Veraneo en Donostia

Millán Gómez

La semana pasada viajé hasta Donosti para pasar unos días de descanso. La excusa era perfecta: ver a Bruce Springsteen y acudir a una ciudad que me tiene enamorado desde hace tiempo.

Desde pequeño sentí cierta atracción por esa ciudad y por aquella tierra. Ya había viajado en varias ocasiones hasta Euskadi, dos veces el año pasado sin ir más lejos. De la misma forma que, a pesar de haber nacido y vivido toda mi vida en Lugo, me siento de Cospeito por ser el pueblo de mi madre, también siento que cuando voy a Donosti no es una ciudad cualquiera. Me imagino que nos pasará a todos. Ciertos lugares, por unos u otros motivos, se convierten en parte de ti. El hecho de que mi padre haya vivido gran parte de su infancia en Pasai Donibane (Gipuzkoa),y haber estudiado en Donosti hace que sea una ciudad especial para mí. Para muchos será un exceso de romanticismo. Para mí no.

A mi padre siempre se le han iluminado los ojos cuando hablaba de aquella ciudad. Es normal. Los recuerdos de la infancia le vienen uno a la cabeza con más intensidad que los de cualquier otra época de la vida. Para mí viajar allí es bucear en los orígenes de mi padre y, por lo tanto, también en los míos propios.

Si a todo esto le añadimos que desde muy pequeño he sentido verdadero interés por el problema vasco y que mi vida académica se haya cruzado con la de un tal José María Calleja pues qué vamos a decir. Blanco y en botella. Además, me considero por encima de muchas cosas norteño y soy de los que disfruta comiendo, costumbre vasca donde las haya. Cuando veo a gente que come como quien va a misa y a cumplir me digo a mí mismo “Joder, qué pena de chaval”.

Euskadi me gusta mucho. Quizás sea su verde, con una tonalidad diferente al gallego. Cuando veo las típicas casas vascas me pregunto por qué carallo no podríamos gozar en Galicia de cierta uniformidad arquitectónica y no guiarnos por esa costumbre del feísmo gallego de construir la casa y dejarla sin pintar. También me gusta el acento de los vascos y su humor, un poco bruto en ocasiones que me retrotrae directamente a mi Cospeito querido. Me apasionan también las fiestas que se celebran allí. Hace unos veranos estuve en las de La Virgen Blanca en Gasteiz y me recordaron a las enxebres festividades de la Galicia rural pero trasladadas también al ámbito urbano. Una especie de San Paio en Cospeito pero en la ciudad. Ah, y me encantan los chistes de Bilbao, sobra decirlo.

Como estamos a setas y no a rolex, continúo por donde iba. Por cosas de la edad soy un tanto rebelde. Por eso, me gusta Euskadi porque allí tienen un problema de gran alcance. Como soy un poco como el salmón, que va a contracorriente, admiro a la gente que en aquella tierra se juega la vida los días laborables y festivos, pares o impares. Sin lugar a dudas, allí vive lo mejor y lo peor de nuestra clase política.

Tanto me han marcado los libros de Calleja que cuando me hospedé con mi novia en la calle donostiarra de San Martín le dije “A mí el nombre de esta calle me recuerda a algo de un libro de Calleja”. Acto seguido le dije que me parecía que ahí habían asesinado a Fernando Múgica. Tristemente, así fue. Una ciudad preciosa teñida de un pasado (y esperemos que sólo pasado) sangriento.

Cuando paseaba estos días por la Parte Vieja me ponía un poco triste. Me da pena que por una zona tan bonita haya gente que no pueda transitar con tranquilidad, que en algunas de sus calles como en la 31 de Agosto hayan segado la vida de gente inocente como Gregorio Ordoñez o José Antonio Santamaría. Uno atraviesa la Plaza de la Constitución y se le vienen a la cabeza aquellos gritos por la paz de Ernest Lluch a manifestantes batasunos: “Gritad, que mientras gritais no matais”. Por otra de las arterias de la Parte Vieja como Juan de Bilbao son perfectamente visibles los bares donde abundan las imágenes de presos etarras. Más allá de eso, total normalidad.

Pensaba estos días que si un turista visitase Donosti sin conocer la realidad diaria en Euskadi no se daría cuenta de lo que pasa. Más allá de esos bares, alguna que otra bandera a favor del acercamiento de presos y una pancarta en el Puerto con las fotos de dirigentes etarras y de Batasuna no hay nada que diga que allí exista el problema que existe. Existe en el recuerdo y el miedo diario de mucha gente, por supuesto, pero creo que las cosas funcionan mejor cuando la iconografía violenta es menos visible y goza de un apoyo insultantemente menor a visitas anteriores que realicé a Euskadi. Donosti estaba lleno de lugareños y turistas que no quieren que la vida les pase por delante sin haber disfrutado de ella. Apenas había rastros de intimidación.

Me voy de Donosti con la ilusión de que volveré más pronto que tarde y como me firmó un buen día José María Calleja en su libro compartido con nuestro querido compañero de blog, Ignacio Sánchez-Cuenca, ojalá pronto todos los amenazados por eta sean libres. Tal y como dijo Eduardo Madina, Euskadi es demasiado bonita como para matar por ella.

Ah, por cierto, el Boss, como siempre, espectacular. Para mí Donosti es algo así como The Promised Land. Volveré a Amara. Sí.

PD: El título de este artículo es un humilde homenaje a Ernest Lluch, quien escribió un artículo bajo la misma cabecera donde escribía en tercera persona su propia situación de angustia personal al verse perseguido por la mafiosa organización terrorista eta. A su memoria y a la de todas las víctimas del terrorismo dedico este artículo.

Orain, bakea. Ahora, la paz.