue la de la comisión, que presentó un documento muy elaborado al tercer comité, que a su vez sometió a discusión y votación cada uno de sus párrafos antes de presentarlo a la asamblea. La comisión estaba formada por dieciocho miembros, los vencedores de la segunda guerra mundial (EEUU, Reino Unido, Francia, China y URSS) y otros trece representantes que fueron rotando entre el resto de los miembros de la ONU. La comisión estaba presidida por Eleanor Roosevelt, viuda del presidente de EEUU, el vicepresidente era el diplomático chino Peng-chun Chang y el secretario el profesor libanés Charles Malik. Estos dos últimos fueron quienes desempeñaron un papel más activo en las discusiones más teóricas de la comisión.

 

La noción de derechos humanos aparece en siete lugares clave de la Carta fundacional de las Naciones Unidas aprobada en San Francisco en la primavera de 1945. Esta noción aparecía sin ningún tipo de explicación o enumeración, y la comisión delegada del tercer comité recibió el encargo de trabajar sobre ella y elaborar una carta de los derechos más básicos que todos los países miembros pudieran aceptar. Pero este encargo era vago y fue la propia comisión, tras sus primeras reuniones, la que tomó la decisión de dejar de lado la explicitación de un régimen sancionador para los incumplimientos de los principios acordados. Un régimen sancionador, como el asociado a toda norma jurídica, demandaría instituciones y mecanismos internacionales de control imposibles de vislumbrar, prever o consensuar en aquellos momentos ni siquiera en términos completamente generales. De ahí que la comisión decidiera elaborar una declaración de principios que pudiese alcanzar una autoridad moral internacional, inspirar las constituciones nuevas y las leyes más generales de los estados y servir para denunciar las prácticas más injustas.

 

La comisión encargó la elaboración de un primer borrador a John Humphrey, director canadiense de la División de Derechos Humanos del Secretariado de la ONU. Humphrey y su equipo llevaron a cabo una labor exhaustiva de recopilación de documentos de derechos de los individuos y principios de la vida social en diversas naciones y culturas, y presentaron a la comisión un documento muy heterogéneo, acompañado de más de cuatrocientas páginas de comentarios. René Cassin, prestigioso jurista francés de origen judío, que había perdido a veinte familiares en los campos de concentración nazis, había sido el principal asesor jurídico del general Charles de Gaulle en el exilio y presidía entonces el Consejo de Estado francés, fue encargado de sintetizar y dar forma a los ricos materiales aportados por Humphrey. El borrador de Cassin, con su división en un preámbulo y una enumeración de principios, fue la base de las discusiones de la comisión, pero ésta sometió todos sus puntos a discusiones exhaustivas, tomó las decisiones más controvertidas y les dio la ordenación y la formulación final, por lo que no es correcto atribuir una autoría singular de la declaración a Cassin, como tampoco a Humphrey. La declaración fue fruto de una labor colegiada, paciente y minuciosa, durante la cual, como he señalado ya, el representante libanés, Charles Malik, y el representante chino, Peng-chun Chang, ofrecieron las reflexiones más profundas.

 

Charles Malik era un profesor de filosofía libanés, de familia cristiana pero con antecedentes familiares procedentes de las tres grandes religiones de oriente medio, que había pasado parte de sus años de formación junto a Whitehead en EEUU y junto a Heidegger en Alemania, y cuya incorporación a la delegación libanesa ante la ONU fue su primera experiencia diplomática. Por su parte, Peng-chun Chang era un experimentado embajador, jurista de profesión y filósofo de vocación, que poseía profundos conocimientos tanto de tradiciones orientales (en particular la cultura china), como occidentales. Durante la discusión de muchas normas y principios de respeto a las personas, Chang aportaba y comentaba referencias a antecedentes de esas ideas en diversas culturas.

 

Pues bien, desde un principio Malik proclamó con solemnidad la trascendencia intelectual de la declaración de derechos humanos: “Cuando hablamos de derechos humanos estamos planteando la pregunta fundamental ¿qué es el hombre?”. “Al disentir sobre los derechos humanos, en realidad disentimos —aseguraba— sobre la naturaleza de la persona. ¿Es el hombre meramente un ser social? ¿Es meramente un animal? ¿Es simplemente un agente económico?”. Malik consideraba que el mayor peligro de la época lo planteaba el colectivismo, que demandaba “la extinción de la persona humana como tal en su propia individualidad e inviolabilidad última”, y propuso cuatro principios orientadores: (1) la persona humana es más importante que cualquier grupo nacional o cultural al que pertenezca; (2) la mente y la conciencia humanas son su posesión más sagrada e inviolable; (3) toda presión del estado, la iglesia u otro grupo para forzar el asentimiento es inaceptable; (4) dado que los grupos, como los individuos, pueden estar en lo cierto o equivocados, la libertad de conciencia del individuo debe ser suprema.

