Una síntesis veraniega: orgullo y prejuicio

Señor_J

Orgullo

Crisis puede definirse como un momento en que se cuestiona lo existente y en el que cabe la posibilidad de que surjan alternativas a lo que se viene conociendo. Estas dimensiones fundamentales existen siempre en una crisis, también en las económicas. Acostumbrados a percibir las mismas como un mero proceso de recesión del que se sale algún día, dejando tras de sí consecuencias sociales innegables, se olvida que es lógico que esos efectos alcancen también a la esfera política y que pueden romper esquemas y modelos preexistentes. Durante mucho tiempo no fueron pocas las mentes que consideraron que el impacto político de nuestra crisis parecía perfectamente acotado a dos tendencias previsibles: el declive electoral de un PSOE que pagaría las consecuencias de desarrollar las primeras políticas anticrisis (si bien algunas fueron más bien procrisis) y su sustitución por un PP que se erigiría sólidamente como el gestor adecuado de la misma. Y, con todo ello, no paraba de repetirse que el PP era uno de los pocos partidos europeos que resistían incólumes en el gobierno frente el empuje de la misma.

Durante mucho tiempo todo parecía bajo control, atado y bien atado alrededor de la alternancia natural a la que nos hemos acostumbrado en España desde la década de 1970. Brotes de disconformidad tales como el 15M quedaban en nada y los primeros comicios autonómicos celebrados tras las últimas elecciones generales no mostraban perturbación alguna de ese sereno panorama. Pero aunque desde las alturas institucionales no lo vieran, la crisis seguía allí y algo estaba cambiando soterradamente. Algo que encontró en las elecciones europeas un medio para dar un toque de atención mediante la candidatura de Podemos, que solo conocida y reconocida por un sector reducido del electorado, fue capaz de superar ampliamente el millón de votos, rompiendo con ese techo de cristal con el que tantas candidaturas se habían estrellado previamente en estos u otros comicios.

A partir de ese momento, todo cambió. Ha transcurrido menos de dos meses y parece que estemos en un escenario completamente diferente al que existía antes del 25 de mayo. Podemos es la obsesión de un establishment político que no ha visto venir el fenómeno y que pensaba que el malestar previamente observado en los sondeos iba a quedar acotado a un crecimiento moderado de  fuerzas minoritarias pero familiares (IU, UPyD). Nada más lejos de la realidad. El vigor de dicha amenaza aun quedó más claro cuando los estudios post mostraron que se trata de un voto muy transversal, en el que se incluyen abstencionistas, gente que seguramente jamás habría optado por votar a IU a pesar de su afinidad ideológica con los dirigentes de Podemos o una cantidad significativa de exvotantes del PSOE. La amenaza estaba allí y nadie la vio venir.

Prejuicio

Tras la nueva realidad electoral, han cambiado los lenguajes y los mensajes. Los llamamientos contra las amenazas del populismo, en clara alusión a Podemos, se han extendido por medios convencionales y alternativos, como si el populismo no estuviera ya entre nosotros, especialmente tras la llegada al poder del PP en 2011 mediante unos alardes programáticos de los que no se ha cumplido ni una coma. Semana tras semana se ha apreciado también una mayor intensidad de la artillería mediática lanzada contra sus líderes, a los que ya no paran de atribuírseles vínculos bolivarianos y etarras, puesto que en la España del siglo XXI suena mejor que el peligro rojo, por ridículo que suene advertir amenazadoramente a una población arrasada por la crisis de que una especie de chavismo español se prepara para destruir nuestra economía.

