¿Y por qué no Izquierda Unida?

Senyor_J

En principio, las cosas podrían ser muy simples y suceder de manera lógica. El gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero ganó unas elecciones afirmando que ninguna crisis inmobiliaria sobrevolaba los cielos de España, a pesar de la evidente especulación burbujística a la que estaba sometido el mercado nacional y global, y empeñó buena parte de su mandato en seguir negándolo hasta el día del gran giro, tras el cual comenzó la austeridad. Llegaron las siguientes elecciones generales y el PSOE se encontró con una mayúscula pérdida de confianza, lo que facilitó en sobremanera la victoria por mayoría absoluta de Mariano Rajoy y el Partido Popular. Tras la misma, la austeridad mutó en austericidio, el magro Estado del Bienestar retrocedió a pasos agigantados y, entretanto, surgieron gravísimos escándalos de corrupción, que en muchos países habrían supuesto la caída del gobierno. No fue así, como es bien sabido, pero del mismo modo que en el caso anterior, los ciudadanos empezaron a manifestar un claro menor apoyo al Partido Popular, que en próximas elecciones le habría de representar una reducción significativa de escaños.

Estas son las tendencias observadas y no se trata ahora de discutir si se van a seguir manteniendo o no, sino de fijarse en algunas de sus consecuencias. Dentro de este sistema multipartidista, aunque se prime a los dos  partidos mayoritarios a través de las circunscripciones provinciales, existen alternativas con representación en el Congreso, que en el caso de que los dos grandes partidos se vean en un proceso de descrédito político bien merecido, habrían de estar en disposición de ganarse el apoyo del electorado descontento. Actualmente España cuenta con dos fuerzas claramente posicionadas en este sentido: UPyD, para sensibilidades fundamentalmente de centro-derecha, aunque no solamente, e Izquierda Unida, la reserva espiritual del votante de izquierdas. Las encuestas han revelado grandes posibilidades de crecimiento para ambos partidos, por lo que parecería abierto el camino a un gran reequilibrio electoral de orden nacional (y también autonómico o municipal), en el que las mayorías no serían tan mayores y los menores contarían con oportunidades inéditas en este periodo democrático de ocupar espacios institucionales significativos y marcar como nunca anteriormente la agenda política.

Y, sin embargo, nuevas encuestas o ciertos mensajes alertan de que eso puede no llegar a suceder. Por un lado, se anuncian supuestas recuperaciones del voto de los grandes partidos, y por el otro, fructifican nuevas fórmulas que bien podrían suponer una dispersión, entre las que se encuentran desde misteriosos partidos en línea como el partido X, alternativas derechistas como Vox, proyectos como el “Podemos” de Pablo Iglesias… Es su momento de dar el gran salto pero parece que la frustración en alternativas políticamente consolidadas como  UPyD o IU podría ser enorme. Ese riesgo existe, pero ¿por qué?

No hablaremos UPyD, sino de Izquierda Unida

Contrariamente a lo que tan a menudo parece pensarse, Izquierda Unida reúne desde un punto de vista objetivo algunas de las características claves para alzarse electoralmente en estos momentos. Es difícil considerar que su líder, Cayo Lara, sea uno de esos profesionales de la política que tan denostados. Su condición de trabajador del campo, su formación o la indumentaria claramente transgresora respecto a lo que se espera que sea la vestimenta de un diputado lo convierten de hecho en uno de los líderes con un perfil más cercano a los electores. Izquierda Unida encarna también el discurso y el programa político más reactivo y mejor conocido contra las políticas de austeridad, y sus diputados son caras visibles y voces significativas de ese discurso en el Congreso. ¿Dónde está el problema, pues?

