Wallace, Roth y Updike

Lobisón

David Foster Wallace se ahorcó el 12 de septiembre de 2008 en su casa de Claremont (California), donde era profesor de literatura creativa en el Pomona College. He leído en alguna parte que lo hizo después de despedir cariñosamente a su esposa, la pintora Karen L. Green, que lo encontró muerto al regresar el día siguiente. Al parecer sufría fuertes tendencias depresivas.

La gran novela de Wallace hasta su muerte era La Broma Infinita (Infinite Jest, 1996), un tocho importante al que las combinaciones de narración y digresiones reflexivas convierten en uno de los grandes ejemplos de literatura posmoderna, categoría en la que se suele incluir también a Jonathan Franzen —buen amigo de Wallace— y a Don DeLillo, ninguno de ellos de fácil lectura. Ahora ha aparecido en inglés The Pale King, la novela inacabada en la que estaba trabajando cuando murió.

La semana pasada se publicó en El País una entrevista con Philip Roth, el autor que en 1969 escandalizó a la opinión pública (norteamericana) con El Lamento de Portnoy, un compendio de las obsesiones sexuales de su protagonista narradas a su psicoanalista. Según Roth, la novela surgió de las conversaciones crecientemente desinhibidas que mantenían él y otros amigos judíos en Nueva York, chistes verdes extravagantes inseparables de las obsesiones de una cultura específica: los rabinos fueron quienes primero arremetieron contra Roth.

En la entrevista, el escritor cuenta que la última gran novela contemporánea que ha leído es Submundo (Underworld, 1997), de Don DeLillo. Esto se podría interpretar, con cierta maldad, como que DeLillo le quitó las ganas de leer más novelas posmodernas, y no sólo como un homenaje (‘gran novela’). Porque lo cierto es que entre la generación de Philip Roth y John Updike y la generación siguiente existe una ruptura profunda en el lenguaje y la concepción de lo que es la literatura.

Una clave interesante de esa ruptura la ofreció el propio Wallace en una reseña sobre el libro de Updike Hacia el Final del Tiempo (1997), incluida en su colección de ensayos Hablemos de Langostas.  La idea sería que aquella generación estaba centrada en la liberación sexual y la autenticidad individual, y que a la generación siguiente le ha tocado lidiar con los problemas creados por la ruptura social que se produjo en los años sesenta (en Estados Unidos, claro).

Por decirlo así: la sexualidad y las contradicciones entre la pasión y las exigencias de la estabilidad familiar (la respetabilidad, si se quiere) fueron los grandes temas de la generación que irrumpió en los sesenta, mientras que la generación de los noventa vive con las consecuencias de aquella ruptura. No sólo la disolución de la imagen tradicional de la familia, sino sobre todo un egoísmo maniaco que traduce más una incapacidad para querer que la autenticidad de la pasión:

“Los adultos jóvenes de los noventa —muchos de los cuales, por supuesto, son los hijos de todas las apasionadas infidelidades y divorcios sobre los que Updike escribió de forma tan magnífica, y presenciaron cómo todo aquel individualismo rompedor y aquella libertad sexual se deterioraban hasta convertirse en la autoindulgencia tediosa y anómica de la Generación Yo—, esa gente menor de cuarenta años de hoy día tiene horrores muy distintos, entre ellos … la perspectiva de morirse sin haber querido nunca a nadie más que a uno mismo”.

Se podría pensar que Wallace fue siempre cristiano, aunque eso no se explicite en sus novelas, y que eso explica su malestar con la generación de los sesenta. Pero se me viene a la cabeza una entrevista en la que Isabel Coixet hablaba de sus conversaciones con Roth cuando preparaba la versión cinematográfica de El Animal Moribundo (Elegía, 2008). Roth insistía en mostrar a Coixet cuán explícito y rupturista era el sexo en su novela, y la directora tuvo que explicarle que ella era de Barcelona, donde el escándalo por estas cuestiones no es fácil de alcanzar.

Terrible problema. Para mi generación es más fácil y atractivo leer a Roth o a Updike que a sus sucesores, pero es difícil no compartir la sospecha final de Wallace sobre el protagonista de Updike, un hombre que asocia la decadencia de su sexualidad al desastre: “ni una vez se le ocurre que la razón por la que es tan infeliz es que es un gilipollas”.