Viernes trascendental

H2S3

Este próximo viernes 2 de octubre se tomarán dos decisiones que tendrán un gran impacto sobre nuestro futuro. Por un lado, los irlandeses volverán a votar sobre el Tratado de Lisboa y, por otro, los miembros del COI decidirán si Madrid organiza los Juegos Olímpicos de 2016.

La trascendencia del segundo referéndum irlandés está fuera de duda. La probable, que no segura, victoria del sí, reactivaría la ratificación del Tratado de Lisboa, enésimo intento de la Unión Europea de dotarse de instituciones más apropiadas y ágiles para un club de 27 países y que pretende seguir siendo relevante en el nuevo mundo global. El sí irlandés pondría seguramente contra las cuerdas al siempre difícil y adalid de los euroescépticos Presidente de Chequia, que amenaza con más maniobras dilatorias.

Ahora bien, no cabe descartar un nuevo no irlandés; la crisis juega en ambos sentidos: miedo a quedarse fuera de la Unión pero también deseo de castigar al Gobierno. No tengo ni idea de lo que pasaría si ganara el no. Está claro que el Tratado de Lisboa quedaría herido de muerte. Vaclav Klaus no firmaría la ratificación y más que posiblemente Polonia y el Reino Unido tampoco, este último porque el nuevo Primer Ministro británico conservador, cuya llegada al Gobierno es probable en las elecciones previstas para primavera, ha anunciado que convocaría un referéndum que sin duda ganaría el no. Lo más probable es que a corto plazo la Unión se mantuviera en el estado de crisis paralizante que viene experimentando durante el último lustro, pero quién sabe, a lo mejor el fracaso de Lisboa llevaría a una mayoría de países – los fundadores y otros importantes como España – a acometer un proyecto de unidad política más ambicioso.

En todo caso, más vale malo conocido que bueno por conocer. Ojalá gane el sí y la Presidencia española de enero de 2010 tenga el importante cometido de empezar a aplicar el Tratado, gobernando una nueva Unión Europea, más cohesionada, más ágil y más eficaz.

La relevancia de la segunda elección es seguramente menos tangible. A la mayoría de los madrileños nos gustaría que nuestra ciudad, que cuenta con las instalaciones para ello, albergara unos Juegos Olímpicos que la situaran en el lugar que le corresponde en el mapa mundial, mientras que una minoría preferiría evitar el engorro. Ambas opciones son perfectamente legítimas: los Juegos son una oportunidad pero también un riesgo inversor.

En todo caso, se me antoja que la decisión puede ser trascendental especialmente en clave política interna: ¿Cómo afectará la decisión al futuro político de Ruiz-Gallardón?

Gallardón es el eterno candidato frustrado del PP a la Moncloa. Por razones ignotas, su partido le quiere menos que el electorado. Con independencia de la adscripción política de cada uno y la opinión que se tenga de Gallardón, la inmensa mayoría de los españoles considera que las posibilidades electorales del PP aumentarían sensiblemente con él como cabeza de lista en las próximas elecciones generales. Ha ganado dos elecciones autonómicas en Madrid y dos municipales, de calle, tiene imagen de buen gestor y un perfil centrista y además cuenta con el apoyo de PRISA. Es absolutamente incomprensible que su partido limite sus propias posibilidades de llegar al Gobierno  pero no seré yo quien lo lamente.

Pongamos que Madrid no sale elegida, la opción más probable dado el informe relativamente negativo de la comisión de evaluación del COI, la norma no escrita de rotación continental y la fuerza de las otras ciudades candidatas. Gallardón ha apostado muy fuerte por el triunfo y se llevaría un golpe político muy fuerte, al punto de que seguramente no repetiría como candidato municipal, entre otras cosas porque Ana Botella se postula para reemplazarle. Paradójicamente, ante la tesitura de su abandono de la vida pública, su derrota podría propiciar que entrara finalmente en las listas al Congreso y, de ganar Rajoy al albur de la crisis, que se convirtiera en uno de los hombres fuertes del Gobierno.

Por otra parte, imaginemos que Madrid gana frente a todo pronóstico, que gana incluso al Chicago de Obama. Su éxito personal sería monumental y difícilmente el pueblo de Madrid – especialmente dado que seguimos sin candidato socialista – le negaría una nueva victoria en 2011. De aquí a entonces pueden pasar muchas cosas, incluidos el procesamiento de la plana mayor del PP en Valencia, que salga a la luz toda la mierda acumulada por el Tesorero Bárcenas bajo el mandato de Rajoy, que se juzguen todos los líos montados por Esperanza Aguirre – espionajes, FUNDESCAM, etc. En todo caso, no veo cómo el aparato del PP podría oponerse si Gallardón volviera a expresar públicamente su deseo de cambiar la Alcaldía por el Congreso. La única duda es si figuraría como cabeza de lista o si Rajoy habrá conseguido mantenerse a lomos de la crisis y los fallos del Gobierno socialista.

De las dos decisiones del próximo viernes, es evidente que el resultado del referéndum irlandés es sin duda la más trascendental. En este país a menudo olvidamos, o no somos suficientemente conscientes, de la importancia que tiene la Unión Europea sobre nuestras vidas. Si más de dos tercios de la legislación que se aplica en España tiene su origen en Bruselas y Estrasburgo, es evidente que nos interesa enormemente que pueda labrarse en las mejores condiciones políticas posibles. De la misma manera, nuestros intereses de cara al resto del mundo, serán mucho mejor defendidos cuanto más cohesionada sea la Unión, tanto si hablamos de políticas comerciales como de ayuda al desarrollo o de hacerle frente a las amenazas globales – terrorismo, proliferación nuclear, pandemias, etc. La mejor prueba de que es urgente perfeccionar la Unión Europea tal y como es hoy es la ilegitimidad que supone que unos pocos millones de irlandeses vayan a tomar en solitario una decisión que afecta a más de 500 millones de europeos.

Dicho esto, la decisión olímpica sobre Madrid tiene su miga. En el Ayuntamiento de Madrid son legión los que no tienen ninguna fe en que Madrid pueda ganar, pero el Alcalde ha invertido mucho tiempo y mucha energía y una victoria, o una derrota, tendrá un impacto crucial en su futuro político. En este sentido, no quisiera estar en la piel de Esperanza Aguirre: ¿qué será peor para su detestado Alberto, que gane o que pierda?