Una semana de Syriza

LBNL

Y no se ha hundido el mundo, ni siquiera Europa… y Grecia sigue en el euro. Como seguirá dentro de varios meses y años. Por al menos cuatro razones: 1) porque no hay un procedimiento para expulsar a ningún país de la eurozona; 2) porque la salida de un país sentaría un precedente muy negativo para un proyecto de raíz político y vocación de crecimiento (Polonia tendría todavía más dudas para entrar y negociaría un mecanismo para poder salir si le interesara); 3) porque Grecia directamente quiebra en el momento en el que salga, con deudas enormes en euros y dracmas de valor ínfimo para pagarlas; y 4) porque la quiebra de Grecia supondría un quebranto económico enorme para los restantes miembros de la eurozona, directamente a través de las cantidades prestadas bilateralmente, e indirectamente a través de los alrededor de 50.000 millones prestados por el BCE. Hay más razones pero con estas basta.

Europa lo tiene bastante claro y en cuanto Tsipras recibió la investidura, tanto el Presidente del Parlamento Europeo como el del Eurogrupo, ambos socialdemócratas, viajaron a Atenas a parlamentar con las nuevas autoridades, con la esperanza de que, una vez en el poder, con la presión de los mercados (bajada importante de la bolsa griega) y la presión de los pagos públicos, un poco de cariño de los hermanos mayores socialdemócratas sirviera para ayudarles a bajar del árbol y se comprometieran a respetar los compromisos adquiridos por los gobiernos previos.

Sin embargo, el flamante nuevo ministro de finanzas, Varufakis, fue muy claro con Dijsselbloem. No vamos a negociar más con la “Troika”, que es un grupo de altos funcionarios de las tres instituciones internacionales acreedoras de Grecia (Comisión Europea, BCE y FMI) que sólo examina el cumplimiento de las reformas acordadas en el Memorando de Entendimiento que Grecia firmó a cambio de ser rescatada. Llegan a Grecia, examinan, inquieren sobre por qué no se ha hecho lo que se debía haber hecho ya y se van, recomendando a sus respectivas instituciones que le aprieten las tuercas a Grecia aquí o allá como condición para recibir la próxima transferencia trimestral.

Tampoco queremos la última transferencia trimestral, le dijo, que por valor de 7.200 millones de euros debería recibir Grecia el próximo 28 de febrero. Grecia lleva años viviendo como un toxicómano, ávida por la próxima transferencia y rendida a las condiciones que le imponen los “hombres de negro”. No, ahora vamos a negociar – con el resto de Europa y las tres instituciones mencionadas, pero con sus direcciones – un nuevo acuerdo marco que establezca algún tipo de vínculo entre el crecimiento económico de Grecia y cuánto destina al servicio de la deuda externa. El rescate, añadió, le cuesta demasiado a Europa y tenemos el objetivo de que todos – Grecia y sus acreedores europeos – nos beneficiemos de un acuerdo más sensato.

En paralelo, el Gobierno de Tsipras ha empezado a tomar las medidas que había anunciado en campaña, incluida la paralización de algunas privatizaciones en marcha – especialmente las de compañías energéticas en vista de su intención de suministrar electricidad gratis a 300.000 hogares que no pueden pagarla –  la readmisión de muchos funcionarios despedidos de manera posiblemente inconstitucional y la eliminación del copago sanitario y el restablecimiento del acceso universal a la sanidad, de la que había quedado exluído un 30% de la población.

El problema es que Grecia podría quebrar también dentro de la eurozona si no recibe el último plazo del rescate el 28 de febrero. Las arcas públicas están aparentemente semi vacías y tiene que devolver 4.300 millones en marzo y otros 6.000 en julio y agosto. En condiciones normales podría acudir a la compra de bonos a la que finalmente ha accedido el BCE justo antes de que ganara Syriza, pero el BCE ya ha anunciado que la calificación de los bonos griegos es demasiado baja. Lo cual también impide que acuda a los mercados financieros para refinanciarse: no habría compradores y de haberlos, sería en condiciones onerosas, muchísimo peores que las de la financiación de la Troika, aunque eso sí, sin condiciones “políticas” anejas.

