Visitando cementerios

Barañain

No sé si muchos de los que se asoman a este blog tendrán la costumbre de incluir la visita a determinados  cementerios singulares en sus desplazamientos turísticos o si lo considerarán una costumbre morbosa, un signo de mal gusto o, en el mejor de los casos, una pérdida de tiempo, habiendo tantas cosas magníficas que contemplar por esos mundos de Dios. Confieso que en más de una ocasión yo he caído en esa tentación y no sólo con los cementerios más célebres, esos que se mencionan en cualquier guía turística (el Highgate de Londres, el cementerio judío de Praga, el de Génova, el Pere Lachaise parisino, etc…). Es más, en muchas ocasiones si no he podido cumplir esa costumbre ha sido más por falta de tiempo (y porque me pillaba muy a desmano) que por falta de ganas.

Sin embargo, paradójicamente, nunca he sentido el impulso de visitar el lugar donde reposan los restos de mis ancestros, ni con motivo de los aniversarios de su desaparición ni, menos aún, en la fecha señalada del día de difuntos. En realidad nunca me ha parecido buena idea esa de que haya  un lugar concreto, físico, para esos restos por lo que ello implica de asumir una determinada  responsabilidad hacia el lugar como punto de referencia para el recuerdo socialmente obligado, al que periódicamente  se ha de volver o simplemente hay que mantener y perpetuar.

 Dado que los momentos de duelo no son la mejor ocasión para librar esas batallas en el entorno familiar  (¡por la paz, un ave maría!), llegado el caso tiende a imponerse el criterio de fijar esa referencia espacial. La generalización de la  cremación de los cadáveres  no ha resuelto la cuestión pues, al menos por aquí, lo único que ha cambiado es que ahora lo que se deposita en tierra y se cubre con la lápida son las urnas con cenizas en vez de los féretros. No sé si la cosa cambiará en el futuro y conseguiré que llegada la hora se deshagan de mis cenizas de la forma más prosaica posible (o sea, por el desagüe más cercano) pero tiendo a dar la batalla por perdida.

 En cualquier caso, asumo que soy bicho raro y entiendo que para mucha gente sea un motivo de angustia carecer de ese punto concreto al que acudir (o simplemente saber que existe) y que prescindir del mismo lo ven como una traición o una falta de respeto a los antepasados. Eso, más que otra cosa, debe ser lo que mueve a la visita a los cementerios del 2 de noviembre, el “día de los fieles difuntos” en el calendario católico. Año tras año, esa celebración da lugar  a excursiones masivas desde las ciudades a los pueblos de origen,  para visitar, flores en mano,  las tumbas familiares previamente adecentadas, y demostrar así que sigue vivo el recuerdo de los seres queridos. Porque de lo que se trata es, supongo, de exteriorizar ante los demás (aunque sea sólo ante el propio entorno familiar) ese recuerdo, no del recuerdo en sí que, obviamente, en tanto que experiencia íntima no requiere de fechas prefijadas por el santoral  ni de demostraciones colectivas.

 Como ocurre con otros muchos ritos católicos  su apariencia externa pervive, pese a su decreciente relevancia social y cada vez más desprovista de su significación religiosa original. Imagino que pocos de los que asistan dentro de unos días a los cementerios lo harán pensando en que han de dedicar sus oraciones a aquellos que en vida no tuvieron tiempo –o ganas- de expiar todos sus pecados y no pueden por ello alcanzar la gloria. Porque para la Iglesia Católica se trataba de eso, de que los vivos ayudaran con sus oraciones y misas a los fieles difuntos que se habían quedado  a unas décimas del aprobado (para subirles la nota, en expresión escolar), con un lavado póstumo de sus  pecados menores.

