¿Votos o escaños?

 drodrialbert

Son muchas las preguntas que se han planteado tras las elecciones catalanas del pasado 27 de septiembre. Hay una que desde mi punto de vista tiene unas implicaciones muy serias, pero no está generando el debate que debería. Se trata de la duda acerca de si el Parlament está legitimado para proclamar una declaración unilateral de independencia, en el sentido de si son los votos o los escaños los garantes de dicha legitimidad.

Desde Junts pel Sí se tiende a realizar un discurso de una gran sencillez. Dado que en el Parlament reside la soberanía popular, y dado que junto con las CUP suman mayoría absoluta de escaños, es perfectamente legítimo que pueda realizarse esa declaración simbólica. Al fin y al cabo, son l@s diputad@s los que votan, y no hay que complicarse la vida más allá de esta verdad tan simple y de supuesto sentido común.

Sin embargo, desde la CUP se ha dejado bien claro, por lo menos durante la campaña electoral, que un asunto de semejante envergadura requiere la mayoría absoluta de los votos del pueblo de Catalunya. Por tanto, no han de ser los escaños, sino los sufragios directos los que han de tenerse en consideración a la hora de determinar hacia qué lado inclinar la balanza.

Si me dan a elegir entre una y otra posición, tengo muy claro que escojo la segunda, por una cuestión de democracia elemental. Pero lo que quiero poner aquí de relieve es el hecho de que prácticamente nadie está lanzando la pregunta clave: ¿cómo es posible que en un sistema democrático la mayoría de votos y la mayoría de escaños vayan en direcciones opuestas?  Para entender esta contradicción, es necesario hablar de la ley electoral.

La normativa catalana establece cuatro circunscripciones provinciales, y las tres más pequeñas ostentan mayor representación de la que les correspondería de manera proporcional. Además, se impone un límite del 3% para acceder al Parlament, por lo que los votos de todos los partidos que no alcanzan esa barrera desaparecen del mapa. Esos son los dos elementos que distorsionan el principio democrático fundamental de ‘una persona, un voto’.

Los defensores de este sistema esgrimen dos argumentos. El primero hace referencia al equilibrio entre territorios, y considera justa la sobrerepresentación de las circunscripciones más pequeñas. Políticamente, esto ya es de dudosa legitimidad, sobre todo cuando se votan aspectos que afectan por igual a toda la población, con independencia de su lugar de residencia. Pero es que además hay una falacia técnica, y es que es perfectamente posible ofrecer un plus a los territorios menos poblados y mantener a la vez la proporcionalidad de voto del conjunto.

La segunda razón viene a decir que si no se coloca un listón en el porcentaje de votos a superar, acabarían entrando en el Parlament demasiados partidos pequeños que dificultarían la gobernabilidad del país. Esto equivale a reconocer que las minorías molestan y que debe limitarse la pluralidad, distorsionando el resultado de las elecciones y excluyendo la representación de las fuerzas políticas de menor peso. Una forma muy peculiar de entender la democracia.

La suma de esas dos distorsiones da lugar a un Parlament que no es el reflejo directo de la soberanía popular, ya que no respeta el principio fundamental de ‘una persona, un voto’. Esta es la aberración que en el fondo permite tener el debate valleinclanesco entre votos y escaños. Pero no parece que interese demasiado reflexionar sobre la raíz de este problema. 

Posdata: Justo en el momento de acabar de escribir estas líneas me encuentro con que Junts Pel Si y la CUP acaban de impulsar una declaración de inicio del proceso de independencia sustentada precisamente en la mayoría de escaños. Por consiguiente, lo que acabo de mencionar más arriba acerca de la CUP pierde toda su validez, ya que han pasado a defender algo antagónico a lo que comentaban en campaña. Sin embargo, he decidido no cambiar mi artículo, pues no se altera en nada la esencia del debate de fondo y además queda reflejado algo tan corriente en nuestros días como la enorme velocidad a la que se suceden algunos cambios en las posiciones políticas.