Sin embargo, las novedades no terminan ahí. El éxito de Podemos ha sido el impulso decisivo para que surjan propuestas políticas más complejas en cuanto a sus componentes, de cara a preparar los próximos comicios municipales. Llámense Municipalia en Madrid o Guanyem en Barcelona, se trata de nuevas fórmulas de confluencia de las fuerzas de izquierda que aspiran a aglutinar colectivos, entidades y, finalmente, partidos, con el fin de generar candidaturas de éxito para conquistar los ayuntamientos, minimizando la fragmentariedad y proponiendo procesos profundos de regeneración política. Aunque cuentan ya con un cierto nivel de desarrollo y de rodaje, los próximos meses serán decisivos para valorar sus posibilidades de lograr la ansiada confluencia y de constituirse como fuerzas con posibilidades. Y ante ese riesgo, no han faltado tampoco las primeras oleadas de descalificaciones hacia sus cabezas visibles. Es el orgullo del poderoso y el prejuicio contra el que no forma parte de la famiglia.

Ha habido cambios, pues, de lenguaje, de estrategias en las fuerzas contestatarias pero también gestos importantes en las alturas del poder, entre los que ha sobresalido el relevo real y la dimisión del secretario general del PSOE (queda en un lugar menos destacado la del primer secretario del PSC). Aquí la fragmentación mediática ha impedido que surjan las clásicas loas al unísono de estos dos representantes institucionales, pero es innegable que muy mayoritariamente hemos asistido al típico entierro político repleto de tópicos, elogios fúnebres y alharacas varias, debidamente completado con las exaltaciones del nuevo monarca. ¡Qué contraste entre los prejuicios expresados hacia los que piden paso y las caricaturas institucionales de los que llevan ahí media vida o más!

El único espacio que se ha mantenido petrificado entre la tormenta ha sido el del popularmente conocido como desafío nacionalista. Sin demasiadas novedades primaverales dignas de interés, casi nadie diría que se prepara una consulta para noviembre, si no fuera por alguna noticia aislada que surge de vez en cuando sobre la próxima ley de consultas, que como bien es sabido no servirá para convocar una consulta de las características de la del 9N. Quizás eso y algunos signos discretos sean los primeros indicadores de que algunos vagones intentan apartarse de la vía antes del choque, pero por detrás vienen unos vagones de tercera clase repletos de pasajeros que probablemente se ocuparán de mantener firmemente la trayectoria hasta el choque final. Entretanto tendrá lugar el nombramiento del nuevo primer secretario del PSC, Miquel Iceta, que antes de ser investido ya presenta alternativas para hacer digerible  la pregunta de la consulta, tan surrealistas como esta: “¿Quiere que el Govern negocie con las instituciones del Estado un acuerdo que garantice el reconocimiento del carácter nacional de Catalunya, un pacto fiscal solidario y el blindaje de las competencias en lengua y cultura?”. Otra muestra inequívoca de que el PSC se propone seguir navegando sobre una balsa perdida en un mar embravecido que no va a ninguna parte, bien acompañado por el nuevo primer secretario del PSOE y sus candidatos perdedores, que sobre este tema siguen abrazados al timón del argumento constitucional por miedo a convertirse en náufragos.

Primavera, verano, otoño, invierno… y otra vez primavera

Gira la rueda de la política mes tras mes, estación tras estación, y nuevos retos aguardan a cada vuelta. De la primavera de las europeas, estamos pasando al verano de las primarias socialistas y de la consulta escocesa, para seguir después con el otoño de la consulta catalana frustrada y dedicar nuestro invierno a hacer recuento de fuerzas y de daños acumulados, antes de aterrizar sobre la primavera electoral municipal, si es que Cataluña no toma la delantera en algún sentido. ¿Qué sorpresas aguardarán a nuestros queridos partidos y partidarios a lo largo de ese giro? ¿Veremos nuevos terremotos electorales? ¿Triunfará el orgullo y el prejuicio de los grupos políticos tradicionales o bien la ciudadanía optará por romper la baraja, cansada de recibir siempre las mismas cartas trucadas? La gente ha demostrado que puede reorientar masivamente sus preferencias hacia objetivos muy distintos de los perseguidos hasta ahora, mientras que las fuerzas del orden y el poder se muestran escasamente dispuestas a mejorar sus prácticas y a adecuar sus maneras de pensar y de actuar a las expectativas de la algo más politizada sociedad española del siglo XXI, así que una cosa es segura: hay partido por delante.