Valentía y responsabilidad frente a la corrupción

Laia Martí Cacho

“¿Por qué te metes en esto, tú que tienes la vida solucionada?”, “Con lo tranquila que podrías vivir”, “En todas partes se hacen estas cosas”, “Es inútil denunciar, a estos nunca les pasa nada”… Estos son algunos de los comentarios de vecinos y vecinas con los que convives a diario cuando a raíz una denuncia de tu partido, el nombre de tu pueblo aparece en todos los periódicos por presunta corrupción.

Y es que muchos son los días en que te preguntas una y otra vez el cuándo, dónde y por qué decidiste hacer política, presentarte a unas elecciones y empezar a afrontar las consecuencias que comporta ser la nota discordante, ser oposición en un pequeño municipio donde hace más de una década que gobiernan los mismos, donde la gente se ha tenido que acostumbrar a no poder opinar en contra de quien dirige el Ayuntamiento, donde solamente está legitimado un color político, donde las voces contrarias a las políticas que se aplican son señaladas y perseguidas hasta ser silenciadas “por el bien común”.

Pero la pasión por la política que desde siempre has vivido en casa, el afán por ayudar a los demás, el cariño a tu pueblo y a su gente, unidos a la impotencia por las desigualdades e injusticias surgidas los últimos años como consecuencia de políticas de derroche, superficiales y represivas que han transformado tu pueblo lleno de vida en una “ciudad dormitorio”, sin gente por las calles, sin apenas comercios ni empresas, sin futuro ni presente para sus jóvenes. Un pueblo donde solo los afines a quienes mandan tienen derecho a opinar, a trabajar y a poder vivir. Por todo esto, la lucha y la denuncia políticas se convierten en una obligación moral.

Es por ello que cuando te preguntas: “Lo volverías a hacer?”, la respuesta siempre es la misma: SÍ. Aunque las consecuencias y los reproches por ello sean algunas veces insoportables, aunque algunos te señalen por la calle, aunque la manipulación y los ataques por parte de quienes son investigados sean constantes e inmorales. La respuesta siempre sigue siendo la misma: “SÍ, lo volvería a hacer”. Por principios y sobre todo por responsabilidad y compromiso con aquellas personas que aquel 24 de mayo de 2015 apostaron por el cambio y por otra forma de hacer política.

Y es que de la misma forma que un día eliges entre la valentía de denunciar o el miedo a las consecuencias, también decides desechar los insultos, ataques y falsas acusaciones y valorar las muestras de apoyo de quienes han confiado y confían en ti, las personas que día a día trabajan a tu lado para lograr un objetivo común y los mensajes y llamadas de quienes te acompañan en este duro camino, que por suerte cada día son más.

Porque cuando la política se convierte en injusta, cuando se gobierna para una minoría y no para la mayoría social, cuando se imponen el amiguismo y el miedo para perpetuarse en el poder y las instituciones se utilizan en beneficio propio y en contra del pueblo, no existe otro camino que el de la lucha y la valentía, que por muy duro que resulte ser, con esfuerzo y perseverancia es el único posible para renovar las instituciones y empezar un nuevo camino que garantice el verdadero bien común.