Veneración de la oscuridad

Frans van den Broek

La filosofía nos procura al menos dos grandes placeres: el entregarse a su lectura con detenimiento y ardor (de ser posible, ya que poco ardor se hallará en las páginas de Kant o de Husserl), y, quizá con más fruición y deleite, el abandonarla. Por esto último no entiendo el renunciar a su lectura o evitar la reflexión racional, todo lo contrario, sino a un necesario movimiento del espíritu, orientado hacia el desapego, que nos protege de las consecuencias más nefastas de la veneración. Tal vez la manera más simple de expresar a lo que me refiero sea decir que cierta dosis de escepticismo es siempre necesaria en toda empresa intelectual, desde la ciencia a la literatura o la política, habiéndose comprendido que no hay manera de aprehender la realidad con medios verbales o simbólicos sin coartarla o forzarla de algún modo. En alguna parte he leído que el camino de la verdad es estrecho y sinuoso, y transcurre entre la fe y el escepticismo. El conocimiento científico ha incorporado la precaución lógica y experimental a su metodología, pero no puede decirse lo mismo de la filosofía, la cual es dada a la verborrea y el exceso, al menos en algunas de sus vertientes. Por ello la necesidad de alejarse a ratos de su influencia, para mejor juzgar sus verdaderos contornos y límites.

Una de las corrientes filosóficas que ha sido ejemplar en este sentido es la fenomenológica, de la que puede decirse que propició notables logros y también vergonzantes fracasos. El principio que la anima es afín con el que induce esta nota, esto es, la necesidad de retornar a la experiencia y de suspender teorizaciones que la sofoquen o distorsionen. La suspensión del juicio o epoché, advocada por la fenomenología, con el objetivo de acceder a la experiencia consciente y describirla en su desnudez pre-interpretativa supuso en su momento una bocanada de aire fresco en un ambiente saturado de neo-kantianismo o de marxismo (cuando no de positivismo, si bien esta corriente también se declaró partidaria de la experiencia y la lógica, en consonancia con la ciencia natural) y abrió caminos de indagación filosófica que muy pronto influyeron en varias esferas intelectuales, como las ciencias sociales o los estudios literarios. Pero como suele ocurrir con todo movimiento filosófico (en verdad, con todo sistema interpretativo en casi cualquier actividad humana), la descripción de la experiencia acabó convirtiéndose en un sistema de creencias de carácter semi-sectario y en una maquinaria interpretativa en la que lo suspendido no era el juicio sino el mero sentido común del fenomenólogo de turno. Si de la simple descripción de la experiencia consciente se trataba, dudo que se necesitaran los infinitos volúmenes que salieron de la desinhibida pluma del fundador del movimiento, Edmund Husserl, quien se dedicó a refinar hasta la manía sus valiosas intuiciones iniciales. Lo logrado no fue una descripción de la conciencia, sino una descripción y re-elaboración de las descripciones originales, hasta la enésima potencia. Pero allí no quedó la cosa, pues luego vinieron los epónimos y seguidores, y quizá nadie con más repercusión en el mundo de la filosofía que Martin Heidegger, el pensador de la Selva Negra, quien no solo escogió vivir en dicha región de Alemania, sino que creó una selva aún más negra de palabras y neologismos y paralogismos, incomprensibles para quien no fuera un iniciado en los quehaceres de la fenomenología y de su filosofía.

Dichas maquinarias verbales se mantienen en pie no solo por la tendencia innata de estos movimientos a devenir mecánicos e insustanciales, sino por algo que me atrevo a llamar veneración de la oscuridad y el esoterismo. Recuerdo con ambigua jovialidad (ambigua, porque también caí en la trampa de creerme que decían algo importante) la inclinación de algunos profesores en la facultad de filosofía a lanzar germanismos a diestra y siniestra como prueba de sabiduría y conocimiento superior. Creo que hasta noté cierto arrobamiento místico en sus ojos y no poca vanidad, como es natural, cada vez que nos soltaban palabras como zustellen­, Dasein o Sein-zum-tode. Conocer la lengua alemana entonces equivalía a poseer la clave de un corpus filosófico de otro orden, abierto a las profundidades del espíritu y producto de las mejores mentes de la tradición pensante. Se admitía que una traducción era una traición, y que solo quienes dominaran el original podían explicar con autoridad las minucias argumentativas del filósofo de turno, el que, con pocas excepciones, cultivaba el germano arte de la oscuridad verbal. Y nadie más oscuro que Heidegger, cuya veneración entre sus admiradores era proporcional a su ilegibilidad. Pues tal conocimiento es de naturaleza esotérica, en el sentido de estar abierto solo a unos pocos iniciados y de sobrepasar los recursos de un uso normal de la lengua o de la mente. Y quien lo domine puede asumir sin exageración el rol del hierofante, del visionario, del místico. ¿Y por qué digo todo esto? Porque el que escribe es culpable de haber creído alguna vez que Heidegger dijo algo importante o serio en palabras abstrusas e incomprensibles, peor aún, porque eran abstrusas e incomprensibles, signo de algún misterio en aras de revelación, una vez descifrado el jeroglífico de su lenguaje. Y porque tuve que abandonar su lectura y tener que ganarme los frejoles con el sudor de mi frente en actividades un tanto más mundanas que la hermenéutica heideggeriana para darme cuenta que, bien visto el cotarro, poco había en tanta palabrería y mucho de gratuita oscuridad para, justamente, ganarse la veneración del respetable, presto a creerse lo que sea en aquel entonces (o quizá, en cualquier entonces). Tuve, en otras palabras, que ganar con escepticismo lo que había perdido de común racionalidad, tal vez por amor a la poesía, los crepúsculos y las selvas.

El mundo intelectual, sin embargo, ha tenido más dificultad para abandonar los vericuetos verbales de Heidegger y tuvo que ponerse en la palestra su relación con el nazismo para que alguna luz penetrara en la tupida floresta del alemán y sus seguidores. El caso de Emmanuel Faye lo ilustró hace no mucho, cuando publicó su libro sobre Heidegger y el nazismo y el mundillo intelectual se le echó encima con premeditación y alevosía. El comportamiento de los heideggerianos me recordó al que asumen los miembros de la Iglesia de Scientology, quienes no escatiman medios para denigrar, ofender, acusar y difamar a quienes se oponen a ellos de cualquier manera, un comportamiento propio de sectas y cofradías, si bien barnizado de respetabilidad intelectual. Hay que reconocer que no faltaron quienes defendieron a Faye y que la confrontación ocurrió en Francia, país notable por la nubosidad de sus pensadores, pero la tendencia al sectarismo no es patrimonio de nadie. Precisamente por ello es que es necesario promover la discusión y el debate, el espacio público y la democracia, ya que esta tendencia humana, demasiado humana, a venerar lo que oscurece y al pensamiento mecánico es peligrosa en sociedades monolíticas, en las que pasan las cosas que le pasaron a la Alemania de Hitler, con la anuencia o cooperación de luminarias como el mismísimo Heidegger, quien ni siquiera pudo mantener a su propio maestro Husserl en la universidad. Y es necesario recordar que muchas veces el distanciarse, rejuvenece, y el preguntarse, ennoblece.