Vassily Grossman: conciencia y destino en tiempos de miseria

 

Frans van den Broek

Ante obras maestras como “Vida y Destino” del escritor ucranio-ruso Vassily Grossman, es fácil descender al cómodo universo de los lugares comunes o al más cómodo aún de las hipérboles, y esto por varias razones. Uno comprende, al escribir sobre ellas, que es imposible hacerles debida justicia y que la afamada cortedad de las palabras es, en estos casos, cualquier cosa menos una metáfora vacía. Uno siente instintivamente que regalar a estas obras con epítetos gastados y frases hechas, sirve no sólo para saciar la natural ociosidad del pensamiento, sino también al propósito de adocenar una obra cuya vastedad de ejecución y de temática puede abrumar la conciencia más curtida o el espíritu analítico más objetivo. Pero sobre todo, las experiencias que relata Grossman son, literalmente, de carácter tan extraordinario que poco en nuestra experiencia personal puede evocarse en ayuda de su comprensión y propio enjuiciamiento.

 

Me refiero, claro está, a la experiencia personal de los habitantes de la Europa del Oeste contemporánea, pues supongo que muchas de las experiencias comunes de los habitantes de la Europa que cayó bajo el dominio de la Unión Soviética serán parecidas o análogas a muchas de las experiencias relatadas por Grosmman en esta y otras obras. Pero cada vez menos, por supuesto, ya que la generación que vivió la guerra fría irá poco a poco desapareciendo para dar lugar, por suerte, a una generación nueva en cuyo repertorio de vivencias no figurarán las colectivizaciones, los arrestos, las torturas, las denunciaciones, las cobardías o los actos valerosos que forman el tejido experiencias de “Vida y Destino”. Y espero que no figure jamás la experiencia universal y sin embargo siempre extraordinaria de la guerra, el horror inimaginable de las matanzas sin parentesco que tuvieron lugar durante la Segunda Guerra Mundial.

 

Incluso la imaginación ha de acudir a la experiencia como única fuente de conocimiento para instigar su movimiento creativo, pero al querer imaginar la realidad de la guerra, a través de una novela como la de Grossman o la de cualquier escritor en quien la fidelidad a la verdad sobrepase a la necesidad argumentativa o de propaganda, el lector se ve forzado a recurrir a experiencias que pertenecen tal vez a la misma categoría, pero que son sin duda de otro orden cualitativo. Alguna vez hemos estado en la cárcel quizá, pero ¿cómo imaginar diez años en un campo penal en Siberia? A muchos nos ha tocado vivir bajo una dictadura, pero ¿cómo imaginar una sociedad en la que el más mínimo comentario a la persona de mayor confianza podía significar la ruina total para uno y toda la familia, a veces de modo atroz? Todos nos hemos debatido alguna vez en la vida entre la necesidad de supervivencia y la lealtad a ciertos principios morales, pero ¿es posible imaginar una vida entera sujeta a estos dilemas, una conciencia jalonada desde el amanecer hasta la noche por torturas morales sin solución verdadera, y sin siquiera el consuelo de la esperanza, del olvido? Todos hemos sentido miedo físico intenso alguna vez, cuando no fuera más que en el dentista, pero ¿cómo hacernos una idea de días, semanas, meses enteros bajo el imperio de las bombas de artillería, los ataques aéreos, los combates mano a mano, los asaltos desesperados? ¿Cómo imaginar la segunda guerra mundial, en suma, y la batalla de Stalingrado en particular, si nada en nuestra vida ha visitado dicho orden de experiencia? La mejor manera, lo sabemos, no es a través de reportes o de textos de historia, ni siquiera a través del mejor periodismo, aunque su valor sea innegable, sino a través de la mejor literatura, la que de alguna manera construye un puente entre nuestra magra experiencia y los inenarrables horrores de la guerra o de la vida bajo una dictadura, y esto es así porque las mejores novelas discurren, para decirlo con un concepto de Lúkacz, en el universo de la particularidad, aquel que se encuentra entre las leyes universales y el destino individual específico, y logran dar sustancia vital no sólo al destino de sus personajes, sino al destino de toda una nación, de toda una época. Pero este salto de la imaginación sólo lo realizan muy pocas novelas, por razones diversas, pero sobre todo por su denodada objetividad, su ínsita compasión y su fidelidad a lo verdadero factual y emocional. Me atrevo a decir que “Vida y Destino” es una de esas novelas, a la par de otras como “Guerra y Paz” de Tolstoi, con la que tiene profundas relaciones, o “Nada nuevo en el frente oeste” de Remarque, otra novela que identifican los críticos como parte del marco de referencia que hizo posible la obra de Grossman.