El fin de semana Varufakis se reunió con su homólogo francés, después de que el Presidente Hollande y la Canciller Merkel hubieran cenado el viernes con Schulz, el Presidente del Parlamento Europeo. Merkel declara que la generosidad con Grecia ha llegado a su máximo y que todos deben honrar los acuerdos suscritos, lo que también ratifica el Gobierno francés.

Quedan sólo cuatro semanas para el final de febrero, o seis hasta que venza la factura de los 4.300 millones que seguramente Grecia no puede afrontar sin ayuda. Pero Syriza ha empezado fuerte: no acepto sus condiciones así que no me mande más dinero. Que yo sepa, todos los analistas habían anticipado un tenso tira y afloja sobre las rebajas que Syriza iba a exigir, pero ninguno que fuera a renunciar al dinero.

¿Será un farol? ¿O tendrán un as en la manga, como por ejemplo una oferta de financiación por parte de algún país emergente? Imaginen por un momento que Putin, que las está pasando canutas pero que tiene reservas para aguantar un par de años, le extienda un cheque a Tsipras por la cantidad que le falte para no hacer default en marzo. Sería un triunfo político de primer orden. De una parte, rompería el aislamiento que le ha impuesto Europa por la guerra en Ucrania. De otra, le haría un favor tremendo a la Unión Europea al evitar un impago griego que tendría unas consecuencias económicas impredecibles pero desde luego desastrosas. Imaginen también que Tsipras le pide a Europa  que se avenga a transferirle lo acordado pero dentro de un marco más sensato so pena de tener que aceptar la oferta de Putin.

Syriza es una coalición de más de una decena de partidos de izquierda, algunos menos sensatos que otros, y haber pactado con un partido de derechas radical – estilo VOX salvando las distancias – puede haber sido la opción más sencilla pero desde luego no la más coherente. El nuevo Ministro de Exteriores, por ejemplo, es un conocido activista comunista pro ruso, que mantiene tratos con Dugin, un peligroso fascista últimamente convertido en ideólogo de cabecera de Putin. Es perfectamente posible que Syriza acabe siendo un desastre para Grecia y para todos. Que su populismo lleve a Grecia al desastre y nos arrastre parcialmente a todos.

Ahora bien, cuando la crisis del sudeste asiático de los años noventa, todos los países afectados pidieron y recibieron la ayuda del FMI y a cambio aplicaron sus recetas de manual. Excepto Malasia, que fue objeto de escarnio por cerrar el mercado de capitales y aplicar recetas supuestamente caducas e ineficientes. Lo curioso es que unos cuantos años más tarde, Malasia estaba igual o mejor que la mayoría de sus vecinos, y con un menor coste social.

Es decir, que podría ser que Tsipras no sólo sea un bravucón sino que sepa jugar al póker y encima lleve buenas cartas. Desde luego, el hecho de que el prestigioso Varufakis sea su ministro de Finanzas, es un muy buen augurio. Ojalá les salga bien la jugada por bien de todos. De seguro, van a tener más aliados de lo que parece, como el otro día tuvo el Ministro de Exteriores cuando se opuso a ampliar las sanciones a Rusia: fueron muchos los que, sin atreverse a secundarle, se alegraron mucho por dentro de no tener que hacerlo. Eso sí, si Tsipras consigue poner en práctica su programa humanitario y no quebrar, quebrándole la mano en cambio al “austericidio”, las elecciones generales en España se las lleva de calle Podemos, por mucho que Grecia no sea España. No lo es, pero precisamente por ello, si Grecia puede negarse y le sale bien, España estaría en mucho mejor situación para hacerlo.