Volátiles o cautivos

Barañain

Tras el verano y con el eco de los resultados electorales municipales y autonómicos de mayo, el gobierno emprendió un evidente viraje hacia la moderación, en busca del centro perdido. Es un tema recurrente en la política española: en nuestro país la búsqueda del centro empieza a parecerse a  la del Santo Grial.

El gobierno interiorizó que el PP, con su catastrofismo,  había logrado hacer mella en un sector clave de su electorado, haciendo parecer a Zapatero como un peligroso radical o, al menos, corresponsable del ambiente de crispación política. El PP con su agitación permanente conseguía por un lado fidelizar a su electorado (retuvo en 2007 el 80% de los votos que logró en las elecciones generales de 2004) y por otro, si bien no ganaba votos antaño socialistas sí empujaba hacia la abstención a una parte no desdeñable de estos.

Aunque esa crispación era el mejor argumento para que los votantes mas ideologizados de la izquierda asumieran la necesidad del voto útil como forma de cerrar el paso a los cavernícolas, para el PP resultaba  mayor aún su rendimiento en términos de desgaste del electorado más centrado y vulnerable, cuyo refugio en la abstención compensaba con creces una posible reactivación del voto más progresista. Crispar para hacer desistir a una parte de quienes dieron la victoria a Zapatero: tal ha sido el empeño del PP.

Son los electores “sin ideología”  los destinatarios  de esa estrategia conservadora.  Parece ser, o eso dicen los expertos que aconsejan en La Moncloa, que el PP supera al PSOE en el voto de esa franja electoral. Lo que no debe ser frecuente porque, dicen, lo habitual es que esa gente, poco dada a aventuras,  sea más propicia a apoyar al gobierno de turno.  El caso es que si el catastrofismo ha conseguido incidir en esos sectores sociales,  el contraataque gubernamental debía orientarse a “centrar” la agenda política planteando asuntos que lejos de provocar tensiones sociales resultaran atractivos para los ciudadanos de “bajo perfil político”. 

El reflejo de tal orientación lo conocemos bien. Cuestiones tan diversas como la gestión de los resultados electorales en Navarra, con el veto a Nafarroa Bai, la entronización de Pedro Solbes como referencia de una gestión económica tranquilizadora, la recuperación de José Bono como candidato o, en fin,  las anunciadas ausencias en el programa electoral de propuestas relativas al aborto, a la eutanasia o a las relaciones con la Iglesia, no se entienden si no es a partir de ese análisis del voto en riesgo. Como decía un político catalán, no es casualidad que Zapatero  iniciara la legislatura enarbolando el estandarte de la “España plural” para acabarla  publicitando “el gobierno de España”. “Tranquilidad en lo económico, seguridad en lo social y serenidad en lo político” vendría a ser el lema con el que el PSOE pretende vender su proyecto a los ciudadanos.

El problema, para el PSOE y el gobierno de Zapatero, está en conservar su voto moderado sin ahuyentar a la izquierda. Porque lo que divide y agita a la sociedad española son la puesta en marcha de cambios sociales progresistas, por cautelosos que sean,  y las políticas audaces de reconocimiento de derechos, es decir, todo aquello que hace reconocible el gobierno de la izquierda. Seguramente, no puede ser de otra manera.

Según nos cuentan los expertos, bastará con recordar los logros sociales de la legislatura para retener o recuperar al elector ideologizado, al votante de izquierda. Eso, y enfrentarlo al vértigo de un posible retorno del PP, serán datos suficientes para asegurar su voto (una parte del cual se fue, en mayo, a IU y a la abstención). El viaje a la moderación, asegurando el voto centrista,  hará el resto. ¿Puede ser una nueva versión del cuento de la lechera? Es decir, ¿son siempre compatibles ambas estrategias?

Hace ahora un mes, nos hacíamos eco aquí mismo del estimulante artículo publicado en El País por César Molinas (“El poder decisorio de la izquierda volátil”),  alertando del riesgo de derrota socialista si no se alcanzaba un determinado nivel de participación electoral en marzo  -que situaba en el 70%-,  y el voto a IU superaba el 4%. Según su interpretación no son los votantes centristas (que cuantificaba en 600.000 en toda España) los que condicionan  las victorias electorales sino el comportamiento de esa izquierda que oscila entre PSOE, IU y la abstención. Lo que denominaba la “izquierda volátil”. 

