Vientos y tempestades

Lobisón 

Más allá de la opinión que cada quien tenga sobre la apuesta de Mas por la independencia de Cataluña, lo que parece indudable es que constituye un problema más, y no menor, para un gobierno que ya tiene que hacer frente a la desconfianza de los inversores sobre la economía, a la tasa de paro más alta de Europa occidental, a la rápida erosión de su apoyo social y a un clima de conflictividad creciente por la resistencia a los tremendos recortes presupuestarios. Otro récord, que dice mi hija.

Quizá no esté de más subrayar los hechos y omisiones de Mariano Rajoy en la oposición que han contribuido a llevar a su gobierno a esta situación respecto a Cataluña. Es verdad que en el origen del problema está el desastroso borrador de Estatuto que tramitó el Parlament, y que Zapatero a priori se había comprometido a apoyar. La promesa resultó de alto riesgo, porque la mala cabeza de Maragall y la puja al alza entre los miembros del tripartito dieron por resultado un texto inviable.

Pero el PP no optó por entrar en la vía de la negociación para modificarlo, pensando, no sin razón, que era mejor dejar este penoso trabajo para el presidente y el partido socialista. Lo imprudente fue que, al mismo tiempo, el PP intentó con afán movilizar a la sociedad del resto de España contra Cataluña y sus demandas, incluso las más sensatas. Me gustaría extenderme, en particular, sobre el sinsentido que supone negar que Cataluña es una nación, pensando que así se cierra el paso a las pretensiones de estatalidad. Pero esa es otra historia.

El hecho es que Esperanza Aguirre, siempre tan sincera, dijo aquello de que si había que vender a Endesa a una empresa extranjera mejor que fuera alemana (y no catalana), las personas de orden se lanzaron a promover un manifiesto, o plebiscito, o lo que fuera, contra el Estatut, llamaron al boicot de los productos catalanes, con el cava a la cabeza, y luego, cuando ya varias autonomías del PP habían copiado algunos de sus aspectos más conflictivos, presentó un recurso de inconstitucionalidad sólo contra el Estatut de Cataluña, debidamente refrendado en un referéndum, y no contra los demás.

Y el Tribunal Constitucional falló a favor del PP, tardíamente y de forma desmesurada en el fondo y sobre todo en la forma. Después de todo eso, esperar entusiasmo de los catalanes hacia el nuevo gobierno de Rajoy —y hacia la España que prefiguraba— era claramente un exceso de voluntarismo. Quizá Rajoy esperaba que la negociación económica permitiría encontrar salida al desencuentro, pero su incapacidad para ponerse en el lugar de los demás le ha jugado esta vez una mala pasada.

Que Mas escalara el conflicto con la apuesta por el pacto fiscal no se lo ponía fácil, pero tampoco para el President resultaba sencillo legitimar sus salvajes y tempranos recortes si no obtenía nada de Madrid. Y sólo parece haber obtenido de Rajoy la habitual llamada al sentido común, dentro del dontancredismo inherente al personaje y de su temor a hacer o decir nada que pueda ser interpretado como una concesión a los nacionalismos (dejo los adjetivos a gusto del lector) por la prensa cavernaria, que es más o menos la suya.

Estoy pensando seriamente en pedir la nacionalidad portuguesa. Aunque tenga que pasar el resto de mi vida oyendo fados de Mariza y Carminho, parecen gente más normal.