Vergüenza y moral: el shucaque

Frans van den Broek 

Uno de los libros más interesantes del filósofo Bernard Williams está dedicado al tema de la vergüenza, y lleva como título precisamente ‘Shame and necessity’. No lo menciono aquí con la intención de exponer su contenido, mucho del cual se me escapó de todas formas, sino porque su lectura me llevó una y otra vez antes que al mundo de los griegos, del que trata, al mundo de los Andes que conozco desde mi infancia. Mi familia procede de Celendín, una ciudad en la sierra norte del Perú, unos cien kilómetros más allá de Cajamarca, lugar que el lector recordará –espero- por sus lecciones de historia de la conquista del Perú, pues fue allí donde el Inca Atahualpa se dejó ingenuamente capturar por Francisco Pizarro y allí adonde hizo llevar su astronómico pago de rescate –pago que hace de los actuales piratas somalíes niños de teta- y allí donde fue traicioneramente ajusticiado, a pesar del cuarto lleno del oro que había hecho traer de todas partes de su imperio. Estos hechos, por su valor simbólico, no son irrelevantes, como se verá.

 

¿Por qué esta asociación? Huelga decir que el universo griego y el andino están separados por mucho más que un mar y un océano –y que por el tumultuoso mar del tiempo, diríamos, a la griega-, pero debo confesar que mis procesos asociativos tienen menos de filosofía que de simple azar mnemónico. En este caso me llevó a algunos de mis recuerdos más intrigantes, relacionados con el mundo cultural y emocional de mi familia serrana, un mundo que le debe tanto a la cultura indígena como a la cultura europea del conquistador español y la subsiguiente cultura criolla, y, sobre todo, a la traumática confrontación entre ambas, que sigue teniendo consecuencias palpables en nuestro devenir histórico. Advierto que el ideario etnopolítico –más bien occidental que autóctono- suscita en mi poquísimo entusiasmo, cuando no definitivo rechazo, por lo que el comentario que sigue no debe interpretarse como un anhelo indigenista, ni mucho menos, sino como una simple reflexión signada por la memoria. Y en mi memoria están las historias de ciertas costumbres practicadas por las comunidades indígenas de la zona, y experiencias que pude vivir de muy cerca en miembros de mi propia familia, y refrendar después durante mi contacto con estudios de medicina folklórica en la universidad.

 

 

Entre las primeras está la siguiente práctica social: en algunas comunidades andinas los castigos son –o eran, me imagino, aunque puede que la práctica continúe en ciertos lugares- administrados por los ancianos de la comunidad, y por los pobladores electos por la propia comunidad para ejercerla. La justicia abstracta de la urbe, operativa a través de juzgados y policías y ministerios, no existe en muchas de ellas, por la sencilla razón de que el estado es marginal en dichas zonas, e incluso ausente por completo. Por lo tanto, aplican sus propios castigos para las diferentes infracciones de los pobladores. Uno de ellos se quedó en mi mente y fue de los que evocaba a menudo el libro de Williams: si alguien ha robado algo o cometido una falta de similar gravedad, no se lo envía a la cárcel, sino que se le obliga a ponerse de pie en medio de la plaza de la aldea o pueblo por un tiempo determinado, de modo que todo el mundo pueda saber que ha cometido un delito. El castigo no es físico, por supuesto. Muchos de aquellos pobladores andinos están acostumbrados al trabajo arduo, y estar de pie es un alivio comparado con las tareas del labrado de la tierra o la construcción de un canal o lo que fuera, aún bajo la lluvia o la nieve. El castigado puede, además, premunirse de ropas adecuadas si lo desea. El castigo es emocional y, claro está, moral. Y lo constituye sobre todo la vergüenza. Es sabido que en comunidades de este tipo el contacto personal es determinante, y verse expuesto de esta manera a la condenación de los demás, a quienes se conoce, es denigrante y atormentador. Es también una forma de redención, por supuesto, porque se considera que el infractor tiene la posibilidad de enmendar su comportamiento y que el castigo es suficiente. Repetidas infracciones suponen castigos más drásticos, hasta la expulsión. Como fuera, uno de los elementos que apuntalan este sistema es la vergüenza, como lo fue para los griegos. El concepto del honor está aún muy presente en las sociedades indígenas, y perder la honorabilidad, o la apariencia de la misma, si se quiere, se considera una mancha abominable. A su vez, la consecución de logros personales y sociales con medios dignos, como el esfuerzo, la disciplina y la organización, da lustre al propio honor, y mejora la posición de los individuos en la sociedad que los acoge. Los resultados son importantes, pero más lo son los medios usados, y su posición en la jerarquía de valores. Cualquier quiebra de este sistema es visitada, repito, por la vergüenza.