Para explicarlo, según el manual del buen opinador, tocaría ahora recurrir a los lugares comunes en los que suelen abundar las páginas impresas cuando se aborda las causas de por qué partidos como Izquierda Unida no son capaces de romper su techo electoral. Podríamos hablar de la desafección y de la imagen de partidos como IU y UPyD  de ser, también, parte del sistema. En el caso de Izquierda Unida sería fundamental entrar en su pesada herencia comunista, en su falta de singularidad por tratarse de otra estructura partidista clásica, en lo anticuado de sus líderes o, mejor aún, en la escasa idoneidad de estos para ser la imagen pública del proyecto. Podríamos atribuirlo igualmente a sus crisis internas, sus casos de corrupción… Desde luego no deberían faltar tampoco la falta de voluntad de ampliar su espectro político, tanto acercándose a otros polos de la izquierda, ya sean partidos o movimientos, como modular sus propuestas para captar una bolsa más amplia de votos del centro-izquierda sociológico. Estos y otros elementos, según muchos, podrían explicar que partidos como Izquierda Unida no se constituyan como alternativas capaces de romper realmente el bipartidismo y de hecho los que así piensan, siempre disponen de una encuesta que les da la razón, lo que hace todo el discurso mucho más creíble y aceptable.

Y, sin embargo, desde mi punto de vista, es mayoritariamente falso o cuando menos poco relevante. Pocos de estos fenómenos explican suficientemente el porqué un partido como Izquierda Unida puede no convertirse en una grave amenaza electoral. No por ello voy a entrar a desmentir uno por uno cada argumento o a discutir su fuerza explicativa, sino simplemente a señalar los dos factores claves donde creo que hay que buscar las explicaciones correspondientes: en su entorno político y en su entorno social. Y dado que, dichos así, son conceptos un tanto crípticos, vamos a ver qué queremos decir con ello.

Es evidente que en materia política y a pesar de su nombre, Izquierda Unida no es hoy por hoy un espacio de confluencia, sino que se sitúa en conflicto con otras fuerzas que también quieren instalarse en el espacio de la izquierda más izquierda. Lo hemos visto en comicios anteriores con Equo y lo vemos ahora con la operación “Podemos”, así como con todas las tímidas tentativas precedentes que han tenido como protagonistas a las mismas gentes o parecidas, por ejemplo, en las listas Anticapitalistas. También contribuyen en su justa medida operaciones más internas como la creación de Izquierda Abierta y su propuesta de Frente Amplio, en la que se busca crear espacios con un pie fuera de Izquierda Unida.

Desde este punto de vista  parecería que, en efecto, es verdad eso de que la organización es incapaz de gestionar su pluralidad y ello tendría como consecuencia que se multipliquen los proyectos alternativos, pero lo cierto es que no es un problema de proyectos, sino de personas. La prueba clave es la absoluta falta de trascendencia política, estratégica y táctica que tienen las diferencias entre todos los entes políticos mencionados. No existe una situación de conflicto a ninguno de esos tres niveles que justifique la proliferación de marcas, sino que por el contrario las propuestas de actuación y de reforma son coincidentes o plenamente confluyentes. No descubrimos nada nuevo, pero hay que remarcarlo: la discrepancia no se sitúa alrededor de que política se lleva a cabo y como se lleva a cabo, sino de quien es la cara visible o, dicho más claramente, quien ostenta el poder. Y está claro que los que promueven ciertas alternativas no están dispuestos a que lo ostenten otros o bien buscan el calor de los focos para ser o seguir siendo una voz visible en alguna tribuna. El resultado de todo ello ya sabemos cuál es: descalificación mutua y fragmentación.