 

La comisión de derechos humanos asumió esta propuesta, pero convino también, desde un principio, que se subrayaría por igual el carácter social del ser humano, asumiendo el reto de ofrecer una noción del ser humano anclada en su autonomía individual y en su carácter social y rechazando la unilateralidad del individualismo liberal y del colectivismo socialista. Fue Chang quien propuso la inclusión del carácter social del ser humano desde el primer artículo de la declaración, remitiendo para ello al término chino ren. De acuerdo con la explicación de Chang, este término denota la interdependencia de los seres humanos, la fraternidad y la implicación emocional de unos con otros. Esta idea debía acompañar a la racionalidad como los dos rasgos definitorios de la naturaleza humana. Desgraciadamente, la propuesta de Chang tuvo una deficiente plasmación lingüística, al traducirse el término ren por conscience en inglés, el idioma original de la declaración (aunque Cassin escribió su borrador en francés). El primer artículo de la declaración afirma que los seres humanos están dotados de razón y conciencia, pero el sentido original era razón y empatía o inclinación fraternal de los unos hacia los otros.

 

En plena discusión sobre los individuos y la sociedad, se alzó la voz impaciente de Hansa Metha, la representante de la India. Metha era jurista y activista y llevó a cabo una labor ingente en su país, antes y después de la independencia de la India en agosto de 1947 y de la proclamación de la declaración, contra prácticas como el purdah o reclusión femenina, el matrimonio infantil, los derechos desiguales de herencia entre hombres y mujeres y la prohibición de los matrimonios entre miembros de distintas castas. Durante los últimos retoques a la declaración antes de enviarla al tercer comité, Metha consiguió que se aceptaran formulaciones neutras en el género, sustituyendo las expresiones “todos los hombres” y “ningún hombre” por “todos” y “nadie”. Curiosamente, este cambio, que no había prosperado en los primeros momentos, se introdujo en contra del criterio de la mujer que desempeñaba el papel más relevante en la comisión, su presidente, Eleanor Roosevelt, quien consideraba que la expresión inglesa “all men” se refería sin ambigüedad a todos los seres humanos.

 

Pero en el caso del individuo y la sociedad, Metha no consideraba necesarios tantos melindres: la comisión no debía “discutir sobre ideología: si el ser humano viene antes o después de la sociedad”, sino simplemente “afirmar la fe en los derechos humanos”. La respuesta de Malik no se hizo esperar: “cualquier cosa que diga, señora, tiene presupuestos ideológicos y, por mucho que usted quiera ignorarlos, están ahí, y se pueden esconder o traer a la luz, para verlos bien y poder criticarlos”. A mi juicio, esta discusión ilustra muy bien las diferencias entre actitudes más teóricas y más prácticas hacia los derechos humanos. Hansa Metha estaba volcada a combatir prácticas injustas y contemplaba a esta luz la elaboración de la carta de derechos. Desde la conciencia y el compromiso social, las disquisiciones conceptuales pueden resultar carentes de sentido y, sobre todo, irrelevantes para la realización de los derechos humanos y la lucha contra la ignominia o la miseria. El contraste entre la voluntad analítica de Charles Malik y la impaciencia resolutiva de Hansa Metha en la elaboración de la declaración universal de los derechos humanos ilustra la contraposición y la complementariedad entre la parsimonia de una adecuada inteligencia y formulación y la urgencia de la realización efectiva de los derechos humanos.

 

Para salvaguardar su universalidad, la declaración no apela a los fundamentos religiosos aducidos por otras cartas anteriores de derechos (aunque Brasil propuso añadir una referencia al creador en el tercer comité). En el último instante, y a propuesta belga, se suprimió también una alusión a la naturaleza. El concepto que en momentos clave de la declaración pasa a desempeñar un papel central es el de dignidad humana: “la dignidad intrínseca y los derechos iguales de todos los miembros de la familia humana son el fundamento de la libertad, la justicia y la paz en el mundo”, reza la frase inicial del preámbulo. La carta fundacional de las Naciones Unidas había afirmado la fe en la libertad y la democracia. La declaración la interpreta como fe en los derechos humanos, en la dignidad y el valor de la persona humana y en la igualdad de derechos de hombres y mujeres. Como dice Mary Ann Glendon, “para tratarse de un documento que evita toda inspiración divina, se trata de un montón de fe”.

 

En la historia de los derechos humanos se da un tránsito del fundamento religioso a la naturaleza y de la naturaleza a la dignidad. La remisión de la dignidad a la autonomía o a la empatía abre todo el abigarrado mundo de una reflexión teórica compleja y apasionante. Pero los miembros de la comisión de derechos humanos de la ONU que elaboraron la declaración no podían pararse a especular y tuvieron que hacer un esfuerzo titánico para consensuar un texto que llegara a la asamblea general antes de que lo impidiera la guerra fría. Este texto fue aprobado por cuarenta y ocho votos a favor, ocho abstenciones y ningún voto en contra y ha impregnado la ética social del mundo contemporáneo.