 

Pero la vergüenza de los griegos no es la vergüenza de los Andes, aunque haya similitudes, y la vergüenza como elemento que ayuda a sostener un orden social puede también extremarse hasta el desequilibrio, como muestra lo siguiente. En el mundo indígena se hace una distinción entre enfermedades enviadas por Dios y las producidas por los hombres, temas que estudia la medicina folklórica. El tifus o una neumonía, son enfermedades que envía Dios, por razones cuya interpretación es dejada a la Iglesia o al misterio, con el fatalismo propio de los pueblos indígenas. Entre las enfermedades propias de los hombres se encuentra una de cuya existencia he podido ser testigo más de una vez. Se suele llamar ‘ Shucaque’ y es un síndrome real, esto es, que produce efectos constatables, como fiebres, sudoración, diarreas, temblores, y hasta visiones y delirios. Se produce cuando la victima ha sido expuesta a una situación de profunda vergüenza, que puede ser de distinta índole. Quizá no sorpresivamente, muchas de estas situaciones tienen que ver con el orden social y la historia. Si alguien ha sido castigado por alguna infracción y expuesto al escarnio del pueblo, puede desencadenarse un ataque de shucaque, o si alguien ha sido descubierto por el marido de su amante, por decir algo, pero más comunes son las situaciones que involucran personas con posiciones diferentes en la jerarquía social. La persona de posición inferior sufre entonces un ataque de shucaque tras la humillación a que la somete la persona de la posición superior, como un patrón insultando a su peón, sobre todo si la situación es pública y la acusación injusta. Son posibles situaciones más inocentes, aunque no menos reveladoras, sin embargo, como la que relato a continuación.

 

 

En cierta ocasión me encontraba en el pueblo de mi madre celebrando alguna de las fiestas que agitan la monotonía serrana de cuando en cuando, casi siempre por motivos religiosos, y llevaba ya muchas cervezas o incluso algunos rones en el cuerpo, cuando al amigo con que iba se le ocurrió la idea de ir al bautismo de uno de los muchos primos que tengo en la región, cuya fiesta se celebraba esa misma noche. Es usual celebrar bautismos y bodas durante las festividades religiosas, por lo que el hecho no me sorprendió. Una oportunidad más para seguir bebiendo, me dije, sin pensar más. Llegamos a la humilde casa de adobes de mi tía y su marido, un carpintero excelente con cierta propensión a la reciedumbre alcohólica, y fuimos recibidos con la amabilidad y ternura de siempre, e invitados a servirnos de lo que hubiera. Al principio, velado por la intoxicación, no me di cuenta de nada, pero más tarde empecé a notar un poco de agitación entre mis familiares. Mi tío desapareció, mi tía lo hacía a ratos, y muy pronto fue llamada mi tía abuela a pasar al cuarto de mi tío, en su calidad de conocida curandera y matrona de la familia. Lo que había pasado era lo siguiente: al vernos llegar, mi tío había tenido un súbito ataque de shucaque, que lo había postrado con dolores estomacales en su cama, mareado por el dolor y las náuseas (y algunas cervezas, probablemente). La razón de la vergüenza podrá parecer ridícula a quien se haya educado en las igualitarias sociedades occidentales, pero la comprenderá sin problemas quien haya experimentado la vida social en las sociedades post-coloniales. Mi tío y su mujer tenían una casa digna, pero muy humilde, crónicamente faltos de dinero en una familia de trece hijos en medio de una de las zonas más pobres del país. El suelo era de tierra apisonada, por mencionar algo, y las paredes de adobe sin enyesar, los muebles de diseño elemental y los otros invitados tan pobres como mis tíos, hechos que a mis ojos de habitante citadino sólo aumentaban el encanto de su casa serrana (y que hoy haría las delicias de cualquier ecologista), pero a mis pobres tíos les dio vergüenza recibirnos a nosotros, miembros de una clase más alta, urbanos, occidentales y modernizados, en una casa tan pobre, y pudiéndonos ofrecer pocas delicias o manjares para compensar tales carencias. A mi tío la vergüenza lo agobió tanto, que le dio el famoso shucaque. Por suerte, mi abuelita Rosa, quien todavía vive y cura a sus más de noventa años, es una experta en estos menesteres, y le aplicó a su yerno una de las recetas de rigor: la jalada del pelo. Además de ciertas palabras, que me imagino sirven para calmar al afectado, la curación se efectúa jalando un mechón de cabellos de la víctima hasta que se produce un sonido que se describe como ‘el reventar del shucaque’ y que se produce por la separación del cuero cabelludo del cráneo. Hay otros métodos, pero este es el que he oído mencionar más veces y el que he podido ver en persona. Mi tío tuvo entonces su reventón y pudo reincorporarse a la fiesta, libre ya de una de las formas más deletéreas de la vergüenza.

