¡Viva Cuba libre!

LBNL

El título parece apropiado. Fidel liberó a Cuba de la dictadura de Batista y la dominación yankee, así como su muerte posiblemente suponga un paso sustancial hacia la liberación del pueblo cubano frente al yugo dictatorial en el que se convirtió, hace décadas ya, la utópica liberación de los barbudos que bajaron de Sierra Maestra liderados por el Comandante. Para semblanza objetiva y completa de Fidel Castro valga la de Mauricio Vicent ayer en El País.

Cubano hijo de español, Fidel se rebeló principalmente contra la dominación semi-colonial de EE.UU., abrazando la insurección armada sólo tras el golpe de Estado de Batista de 1952. Sus primeras medidas tras llegar al poder en enero de 1959, fueron eminentemente progresistas – como la reforma agraria – pero sólo declaró el carácter socialista de la revolución tras la imposición del embargo norteamericano – 1960 – y la frustrada invasión de Bahía de Cochinos – 1961, lo que estuvo a punto de llevar al mundo al holocausto nuclear con la crisis de los misiles – 1962.

Fidel era criollo, alto, inteligente y carismático, pero también megalómano, creído de sí mismo, autoritario y ligón machista. Con excepción de su fiel hermano menor, Raúl, todos las otras figuras que le podían haber hecho sombra acabaron mal: muertos, en la cárcel o en un puesto secundario. El “Che” y el General Ochoa son los mejores exponentes

Con los años, Cuba se convirtió en un peón más de la Guerra Fría. Todas las veleidades “liberales” del inicio fueron reprimidas, “desviaciones” sexuales incluidas, como corresponde a un buen “macho” latino que decía no saber a ciencia cierta cuántos hijos tenía. A cambio del subsidio masivo de la URSS, que permitió la universalización de la sanidad y la educación – sin precedente en América Latina y todavía menos en Centroamérica – la revolución cubana mandaba soldados al Congo, Ángola o Etiopia, lejos, muy lejos de los contingentes que mandó en un principio a luchar contra el Trujillo dominicano o Bolivia, como parte de su anhelada exportación de la revolución.

La URSS cayó pero la revolución de Fidel consiguió mantenerse contra todo pronóstico, instaurando primero el “periodo especial” de penurias ilimitadas para la población, aceptando algunas reformas económicas después y finalmente aprovechando la llegada de Chávez a Venezuela para trocar la exportación de dentistas y otros profesionales de la salud por petróleo barato.

Fidel fue un demonio para todos aquellos a los que reprimió, y un salvador para todos aquellos, también numerosos, para los que su permanencia en el poder supuso vivir en condiciones mucho mejores a las de sus congéneres en cualquier otro país del Caribe.

Cualquiera que haya viajado al Caribe sabe que el realismo mágico de García Marquez tiene menos mérito del que se le otorga porque la vida allá no se rige casi nunca por parámetros racionales. Y así en Cuba abundan los críticos de la revolución que, sin embargo, la apoyan porque es “lo nuestro”, por ejemplo, o que mantienen la fe en la revolución a sabiendas de todas sus contradicciones.

Fidel convencía a muchos con su dialéctica sofisticada e infinita y a los que no, los reprimía a sangre y fuego. Desde el principio hasta su muerte, que sólo le llegó años después de ceder el poder a su hermano, de quien sabía que podía fiarse para seguir maniobrando sin ceder en lo esencial.

Y lo esencial, sobre todas las cosas, era la independencia de Cuba, respecto a Estados Unidos, objetivo plenamente conseguido. El coste fue alto, muy alto, y posiblemente inútil salvo que Trump lo remedie volviendo a la senda del enfrentamiento sin fin que sólo respaldaría a los “duros” dentro de la isla. Si por el contrario persistiera en el deshielo auspiciado por Obama, Cuba sería rápidamente “invadida” por EE.UU., no tanto por sus ejércitos como por sus empresas.

En todo caso, no creo que haya contradicción en afirmar que Fidel liberó a Cuba y que, desde hace décadas, Cuba necesitaba liberarse de Fidel. Ojalá la desaparición del Comandante no altere el curso de la historia y dentro de algunos años podamos celebrar la transformación de Cuba en una democracia parlamentaria latinoamericana, sin que por ello se convierta necesariamente de nuevo en una colonia yankee.