UPyD: el ocaso

Jon Salabeerría

Vaya por delante una confesión: escribir un artículo monográfico sobre las circunstancias políticas que rodean a Unión, Progreso y Democracia, el partido de Rosa Díez, no puede sino despertarme agradables sensaciones. No en vano, fueron dos artículos sobre las primeras desavenencias internas en la formación de la ex socialista los que iniciaron mi periplo como modesto colaborador en Debate Callejero: en el verano de 2009, en vísperas del I Congreso de la formación constituida dos años antes, Mikel Buesa, uno de los pretendidos referentes morales del partido, se convertía en protagonista del primer y sonoro portazo de una formación entonces en ascenso, haciendo de altavoz de las primeras denuncias sobre los déficits democráticos en el seno de la misma. La verticalidad de la estructura orgánica que se construyó en el I Congreso, dando al traste con medidas de regeneración política como las listas abiertas, y los filtros por los que pasaron las decisiones desde la militancia confirmaron días después el juego de cartas marcadas (como yo lo denominé) del núcleo duro que rodea a Rosa Díez, y que sigue vigente siete años después de la creación del partido.

Siete años después, aquellas apreciaciones críticas sobre el autoritarismo en los procedimientos de funcionamiento de UPyD (que han sido una constante durante estos años) se han vuelto a recrudecer. Pero en una coordenada política bien diferente: en 2009, UPyD era una formación presta a iniciar un despegue que le colocase incluso más allá de la condición de partido bisagra. Fue en 2011 cuando se confirmaba el ascenso imparable de los magenta cuando se convertían en la quinta fuerza política nacional en las elecciones locales de mayo, y consolidaban el cuarto lugar el 20 de noviembre superando el millón de votos y consiguiendo cinco diputados en el Congreso. En 2014, las expectativas demoscópicas sufren un parón considerable, y el viejo sueño de convertirse en partido de gobierno (alentado por datos de intención de voto directo que, en momento muy críticos sobre todo para el Partido Socialista, les situaba cerca de las dos fuerzas del binomio bipartidista) queda en stand-by. La emergencia de Podemos, el fenómeno político de 2014, y el relanzamiento de la opción Ciudadanos en el mismo estrato electoral en el que juegan los de Rosa Díez son las razones electorales que explican el parón en las expectativas. La ausencia (afortunada) del leitmotiv inicial de UPyD, el monotema terrorista, ha dejado sin buena parte de su discurso movilizador a una formación que se nutrió de la protesta contra el proceso de paz en los mandatos de Zapatero. Sin embargo, yo apuntaría, desde mi más profunda convicción, que desde su misma génesis UPyD llevaba insita una identidad propia que podrían conducir a este punto en el que nos encontramos: hablo de la rigidez de su establishment y del profundo personalismo que inspira a la formación, lo que la vincula a la particular peripecia de la lideresa que la constituyó a imagen y semejanza propia, y que rige sus destinos.

En unas fechas en las que miramos a las encuestas, unos con entusiasmo, otros con escepticismo (justificado por la experiencia) y no pocos con temor indisimulado, éstas arrojan para la formación de la Leona de Sodupe unos vaticinios no tan halagüeños como los que en este devenir desde 2007 habían llegado a pronosticar. El estancamiento en la intención de voto relega a UPyD a un lugar secundario. Hoy, UPyD queda lejos de ubicarse en un lugar remotamente parecido al del viejo PCE de los años germinales de la Transición o de la IU de Julio Anguita. Y según indican los datos, incluso lejos del mejor lugar que ocupó el CDS de Adolfo Suárez en 1986 con sus 19 escaños en el Congreso de los Diputados. Tomando como referencia la encuesta de Sigma-2 para “El Mundo”, que ha ocasionado un auténtico terremoto político, UPYD obtendría un 4,7% de intención de voto que le convertiría en irrelevante a la hora de construir alianzas estables de gobierno, fundamentalmente con un Partido Popular que se hunde desde su mayoría absoluta y aplastante de 2011.