 

La novela ha sido publicada en España hace no mucho y la crítica le ha dedicado la debida atención. Desconozco dicha traducción, empero, pues he debido leerla en la traducción de Robert Chandler, hecha en un inglés diáfano y poético que, me dejo instruir por los críticos, dicen que refleja bien el terso ruso del original. Puedo, sin embargo, concebir la idea de que una novela como esta resultaría genial incluso en una mala traducción, dada la naturaleza de su lenguaje y de los temas que trata. Esta novela es demasiado vasta como para poder resumirla, pero quisiera resaltar algunas líneas argumentales y conceptuales de la misma.

 

 “Vida y Destino” relata la vida de una familia y de gente que, de una manera u otra, está asociada con ella, a los que sigue en historias paralelas que se van entrecruzando, como se hacía también en “Guerra y Paz”, con la que guarda similitudes estructurales. Los personajes principales son Viktor Shtrum y Lyudmila Shaposhnikova, el primero un físico nuclear, y la segunda su esposa, quienes al comienzo de la obra están exiliados en Kazán, debido al cerco de Moscú. Shtrum es un científico importante en su rama dentro de la Unión Soviética, y es, como el escritor de la novela, judío. Es en este personaje en donde Grossman proyecta más elementos de su propia personalidad e historia privada. La guerra, y los fracasos iniciales del ejército rojo, cuyas causas Grossman no deja de atribuir a la incompetencia de los dirigentes y de los oficiales, han dislocado a la sociedad soviética, por lo que la gente empieza a dudar, a poner en tela de juicio lo que hasta entonces había sostenido su existencia. Cuando el círculo de amigos de Shtrum se reúne a charlar en Kazán, por ejemplo, empiezan a decirse cosas que sólo unos años antes hubiera sido inconcebible decir sin temor a perderlo todo. Shtrum se atreve a criticar al partido, a dudar de la sensatez de sus superiores, a avanzar ideas que le pueden costar la acusación de occidentalista, de espía, de traidor al régimen. Todos hablan más abiertamente, pero la desconfianza, no sin razón, permanece, y es imposible evitar la sospecha de que algunos de dichos amigos hablan con tanta libertad para incitar a los demás a actos temerarios y denunciarlos en secreto. Shtrum está pasando por una crisis, tanto familiar como profesional, ha tenido un affaire con una joven estudiante, y su matrimonio con Lyudmila ha llegado a aquel punto en que uno no sabe si el cónyuge es un aliado o un enemigo. Pero llegan las buenas noticias y pueden volver a Moscú, tras lo cual empiezan a desencadenarse una serie de eventos que llevarán al desgraciamiento de Shtrum y su expulsión del Instituto donde ha trabajado hasta entonces y al que ha dedicado tanto tiempo. En dicho período había concebido una teoría física revolucionaria que iría a unificar todos los resultados contradictorios de los experimentos llevados a cabo en los últimos años, y que podría tener, lo sugiere Grossman, incalculables consecuencias prácticas, una de ellas, por supuesto, la bomba atómica. Shtrum es temporalmente famoso, espera la gloria de un premio Stalin, pero su carácter intransigente le ha enemistado con las autoridades, y de pronto ve cómo sus amigos más cercanos empiezan a tornarse contra él, a denunciarlo en las reuniones oficiales, a acusar sus teorías de platonismo capitalista, a impedir a sus esposas visitarlo (de una de las cuales, Shtrum se ha enamorado). Shtrum se niega a firmar una carta de autodenunciación y arrepentimiento, y no acude a la reunión de directiva en la que se decidiría su destino, decisión que puede costarle el arresto, el exilio, quizá la tortura, tanto a él como a su familia. Pero de pronto ocurre algo inusitado: Stalin le llama por teléfono, sólo para decirle que su trabajo le parece interesante y desearle buena suerte con el mismo. Su destino experimenta otro vuelco y aquella escueta llamada significa, lo sabe todo el mundo, el retorno al respeto, al trabajo, a la promoción profesional. Pero en un acto de suprema ironía, Shtrum, ya afincado de nuevo en la respetabilidad, recibe la petición de sus colegas de firmar una carta denunciando a ciertos doctores, acusados de haber conspirado para asesinar a Gorky. Shtrum sabe que dichos doctores son inocentes, sabe que él mismo ha estado en situación similar y conoce la tortura moral que dicha situación representa para aquellos pobres acusados, sabe que esto es un macabro juego más de Stalin para afirmar su poder, sabe que es un acto repugnante, en suma, y, sin embargo, firma. De no hacerlo podría perder en un instante la recién ganada restitución de su vida profesional, y lo hace con culpa y con remordimiento, pero lo hace, ganando con ello las ventajas del trato preferencial, y perdiendo el respeto de su rebelde hija que lo había admirado por su fortaleza moral anterior, de su familia, de su conciencia. Allí deja Grossman esta línea argumental que vertebra la novela.