 También es cierto que esa visita al cementerio puede ser ya la única forma de relacionarse con la muerte, ese momento biológico inevitable que hemos conseguido hacer casi invisible en nuestras sociedades modernas, en las que ver morir a alguien en casa es una experiencia muy improbable. La medicalización de nuestra vida ha secuestrado la muerte. La última ocasión en que yo ví morir en mi familia fue cuando le ocurrió a uno de los abuelos y de eso hace ya casi cincuenta años (el hombre tuvo a bien fallecer a la par que el papa Juan XXIII y mis recuerdos de niño correteando por la casa entre adultos cariacontecidos se mezclan con las primeras imágenes televisivas que mostraban el solemne funeral en el Vaticano). También recuerdo que, inmediatamente después,  la habitación donde había fallecido  se reconvirtió en otra cosa; de algún modo estaba ya presente, supongo, el deseo de borrar el rastro de la muerte en el seno del hogar, lo que sería una constante en la vida familiar de la España del desarrollo. Años más tarde, ya demenciada, murió la abuela que vivía con nosotros, pero sus últimas semanas las pasó en el pueblo cuidada sólo por mi madre sin que los nietos –ya mayorcitos-, fuéramos muy conscientes del proceso.

 Dicen los entendidos que los humanos, durante milenios, han querido encontrar sentido a la vida con rituales sobre la muerte, ya fuera para venerarla, para alejarla de sí o para burlarse de ella, como queriendo demostrar que no se la temía. La mejor muestra debe ser la del espléndido  “día de muertos” mexicano, en la que ritos de origen prehispánico se mezclan con elementos católicos y entre flores, disfraces, jolgorio y calaveras se exalta la vida, como en una variante del carnaval. Por el contrario, nunca he sido capaz de entender la fiesta de Halloween que ahora veo extenderse por estos lares entre adolescentes, aunque me temo que es sólo contagio superficial de algo muy presente en los USA –creo que nunca he visto manifestación de masas mayor en mi vida que el desfile de Halloween que una vez  presencié en Manhattan -, y sólo una ocasión más para la fiesta y el beneficio comercial de algunos avispados.  

 En cualquier caso,  es obvio que en  las sociedades modernas los rituales relacionados con  la muerte son cada vez más escasos. Algunos atribuyen a esa “ocultación” la aparición de  nuevas formas de consumo dentro de la cultura popular, de manera que el éxito de determinados sitios turísticos, atracciones o exposiciones relacionadas con la muerte -ya se presenten y comercialicen  con un pretexto  educativo, como entretenimiento de masas o como un recuerdo histórico-, en realidad de debe a que atraen a  gente que  está ávida de “consumir la muerte” como una mercancía más.

En el ámbito universitario ya hay algún instituto dedicado a la investigación de lo que los británicos llaman “dark tourism”, esto es, la fascinación o curiosidad de las personas normales y corrientes por visitar lugares asociados a la muerte: el lugar donde murió un personaje célebre o donde se cometió una escabechina o la visita al cementerio singular con la que iniciaba este artículo. He leído a unos sesudos profesores universitarios  ingleses que se trata de un consumo substitutivo que obedece a la  necesidad que tienen las personas –en determinados momentos de su vida- de mirar cara a cara a la muerte y corregir así el desequilibrio y la ansiedad causadas por ese secuestro institucional de la experiencia de “ver morir” a la que antes aludía. También me ha aclarado esa lectura que tal fascinación nada tiene que ver con perversiones ocultas o problemas mentales, lo cual me ha tranquilizado bastante.

Claro que la fascinación tiene sus límites. Reconozco que cuando visité el famoso cementerio bonaerense de La Recoleta deseaba más que nada encontrarme con algún grupo de devotos de santa Evita de Perón y lo conseguí (los porteños no defraudan). Pero en otros lugares las experiencias pueden ser más fuertes. Por ejemplo, un diario de Panamá informaba de que los problemas más comunes que presentan sus cementerios son “la inseguridad en las noches, la profanación de tumbas y los ritos satánicos” y que “cada vez que se sepulta a una persona se tienen que colocar piedras encima del féretro para que, en caso de inundaciones, no salgan flotando”. Creo  que si me topara con algo así desaparecería mi fascinación por visitar tales lugares.