Sobre el panorama general se entrecruzan dos episodios recientes que no han pasado desapercibidos para la opinión pública, y que muestran a las claras la idiosincrasia de UPyD-Rosa Díez. Uno de ellos, la salida de Francisco Sosa Wagner (Alhucemas, 1946), eurodiputado desde 2009 y sin duda uno de los más brillantes administrativistas en el ámbito académico español. Con él, UPyD pierde al mejor elemento del partido en una época en que uno de los temas de referencia magenta (el territorial) podría abordarse desde la perspectiva de la reforma constitucional, tal y como han propuesto otras formaciones. La aparición de un artículo de Sosa Wagner en “El Mundo”, Después de las Europeas, fue el detonante de un final anunciado. El catedrático defendía el acuerdo político con Ciudadanos como instrumento de creación de un frente constitucionalista, aunque crítico, capaz de recoger el voto del descontento. UPyD no supo recoger la masiva y humillante pérdida de votos de los grandes paquebotes, mientras que como alternativa ha germinado nuevo movimiento que, gracias a su respuesta sencilla a problemas complejos y a la atención atolondrada que le prestan algunos medios, puede acabar estrellándolos contra el acantilado. Para la construcción de ese frente constitucionalista, Sosa solicitaba la renuncia por parte de UPyD a una serie de prácticas autoritarias que se concretan en la constante expulsión de afiliados o a la sepultura en vida de quienes permanecen dentro sometidos a un ominoso silencio. Ironías de la vida, la actuación posterior del partido de Rosa Díez, que negaba las acusaciones explícitas de Sosa, las acababa confirmando con su sustitución manu militari de la portavocía de UPyD en el Parlamento Europeo por Maite Pagazaurtundúa, con la desaparición de su columna en la web del partido, así con un trato infamante por parte de la dirección. A Sosa Wagner le honra su decisión de salir de UPyD devolviendo el escaño y reincorporándose a la vida académica.

El otro episodio, otra curiosa ironía, se produce con la negociación con Ciudadanos por parte de UPyD y siguiendo la estela de lo sugerido por el profesor Sosa Wagner. Un error estratégico de una Rosa Díez que antepone su ego sobre soluciones pragmáticas al estancamiento/acortamiento de su espacio político. La estrella de Albert Rivera, que ha logrado hacerse un hueco en la política española, ha sido el principal obstáculo para que fraguase un acuerdo denominado por el propio Rivera, de forma poco original, tercera vía, capaz de convertirse en receptora, de forma unitaria, de un porcentaje de voto mayor que el que podrá conseguir cada fuerza política por separado. El líder de Ciudadanos acusa a la fundadora de UPyD de acudir, el pasado jueves, a la última ronda negociadora con un documento previamente elaborado con os argumentos para la ruptura. Motivos de carácter orgánico, después de constatar las partes un acuerdo en términos políticos. Cuando te sientas a negociar, tienes dos opciones: o pones sobre la mesa las diferencias, o todo aquello que nos une. El espectáculo de las negociaciones UPyD-C’s acaba así de la forma prevista. El liderato indiscutible de Díez y el temor de ser amenazado es la única razón de este abrupto final a siete años de peticiones por parte de Ciudadanos. Peticiones que pueden tener aquí su punto final.

El inmovilismo y el personalismo de Rosa Díez se unen hoy también a dos factores que pueden determinar su ocaso definitivo. El discurso de la presunta regeneración democrática como alternativa al hartazgo ciudadano tiene hoy un eficaz portavoz en Podemos, que juega con mayor éxito en las encuestas a usar el lenguaje equidistaní (ni de izquierdas ni de derechas, de abajo en su neolengua). Y, por supuesto, el relevo generacional. Manuel Pablo Iglesias Turrión es el líder de la emergente Podemos, Pedro Sánchez asume la secretaría general del Partido Socialista, Albert Rivera sigue en el liderato de Ciudadanos desde un perfil generacional similar a los anteriores, y un joven de apenas 28 años se lanza a sustituir a Cayo Lara en el timón de la convulsa IU. Incluso la Jefatura del Estado ha protagonizado ya un relevo generacional. Solo PP y UPyD siguen manteniendo al frente a dos líderes procedentes de la generación que hizo la Transición política. De ambos, Rosa es la más veterana de los dirigentes del arco parlamentario. 

Vivimos una nueva etapa, abierta a un horizonte ignoto. Toda previsión de 2007 se ha quedado obsoleta. Hubo quien afirmo que UPyD vino para quedarse y creer. Pero la desubicación de su creadora en las coordenadas políticas de 2014-2015 junto con la impronta personalista creo que ponen fecha de caducidad. UPyD camina a una existencia residual y a un futuro imprevisible, siempre ligado a la decisión política de su inspiradora.