 

Sobre las espaldas de Shtrum pesan, hay que decirlo, todos los acontecimientos de los últimos años, en los cuales la Muerte, uno de los rostros más frecuentes del Destino en dichos tiempos, ha fragmentado a su familia y a su conciencia. Su propia madre, a quien amaba, y en cuya memoria ha encontrado fortaleza en primera instancia para no arrepentirse frente a las exigencias del poder, ha sido asesinada por los nazis durante el exterminio de judíos en Ucrania. La última carta que Grossman hace escribir a la madre de Shtrum dirigida a su hijo, subrepticiamente enviada desde el campo previo al exterminio, es una de las más bellas cartas que haya yo podido leer jamás en novela alguna. En ella se refleja de algún modo la historia de Europa, con su idealismo revolucionario, su desilusión, su antisemitismo, su humanismo amenazado, sus demonios y sus ángeles. En ella triunfa, sobre todo, aquel simple amor, de madre, de ser humano, que Grossman parece decirnos es la última esperanza de una humanidad despojada de toda ilusión trascendente. Shtrum culpa a su esposa, hasta cierto punto, de la muerte de su madre, pues el hecho de que no se llevara bien con su suegra ha contribuido a que la madre haya decidido quedarse a merced del avance nazi en Ucrania, en lugar de ir a Moscú. Miembros de su familia directa o política también han muerto, como la hermana de Lyudmila o el propio hijo de ésta de un matrimonio anterior, hecho que contribuye a resquebrajar el frágil equilibrio familiar. Varios otros miembros han sido enviados a campos de concentración en los que las expectativas de supervivencia son menores, otros tantos amigos también han desaparecido. Sobre la espalda de Shtrum, en una palabra, pesa la historia entera del régimen soviético y la historia de siglos de antisemitismo y de opresión. La habilidad de Grossman consiste en evitar todo juicio moral al respecto y en dejar al lector toda consideración final.

 

Pero todo este tiempo ha estado decidiéndose la batalla de Stalingrado, la que forma el trasfondo histórico, social y moral de todas las historias paralelas de la novela. Todos los personajes tienen algo que ver con dicha batalla, bien sea porque pelean en ella, o porque han perdido algún familiar en la misma, o porque representa un cambio en sus vidas. Siempre será materia de disputa la cuestión de si dicha batalla y la victoria rusa fueron el principal punto de inflexión de la segunda guerra mundial. Hay quienes piensan que Hitler perdió la guerra desde el momento en que se decidió a invadir la Unión Soviética, otros arguyen que la entrada de los Estados Unidos de América decidió el conflicto, y hay quienes atribuyen a la invasión de Europa iniciada por el famoso día D la verdadera categoría de batalla decisiva. Fuera como fuere, Stalingrado significó el punto de inflexión para el espíritu de resistencia soviético, el momento en que el ejército rojo pudo empezar a vencer realmente a la maquinaria bélica de Hitler, y fue, de hecho, la batalla más simbólica en la gran guerra por la madre patria. Grossman había escrito ya una novela sobre estos avatares de la historia, más en concordancia con la línea oficial, titulada “Por una causa justa”, y la novela que comentamos se concibe como una continuación de la misma. Pero no es una continuación en un sentido extensivo, añadiendo más detalles a las condiciones de vida de dichos años en Stalingrado, o expandiéndose sobre la vida de los personajes comunes, o exaltando el heroísmo del pueblo soviético en batallas de inmensa crueldad y creciente horror. Grossman se expande hacia adentro, siguiendo el movimiento de la conciencia de sus personajes, a quienes la guerra aglutina, pero la individualidad separa, a pesar del Estado y sus mecanismos de apropiación de la particularidad del individuo, a pesar de las necesidades de una guerra patriótica que supone el sacrificio de los deseos personales, a pesar de la real lealtad hacia la patria.

