Vous êtes inculpés

Señor_J

“Vous êtes inculpés d’homicide volontaire avec préméditation”, le espeta Jean-Louis Trintignant una y otra vez, a los diferentes cargos militares que desfilan, uno tras otro, ante él, en calidad de juez, hacia el final de la inolvidable “Z”, aunque la película dista de tener un final tan justo y honorable. No tenemos constancia de que en nuestro querido país los militares sean responsables o cómplices de ningún asesinato político reciente (no tan recientes, creo que de unos cuantos), pero es alarmante la incontinencia verbal con que progresivamente se manifiestan amenazas poco veladas de intervención armada sobre el territorio catalánico, sin que se produzcan respuestas severas por parte del gobierno del estado. Tampoco abundan las muestras de solidaridad o indignación ante tales exabruptos allende de los límites del reducto traidor, ni las reflexiones sobre quién diablos son los compañeros de viaje en ese discurso de “España es una porque lo dice la Constitución”.

Entretanto, en la casa común, chocan espadas contra escudos provocando múltiples destellos. Con Pere Navarro, a barones, exbarones y dirigentes socialistas solo les falta imitar el estilo de Carlos I de España con Francisco I de Francia, quien en medio de sus múltiples guerras y disputas, le retaba periódicamente a duelo de honor. Esta vez, los traidores catalanes han tenido la osadía de romper la disciplina de voto impuesta por el partido estatal y no ha faltado la multa disciplinaria para mostrar que son dos partidos distintos, pero no exactamente. Y entre dos aguas ha intentado navegar la espía doble Carmen, quedando presumiblemente ahogada en medio del temporal, que demostrado quedó en su día que la inteligencia estratégica no es su mayor cualidad.

Extrañas, extrañas suenan las palabras consulta popular o derecho a decidir en este tiempo que unos llaman democracia y otros cleptocracia. Debemos volver a los clásicos para reconocer que no siempre fue así. Veamos si no lo que decía un padre de la patria que hizo más que nadie por reducir las desigualdades en España, pero que fue arrollado por lo peor de dicho país y por las imparables corrientes de la historia. No se desatienda la precisión de sus palabras: “Yo concibo, pues, una España con Cataluña, gobernada por las instituciones que su voluntad libremente expresada quiera darse; unión libre de iguales en el rango, ya que no en el tamaño, sin pretensiones de hegemonía ni predominio de los unos sobre los otros. Para vivir en la paz, ilustrando el nombre común  hispánico, que no es despreciable. He de deciros también, que si la voluntad dominante de Cataluña fuese algún día otra, y resueltamente quisiera remar sola en su barca, sería justo pasar por ello, y no habría sino dejaros ir en paz, con el menor destrozo para los unos y los otros, y desearos buena fortuna, hasta que cicatrizado el desgarrón, pudiéramos establecer cuando menos relación de buena vecindad”. Era un mes de marzo de 1930 y un restaurante de Barcelona. En los estertores de la Restauración, durante la dictablanda de Berenguer, Manuel Azaña hacía suyo el problema catalán en la lógica de la libertad de los pueblos y el derecho de cada uno a decidir. Se ve, en cambio, que en una democracia consolidada y con partidos de izquierda en funcionamiento, ya no son posibles tales asunciones. ¿Quizás deberían los socialistas, para conseguirlo, hacer como don Manuel y contribuir a poner al Borbón rumbo al exilio? Difícil parece cuando el republicano Pere Navarro quiere proclamar a Felipe VI y los realistas-socialistas gritan: “¡Cómo osáis!”.