 

 

Este fenómeno es común en todo el Ande, y lo estudia la mencionada medicina folklórica, que no es una rama de la curandería universal, como quizá pensarán algunos, sino una especialización muy seria de la medicina que estudia todo lo relacionado con las creencias y las prácticas curativas de los pueblos autóctonos, y que trata de explicar en la medida de lo posible. El shucaque es, sin duda, una reacción psicosomática extrema, que ha de transmitirse culturalmente, pero sus orígenes no son claros, aunque sí es claro que se trata de un fenómeno complejo que ha cambiado con el tiempo. Es probable que la vergüenza haya jugado un rol muy importante en sociedades tan comunitarias como las pre-colombinas, pero la vergüenza de hoy en día ha asumido componentes que responden a la historia transcurrida desde entonces. Es por ello que afirmé que la historia de Atahualpa no tiene que ser irrelevante, si bien de modo lejano, para con este y otros fenómenos psico-sociales. Desde aquella traición motivada por la codicia hasta el día de hoy –cabe enfatizar, empero, que las cosas han mejorado mucho-, la historia del Perú es una historia de constantes racismo, explotación, discriminación, latrocinio, corrupción, arribismo y mediocridad (siendo la lista muy larga), en la que el indio se ha llevado la peor parte. Que esta historia haya tenido un efecto que se manifiesta también en patrones psicosomáticos de esta naturaleza es, por tanto, menos sorpresivo que lógico.

 

 

Pero no todo es lodo en el barro ni oro todo lo que brilla. El indígena, en medio de tanta turbulencia histórica, ha sabido conservar, no obstante, una dignidad moral y una sensibilidad que en situaciones extremas le lleva a la vergüenza nociva, pero que en situaciones positivas le ha llevado y le lleva a defender su honor de modos extraordinarios. Esta es una lección que haríamos bien en recordar los autocomplacientes occidentales de hoy en día. Ocurre a veces que a alguien culpable de algún delito entre nosotros el remordimiento le lleve hasta la depresión o el suicidio, pero es más común el espectáculo del corrupto impertérrito para quien no hay vergüenza que valga ni resquemor que le arda. Estos mortales podrían aprender algo de la sensibilidad y dignidad de mis sufrientes compatriotas, siempre y cuando la vergüenza tenga motivos más edificantes que las jerarquías sociales o las diferencias de clase. A decir verdad, me dan ganas de irle jalando los mechones a cuanto político avezado se me ponga delante, con la excusa de tratarse de un tratamiento preventivo en contra del súbito ataque de shucaque que jamás van a tener. Pero en lugar de agradecérmelo, me llevarían a la cárcel, y hasta es probable que me confundan con peluquero. Quizá deba practicar la curación preventiva con cuanto ciudadano europeo me encuentre por la calle, por la innoble costumbre de no hacer buen uso de sus democracias y la aún más innoble de empezar a votar cada vez más por partidos extremistas, pero es bien sabido que el europeo ya perdió la vergüenza y me tomarían sin duda por extremista sectario y folklorista.

 

 

Lo que sí tendría que hacer es traerme a mi abuelita para que me quite el shucaque a mí mismo, por la vergüenza ajena que me empieza a dar todo lo anterior y la que me da el acordarme que dejé a mi familia peruana para venirme a vivir entre gentes que se parecen cada vez más a aquellos que estuvieron en el origen de los shucaques del mundo, pero sé que no podría, porque allí están las leyes, y las visas y las aduanas y los pasaportes y los ministerios, y al fuerte de Europa sólo entran los sinvergüenzas y a mi abuelita le negarían la entrada sin remedio. Así que habrá que jalarse el pelo uno mismo, como un extraviado Barón Münchhausen en busca de alivio y elevación.