 

Grossman, como Primo Levi –también judío- había estudiado química en la universidad, y llegó a trabajar en este campo, pero desde muy joven comprendió que su vocación era la escritura, la que ejerció como periodista y escritor de novelas, con bastante éxito hasta que los poderes estatales empezaron a sospechar de su adherencia a las consignas del poder, y con toda razón. A Grossman le atraía genuinamente la exploración de la verdad, y esta característica se transparenta en su obra literaria y periodística. “Vida y Destino” es un monumento a la observación desapegada, tanto de los eventos externos, como de la conciencia de sus personajes, quienes son humanizados por sus contradicciones, deseos, anhelos, cobardías, estupideces, bajezas morales o aspiraciones espirituales. Por ello, la novela no se detiene con especial atención en los aspectos materiales de la guerra, no describe en extenso batallas gloriosas o encuentros militares épicos, y las observaciones sobre la devastación de la guerra se ven poetizadas por el estilo seco y contenido del autor. En un momento, por ejemplo, describe el efecto del sol poniente al atravesar las ventanas huecas de los edificios semiderruidos, sin ningún exceso de adjetivos, o intención poética evidente, lo que, como suele suceder, aumenta su contenido emocional. La naturaleza misma, que describe con la misma parquedad y, por ello mismo, superior efecto poético, parece existir a la vez en la indiferencia de un universo que está por encima de las imbecilidades y miserias de los hombres, y sólo en relación a la observación rememorativa o contemplativa de sus personajes.

 

La cantidad de estos últimos es propia de las novelas rusas clásicas, y el lector tendrá que consultar más de una vez la lista de personajes que debe tener una buena edición de esta novela. Incluso Stalin y Hitler aparecen en la misma, así como los principales generales y comandantes que participaron en dicha batalla. Los personajes pertenecen a todas las capas de la sociedad rusa, desde el antiguo zarista o menchevique hasta el campesino que a duras penas comprende las dimensiones de una catástrofe de tal magnitud como la que le ha acaecido al pueblo soviético durante aquella guerra. Este procedimiento le permite a Grossman retratar toda una época y toda una sociedad, como dije, como pocos han logrado hacerlo en la Rusia soviética, durante uno de los periodos más dramáticos de la historia de aquel país.

 

Como toda buena novela de la tradición rusa, en la que Grossman se inserta premeditadamente, la conciencia de los personajes es una conciencia atribulada, jalonada por fuerzas superiores a ella misma, escindida entre la natural tendencia humana a la compasión, y el egoísmo y falsedad propios de nuestra condición existencial. Grossman explora en esta novela uno de los temas más antiguos de la historia de la humanidad, presente ya en el título mismo: la relación entre el libre albedrío y el Destino, o, si se quiere, entre la voluntad y el determinismo, o entre el Estado totalitario y el individuo. Es difícil para nosotros, acostumbrados a sociedades democráticas y a la bonanza económica –y sin casi ninguna experiencia de catástrofes de magnitudes superiores-, imaginar que estos problemas puedan inquietar la conciencia de alguien. En tiempos de vacas gordas, en otras palabras, tendemos a ser en cierto modo voluntaristas, señores de nuestro destino, el que pensamos poder controlar según nuestros deseos y aspiraciones. Desgracias de magnitudes casi cósmicas –en total, unos 27 millones de habitantes de los territorios soviéticos murieron a consecuencia de la guerra, mientras que el Reino Unido y América juntos sufrieron unos 800,000 muertos, para dar una idea de la dimensión de la tragedia que le tocó vivir a la Unión Soviética- no pueden sino quebrar esta confianza en cualquier posesión de nuestro destino. Más aún si el pueblo a quien ha ahogado esta fuerza ciega de destrucción masiva ha estado sujeto a su vez a años de totalitarismo en una escala no vista jamás. Los pasajes en que Grossman describe el peso del Estado sobre la conciencia del individuo son dignos de un Dostoievsky o un Nietzsche, sobre todo por su sutileza psicológica y su honestidad. No es sólo el temor a las represalias, la angustia por el futuro, la constante amenaza de la policía, la falta de libertad lo que afecta a los individuos viviendo en estos estados, sino la sibilina y gradual aceptación de los mismos principios que gobiernan a esta fuerza implacable lo que retrata Grossman con maestría.