Y de tanto en tanto, como de repente, sobrevuela el federalismo. El federalismo comparte con el Partido Popular el dudoso mérito de ser la mayor fábrica de independentismo que se ha inventado en España. El proceso es como sigue. Se toma un federal de buena fe (o no necesariamente tan buena), que considere que esa es la vía que mejor garantiza el encaje de las diferentes entidades ibéricas con pretensión nacional. Se le pone después a buscar federalistas convencidos rondando por la península, y tales serán los chichonazos, que se nos volverá cada vez más separatista. Actualmente eso le sucede a mucho catalán de a pie, a no pocos socialistas catalanes y a amplios sectores de la izquierda catalana, pero tampoco es un fenómeno nuevo. Gente como Companys o el que sería presidente del Parlamento catalán de la Segunda República, Joan Casanovas, fueron sindicalistas de tendencias federalistas antes de evolucionar hacia posiciones más independentistas, eso sí, en medio de fuertes conflictos que todos conocemos. Así se expresaba Casanovas a finales de los años 1920: “El sentimiento catalán, el catalanismo, llámese separatismo (que todos llevamos un separatista teórico, como muy bien se ha observado) (…) es cada día más desafecto a la solidaridad peninsular. Vive cada día más plegado en sí mismo, más localizado, más abstraído en su pleito y desatendido de los demás valores ibéricos, con grave daño, a mi entender, de la reacción liberal que convendría para derribar la Dictadura”. O también: “Ahora sólo cabe encaminar el problema dentro de una amplia y libre fórmula federal, que no cabe en la monarquía, sino en el federalismo republicano y pactista”. Pues bien, todo fue pasar el tiempo, que al hombre este lo encontramos contribuyendo como el que más a la creación de ERC (de ahí su cargo de president), envuelto en los Hechos de Octubre del 34 e incluso implicado en el mítico caso Rebertés, un episodio poco conocido en general pero que vino a ser una conspiración de corte nacionalista y antianarquista, acontecida en los primeros meses de la Guerra Civil, para cargarse al gobierno de Companys, que en aquellos tiempos practicaba la conllevancia con las milicias, por necesidad más que por vocación.

Estos asuntillos nos pueden convencer al menos de que con el tiempo que llevamos con ello, ya hay un bagaje acumulado y un cierto savoir-faire en la manera de tratarlos que es mucho mejor y más estimulante que el que nos ofrecen los representantes del decadente bipartidismo español. Que no, que el derecho a decidir no se lo han inventado Mas y Junqueras, sino que hunde sus raíces muy atrás, por novedoso que sea que el centro-derecha nacionalista sea tan soberanista. Si es que ni siquiera lo de boicotear productos catalanes por provenir de territorio díscolo (en el 18% sitúan hoy en día los del cava el descenso de ventas en el resto del España, respecto a unos años atrás) es un invento nuevo. En 1931 estaba a la orden del día gracias a medios de prensa diversos, cámaras agrarias o sindicatos agrarios entre otros. Si hasta las cámaras barcelonesas tuvieron que salir al paso de dichas campañas, indicando que: “…han podido observar que, habiéndose proclamado la República en Barcelona antes que en Madrid, fue inmediatamente izada y aclamada la bandera de la República española, y fueron aclamadas de igual forma las fuerzas del ejército, y que en todas partes ondea, con la bandera catalana, la de la República española como expresión sincera de que se quiere vivir fraternalmente dentro del estado español”.

Ya se ve que ante las mismas circunstancias, lo inventado se redescubre o se reinventa, y a menudo en versiones vulgares, a pesar de los que creen que las cosas se repiten primero como tragedia y después como farsa. Pero es cierto que la vulgaridad puede dejar paso a cosas más serias, si entre el ruido de fondo no se distinguen las voces que amenazan o el sonido del sable. De ahí que revisar el bagaje acumulado y reencontrarse con lo mejor de la tradición de la que uno procede pueda ser incluso saludable, en lugar de envolverse en el inmovilismo, ya hablemos de la estructura o la extensión del estado o de su naturaleza monárquica. Sobre todo cuando en tiempos de derrumbe se impone eliminar viejos muros y abrir espacios. Para que entre el aire. Para que la democracia respire.