Vamos ahora con el entorno social. Si existen problemas para reconocer el liderazgo que a esta organización le corresponde en su entorno político  natural, más complicado resulta todo eso en su entorno social. Hay dos factores sustanciales en este sentido que se arrastran desde la noche de los tiempos. El primero, la falta de reconocimiento de Izquierda Unida como una alternativa política que se trate como tal en los medios de comunicación. Vista casi siempre como un residuo del pasado que muchos veían casi extinguido hace muy poco, la voz política que ejerce en el Parlamento, fundamental en los tiempos actuales, está lejísimos de ser recogida y subrayada públicamente, a favor de un silencio mediático establecido desde hace muchos años, que solo se rompe cuando ciertos medios que juegan a simpatizar con el electorado de centro-izquierda, dejan espacio para la expresión y promoción de sus minorías más segregacionistas. El otro elemento es la consideración de esta organización entre amplios sectores como un refugio circunstancial de votantes para momentos de crisis, que cuando las cosas van bien vuelven responsablemente a la casa grande del socialismo. Ambos fenómenos son perfectamente conocidos y forman parte de las dificultades naturales que la organización debe superar, pero nada más que eso.

Más notable es, sin embargo, un tercer elemento, más novedoso. Se trataría de esa actitud tan propia de la era de la desafección, en la que votantes claramente potenciales se suman con alegría a cualquier proyecto salido de la noche a la mañana, como si pasaran la vida esperando un proyecto auténtico de regeneración de la izquierda, y se apresuran a considerar como superadas o inviables los proyectos realmente existentes. No falta en ello cierta actitud de esperar al Mesías, que no necesita de mucho más que oír a un líder profético con cierto carisma y alguna plataforma mediática a su servicio, que cante las bondades de una democracia más participativa (cuestión mucho más ambigua de lo que se pretende cuando se invoca), de las primarias o de las listas abiertas, por citar los conceptos más “New Age” del momento. Y desde luego no faltan plataformas mediáticas dispuestas a subrayar con más énfasis las actuaciones marginales de todo tipo de nuevos entes políticos, que a dar cuenta del papel de Izquierda Unida en las instituciones. A mí este factor sí que me parece capital, en estos momentos, por la ingenuidad política izquierdista que denota en un momento de cierta agitación, sobre todo vinculada a la revitalización de los movimientos sociales surgidos de las consecuencias de la crisis, que también forman parte de las oportunidades que existen hoy en día para romper el techo electoral. Los problemas existentes en ese sentido no se pueden abordar solamente analizando Izquierda Unida, sino también necesariamente de las actitudes y afinidades que expresa la ciudadanía entre el catálogo de ofertas políticas que se le ofrece.

¡Es su propia gente, estúpido!

A modo de recapitulación conclusiva, señalar que la dificultad de Izquierda Unida para romper su techo de cristal o de la propia izquierda más izquierda para articularse en único referente bien armado radica en varios elementos. Unos, preexistentes y estructurales, son las propias normas del  juego electoral y la invisibilidad mediática del multipartidismo a favor del bipartidismo, que facilitan que un espacio como Izquierda Unida haya sido más veces una reserva temporal de votos del PSOE que una alternativa efectiva al rol bipartidista que ese partido juega en la democracia del 78. Pero lo esencial, y más ahora en que el apocalipsis económico ha puesto en crisis ese modelo, es que Izquierda Unida orbita en una galaxia política desestructurada y desestructurante. Que las energías políticas y las insatisfacciones sociales de los ciudadanos de izquierdas, en ese marasmo de la desafección y la proliferación de marcas, en lugar de facilitar que Izquierda Unida salte el muro, pueden estar  haciendo que se vuelva más alto. O que se  diluyan las energías político-electorales que deberían confluir en un espacio donde, por descontado, Izquierda Unida debería jugar un rol capital, apoyando proyectos sin viabilidad alguna, en tanto que entidades capaces de surgir como alternativas más reales al bipartidismo.

Así las cosas, probablemente Izquierda Unida no vaya a tener más remedio que buscar algún tipo de salida en este espacio de desestructuración que minimiza sus posibilidades, pero mi diagnóstico concluye con un J’accuse a mujeres y hombres afines a la izquierda más izquierda, que sintiéndose en el momento de conseguir grandes cosas, no comprenden que ello solo es posible haciendo la alternativa más grande, no más pequeña o asediándola en su flanco izquierdo.