Discutiendo esa conclusión, la politóloga Belén Barreiro insistía, hace unos días, también en El País, en que “las elecciones se juegan en el centro”. A partir de la constatación de que los votantes centristas son muchos más de los que estimaba Molinas, quizás un 20% del electorado, consideraba demostrado que “ningún triunfo, ni del PP ni del PSOE, se ha producido sin haber ganado en el centro”. Como el electorado del PSOE es diverso, pues a socialistas o socialdemócratas se suman “personas con perfiles ideológicos indefinidos y ciudadanos que simplemente apuestan por la serenidad y la templanza”, el dilema para el PSOE, concluía Barreiro, es hallar el equilibrio necesario entre las expectativas de unos y otros. ¿Conseguirá el PSOE ese equilibrio al que se ha referido Belén Barreiro con la estrategia política desplegada en este final de legislatura?

¿Las elecciones se ganan en el centro o es la movilización de la izquierda lo único que puede asegurar la continuidad del gobierno progresista? Para quienes apuestan por esto último –entre nosotros, lo apuntaba Arouet hace unos días y le tomo prestada su idea-,  “el gran peso electoral que tiene la izquierda volátil habría aconsejado una estrategia política diametralmente opuesta: no modificar el marchamo progresista de los primeros años de la legislatura, y proponer como seña de identidad de la oferta electoral del PSOE una profundización en la tarea reformista y en las políticas de solidaridad”. Porque, además, se ve inútil el esfuerzo de moderación pues, por poner un ejemplo que se ha citado aquí ya, nadie va a movilizar su voto porque se prometa suprimir el impuesto de patrimonio.

Por otra parte, conseguir el voto del centro puede ser imprescindible para ganar las elecciones, pero que eso se consiga girando a la derecha está por ver. Nuestro Cicuta señalaba, a propósito de este debate, que los electores de centro –esa especie tan deseada como difícil de definir-, lo que temen no son tanto las políticas del Gobierno como “las incertidumbres que éste crea en algunas ocasiones”. Como el Gobierno ya ha  hecho bastante por ganarse a la izquierda, lo que ahora tocaría  es “transmitir algo de tranquilidad para que los más distantes no se asusten”.

Interesante debate, sin duda. Que, en cualquier caso, parecen tenerlo ya resuelto los estrategas de La Moncloa. Es posible que tengan razón en sus análisis quienes apuestan por la moderación como requisito para la victoria. Y eso, entre otras cosas, implica que a los electores más comprometidos ideológicamente con la izquierda no les quedará más opción, si no quieren ponerse “exquisitos” haciendo volátil su voto, que la de asumir que su papel ha de ser necesariamente subalterno, esto es, que no serán sus expectativas e intereses las que condicionen la oferta electoral socialista. Es decir, estos electores de izquierda asumirán que en la medida en que, para el PSOE,  ellos son una baza segura – en ese sentido, votos en cierto modo “cautivos” -,  que no pondrán en riesgo la victoria de Zapatero,  el PSOE no estará pendientes de ellos, sino que dirigirá sus mayores esfuerzos a atraer a la clientela centrista o indefinida. Ser volátil o aceptarse como cautiva: ese parece ser el dilema al que está abocada la izquierda española.

51 pensamientos en “Volátiles o cautivos

  1. Reintegrables los bonos UPyD? Hay que tener fe, realmente.

    Qué es georgista?

    Han quitado una palabra del himno y cambian su significado? Pecatta minuta, Mira Pío Moa, Tiene libros enteros

    El andalucismo es una religión? QUiero decir que solo puede ser lo que Blas Infante diga? QUiero decir que porqué no puede haber un andalucismo no liberal, sino marxista. O monarquico en lugar de republicano. O independentista (ni que sea de salon). O hasta conservador y más allá. Tampoco sabemos lo que sería hoy en día Blas Infante. O semindependentista segun. En cualquier caso los prefiero a ellos que a Vidal QUadras. Piensa que el PSOE ya no es marxista, por ejemplo (ni de salón)

    Y del Foro Andaluz de Pimentel, qué se ha hecho ahora que el exministro se dedica a la edición de libros. Creo que la idea era buena.

    Ale, a dormir

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