Viejos de la medianoche

Frans van den Broek 

Sin duda, una de las tragedias más espantosas del siglo viente, tan pródigo en horrores, fue la partición de India y Pakistán tras la independencia de India de la colonia británica. La historia es compleja y es difícil atribuir responsabilidades, pero es inevitable afirmar que fueran quienes fueron los responsables, dieron muestra de una monumental -diríase hasta criminal- estupidez, de lo que no se salva nadie, ni el mismísimo Ghandi y con los británicos a la cabeza. Hasta el más ignorante campesino hubiera podido predecir lo que sucedería al crear un país bajo premisas religiosas en una región como aquella, donde conviven la tolerancia y la intransigencia, la espiritualidad y la miseria moral. Quizá nunca se sepa cuántas personas murieron a raíz de la partición, pero se cuentan en decenas de millones, sin contar las que morirían después por las guerras entre Pakistán e India. Desde este punto de vista debiera considerarse la independencia de India y la creación de Pakistán, aquella medianoche de agosto de 1947, como una fecha de luto, no de celebración. Las naciones, sin embargo, se nutren de victorias, de héroes y de triunfos míticos, de mentiras, en suma, y es así que aquel día es celebrado como un día de libertad, esperanza y consumación. Es en esta encrucijada que se centra la película que quisiera comentar, basada en el libro homónimo de Salman Rushdie, “Midnight’s children”, con colaboración del mismo autor.

A quien haya leído la extensa novela la película le parecerá casi una traición, como ocurre a menudo con este tipo de obras. Más aún si el autor recurre a métodos narrativos que requieren la morosa preparación del lector para crear verosimilitud donde hay fantasía y supernaturalismo. El realismo mágico exige del autor que lo practique una suprema habilidad para hacer creíble literariamente, en el marco de la obra, lo que excede el orden de lo real para admitir lo maravilloso y hasta reclamarlo, pero las técnicas que producen el mismo efecto en el cine son otras y he aquí el más agudo problema al que se enfrenta toda adaptación. Este problema es común a toda novela, incluso la más realista: el crimen de Raskolnikov siempre parece algo gratuito, incomprensible en el cine, hasta en la más trabajada versión de la novela de Dovstoievsky, pues falta el tumulto interior del personaje, sus enfebrecidas elucubraciones, sus agonías y vacíos, sus esperanzas y torturas. Algo similar pasa con la novela que nos ocupa y su versión fílmica: lo maravilloso, lo supernatural más perturba que aclara, y parece un artificio de mal guionista, no la elaborada conclusión de quien ha querido comprender hechos históricos fundamentales a través de personajes a los que no queda más remedio que hacerles partícipes de otro orden de realidad.

Haber producido esta versión tantos años después de la publicación de libro añade otro problema, cual es el de suponer que el espectador comprende ciertos hechos históricos que entonces estaban frescos en la memoria colectiva, incluso la del mundo occidental. Pero ¿quién recuerda que Bangladesh, por ejemplo, fue otrora Pakistán Este y tuvo que sufrir una cruenta guerra para convertirse en lo que es ahora? Al espectador indio o pakistaní no le resultará difícil acomodarse en los hechos históricos que forman el trasfondo de los personajes, pero me temo que a muchos de los espectadores del resto del mundo dichos hechos le resultarán tan fantásticos como los hijos de la medianoche.

Pues de eso se trata la película, del destino de dos niños nacidos en el preciso momento en que India se liberaba del imperio británico y Pakistán nacía como nación, ambos destinados a entrecruzarse en la vida del otro hasta el final. Los bebés son de familias distintas, rica y pobre, hindú y musulmana, como queriendo encapsular los principales extremos de un subcontinente enrevesado, laberíntico, atrapado en distinciones y categorías sociales y vitales que lo enriquecen y empobrecen a la vez. Los bebés son intercambiados al nacer por la enfermera, quien cree así cumplir su deber político -está enamorada de un socialista- de hacer a un rico vivir como pobre y a un pobre vivir como rico. La película sigue desde entonces los destinos de ambos niños, no sin haberse remontado a sus abuelos para enmarcar mejor su destino. El niño rico (originalmente pobre) posee la capacidad de comunicarse fantasmalmente con todos los hijos de la medianoche, aquellos nacidos a la hora exacta o casi de la independencia. Conversa con ellos, discute, se pelea, y resulta que también pertenecen a la realidad y poseen poderes especiales. Pero la vida del niño cambia cuando el padre se entera que no es su hijo, que es un bastardo, por lo que lo saca de casa. Muchas cosas más pasan: la madre de este niño se había enamorado de un poeta, al que habían ocultado cuando tuvo que huir de la policía, con quien luego se casa y se divorcia al tener que huir de nuevo, pero al que encuentra años después; el niño pobre, pero originalmente rico se convierte en militar de Pakistán, desprovisto de moral; el niño rico (pero pobre) se enamora de una hija de la medianoche con poderes de bruja; el niño rico (pobre) acaba en la guerra de Bangladesh y termina destituido en Delhi, viviendo en los arrabales y etcétera. Pasa demasiado para una película, en verdad y quizá haya sido un error empacar tanto en la versión cinematográfica. Pero al comprometerse a una adaptación, no tenía más remedio, supongo y después de todo Rushdie mismo es el guionista.

Rushdie había escrito una novela en clave histórica y política, en la que los personajes acarrean una carga simbólica que solo la expansión de una novela puede humanizar. En la película, sin embargo, los personajes parecen claves ideológicas, algunas de cuyas acciones o características parecen incomprensibles o maniqueas. Como dije, el elemento fantástico parece algo incongruente con las dimensiones políticas e ideológicas de la historia y contribuye poco a la comprensión de los hechos o al humor. Mientras que en la novela lo fantástico es exigido por la naturaleza cuasi surreal de los hechos y la habilidad narrativa del autor, en la película resulta algo así como meter a bambi en medio de una historia del holocausto.

A pesar de estas objeciones, la película, en cuanto a factura cinematográfica, es digna de ser vista, como no fuera más que por la belleza de las imágenes, las buenas actuaciones, y el contenido histórico, que eludirá los conocimientos de muchos, me imagino. Los niños de la medianoche son ya los viejos de la medianoche, y no se puede decir que todas las promesas que supuso la independencia se hayan cumplido. Pero India sigue siendo una democracia, crece económicamente, tiene la bomba atómica y uno de cada seis habitantes de la tierra es indio. Por contra, es lugar donde todavía una buena parte de la población vive en la pobreza, donde las castas aún operan, aunque se hayan abolido, donde los matrimonios son arreglados y hay una violación cada veinte minutos, y donde perduran modos obsoletos de existencia bajo la égida de la tradición y la religiosidad. Pero quién nos dice que no vayan a cumplirse las promesas todavía. De lo que sí podemos estar seguros es de que los viejos de la medianoche no poseían ni poderes especiales ni les asistía más visión que la del nacionalismo y la modernidad. La primera se ha consolidado. La segunda todavía está por realizarse del todo.