 

Grossman parece sugerir que es imposible sustraerse a la influencia de las fuerzas del Destino, cualquiera que fuera la forma que asuman –Estado, Guerra, muerte, locura-, pero que, a la vez, hay un último recodo de dignidad humana y de luz espiritual ante los cuales nada puede el Destino, ni en sus formas más brutales. En un pasaje que es una obvia referencia a Dostoievsky y al padre Zosima de “Los hermanos Karamázov”, un prisionero de un campo de concentración ha escrito una carta en la que sintetiza su visión moral del mundo, carta que es descubierta por los nazis y comentada por uno de los comandantes del campo. Ikkonikov, el autor de la carta, es considerado algo así como un loco religioso, una figura de continua presencia en la literatura y sociedad rusas, que se ha condenado a muerte a sí mismo al rehusar trabajar en la construcción de los terribles edificios de la solución final nazi, las cámaras de gás. Ikkonikov postula que, al final, el mal no lucha contra la divinidad misma, o cualquiera de las abstracciones teóricas, se diría, con las que hemos intentado reemplazarla –llámese comunismo, iglesias, cruzadas o sistemas filosóficos- sino contra la simple y sencilla decencia humana que no puede ser destruida por nada. La decencia, la amabilidad que nos hace darle un pedazo de pan a un mendigo, o curar las heridas a un soldado herido del otro bando, o sonreir cuando podríamos haber despreciado, esta amabilidad es la que sostiene y sostendrá al hombre, cualquiera las circunstancias y reveses del destino.

 

Grossman es, cabe enfatizarlo, menos predicante que observante en la ejecución de su novela, aun cuando se entrega a la reflexión moral o filosófica. Tolstoi tentó la paciencia de sus lectores con verdaderos tratados filosóficos insertos entre las páginas de su gran novela. Grossman no lo hace jamás, y el relato transcurre con fluidez, aunque con cierta confusión, por la profusión de personajes y la necesidad de recordar, diez o veinte capítulos después, la relación de un personaje con otro. La lectura no se hace morosa jamás, empero, y la estructura conserva un ritmo pausado, pero ágil, por la cortedad de alguno de sus capítulos y la alternancia de puntos de vista y de escenarios. En este y otros sentidos, esta novela tiene más de cinematográfica que de tolstoyana. Guarda con el viejo maestro la preocupación moral, la amplitud de miras, el amor por la patria rusa, y la compasión por sus personajes, que es también Chekoviana.

 

Como sabrá el lector que ha seguido las recensiones de esta magnífica novela, “Vida y Destino” sólo se logró publicar después de la muerte de su autor. Grossman había suscitado la animadversión de las autoridades, y hasta se sospecha la directa mano de Stalin detrás de su caída en desgracia. A la novela le tocó el absurdo honor de ser una de las pocas obras literarias ‘arrestadas’ por los servicios de seguridad, mientras que su autor permanecía libre. No pudieron hacerse con todas las copias, sin embargo, pues Grossman había hecho un par de copias que repartió a dos amigos cercanos. Una de estas copias pudo fotocopiarse en microfilm y ser contrabadeada al Oeste –con la ayuda de Sajarov y su esposa-, donde logró publicarse en los años 70. Grossman no pudo gozar del reconocimiento final a su talento que merecía, si bien había sido un autor famoso durante la guerra y antes de ella. Grossman participó en todas las más importantes batallas del ejército rojo desde Stalingrado hasta Berlín. Sus reportajes de guerra eran leídos hasta por los soldados en las trincheras, quienes los leían y releían, se dice, hasta que quedaban en tiras. Grossman fue uno de los primeros que reportó testimonialmente sobre el exterminio de los judíos en los campos de concentración. Uno de sus reportes fue usado incluso como material de acusación durante los procesos de Nüremberg.

 

Pero la obra a la que había entregado diez años de su energía creativa –terminada en 1960- fue considerada demasiado peligrosa por el régimen, si bien se reconocía su calidad. Tan peligrosa que Grossman oyó decir al jefe de turno que no podía esperar publicación para su novela por al menos doscientos años. Y la única razón había sido la adherencia de Grossman a la verdad, a la realidad de una sociedad ahogada por el puño de Stalin, la realidad de una guerra que conoció valientes y cobardes, genios militares y borrachos incompetentes, héroes y desertores, gloria y miseria. En los últimos años ha habido un resurgimiento de interés en la obra de Grossman, sin embargo, y nada puede ser más justificado. Cuando el veredicto del tiempo haya sonado, después de algunas generaciones de lectores, podrá apreciarse sin resquicio de duda que “Vida y Destino” es una de las grandes obras maestras del siglo veinte, aunque decirlo ahora suene a cliché y lugar común.