Videojuegos: Prohibir lo desconocido y despreciado

José Saturnino Martínez García

 

De vez en cuando aparece cierta polémica en los medios de comunicación con respecto a los videojuegos. La aparición de uno que sea violento o de algún adolescente perturbado protagonizando actos sanguinarios, que tiene los videojuegos entre otras de sus aficiones, lleva a la defensa de la prohibición de estos videojuegos. Incluso he llegado a leer que la Unión Europea está pensando prohibir este tipo de videojuegos, pues incitan a la violencia.

 

Dicen que está probada la relación entre videojuegos y violencia, pero puede suceder que las personas más violentas sean más propensas a disfrutar con esos juegos, y no a que los juegos produzcan personas más violentas. Por otro lado, aseguran que los jóvenes de ahora son más violentos debido a los videojuegos. En este punto, no puedo más que expresar el escándalo ante tamaña mentira, pues es notorio el descenso de violencia entre la gente joven, a pesar de lo presente que está dicha violencia en los medios de comunicación, que llevados por lo sensacional y espectacular, distorsionan la relación entre hechos sociales raros y su percepción como normal. Mírese cómo estaba el mundo hace unas décadas (por no decir hace 65 años) y se verá que hay menos conflictos, y que el número de muertos en los conflictos en menor[1]. O por ejemplo en EEUU, donde la delincuencia juvenil es menor ahora que hace 30 años, cuando no había videojuegos.

 

Son muchos más los jóvenes que mueren, por ejemplo, por el manejo imprudente de los coches, y sin embargo a nadie se le ocurre prohibir que los jóvenes conduzcan. Se fomenta la conducción responsable y se mejoran los dispositivos y normativas para sancionar a quienes no cumplen. ¿Por qué no se sigue la misma política con los videojuegos?[2] Pues porque son un producto cultural reciente, con el que solo estamos familiarizados una parte de la población, especialmente los varones que nacimos a partir de finales de los 60. Para el resto, es un mundo desconocido, y esto genera miedos infundados.

 

Debido a su novedad, es un producto cultural que goza de escaso prestigio, igual que en sus comienzos el cine era una atracción de barraca de feria o el jazz y el tango músicas de arrabales y prostíbulos. A medida que se amplíe la base de sus consumidores (así será por relevo generacional y por presión comercial de las empresas del sector), y se refine la experiencia del juego (como hemos vivido los que llevamos más de 20 años de videojugadores) se irá transformando en una experiencia cultural más compleja y con más capacidad de matices. Una experiencia que puede mejorar el aprendizaje, o una nueva forma de acercarse al estudio de la historia. Es un gran placer leer Stalingrado de A. Beevor, y luego jugar esa “partida” en el Panther General (estrategia), Stalingrado (táctica) y Call of Duty (“mata-mata” en primera persona).  Probablemente si Bush hubiese echado un par de partidas al juego de estrategia Europa Universalis habría anticipado los problemas con los que se fue topando en la preparación y desarrollo de la invasión de Irak…

 

Hitler escribió un libro, Stalin, y no solo tiene una amplia obra como escritor político y como experto en algunas cuestiones, sino que también fue un buen poeta en georgiano, según su biógrafo Robert Service. Sin lugar a dudas, la Biblia o el Corán son libros que han influido en la producción de innumerables masacres, exterminios y torturas, en las que la Biblia, además, es tremendamente explícita (y justificativa). Pero a nadie se le ocurre que por esto haya que prohibir los libros, bueno, mejor dicho sí a ciertas personas, pero por suerte desde hace unos años son un grupo minoritario y sin influencia en países de nuestro entorno. Probablemente, el grupo de aficionados más autocomplacientes sea el de los lectores, encantados de conocerse a sí mismos y que normalmente se consideran mejores personas que las demás por el hecho disfrutar de su afición a la literatura, cosa que no suele ocurrir con otras aficiones (véase si no, el premiado artículo de Clara Sánchez, Pasión lectora).

 

Hemos aprendido a convivir con otros productos culturales, que son empleados como coartada por fanáticos o trastornados para cumplir sus ansias de violencia e infligir sufrimiento al resto de los humanos, sin tener que prohibirlos, aprendiendo que la población no es menor de edad, y que los poderes públicos deben fomentar la responsabilidad de sus ciudadanos, no tratarlos como menores. ¿Por qué no seguir esta política con los videojuegos? Hay quienes consideran que no se puede porque van dirigidos a menores, pero en ese caso, la responsabilidad es de los padres. El Estado puede, y debe, fomentar el apoyo a esos padres que desconocen lo que hacen sus hijos, lo que no podemos es volver a justificar el resurgimiento de la censura. 


[2] Esta es la propuesta de un reciente informe sobre la cuestión, elaborado a propuesta del Primer Ministro Británico: http://news.bbc.co.uk/2/shared/bsp/hi/pdfs/27_03_08byronreview.pdf