Una hora en tierra de nadie da para mucho

Barañain

 

El vuelo se presentaba largo, más de ocho horas, e incómodo, con el avión lleno de gente bullanguera, incluido un ruidoso grupo de jóvenes italianos guays encantados de haberse conocido (una redundancia, habiéndose dicho ya su procedencia) y un grupo de aun más jóvenes israelíes dirigidos por quien imaginé que era surabino. Sentado como estaba al fondo de la cabina, en la clase turista de Iberia, el transcurso del viaje me hizo testigo a la fuerza del continuo ir y venir de gente al aseo, así como dela frecuente visita del rabino a las azafatas, de quienes buscaba no sé qué garantías sobre la observancia de preceptos o criterios kosher en la comida que iban a servir (eso me pareció deducir de los comentarios, no demasiado piadosos pero razonables, de alguna de las azafatas cada vez que les dejaba en paz el rabino petardo). El viaje resultaba pesado, pero al final del mismo me esperaba la ciudad de Nueva York. Aguantar a rabinos, ansiosos meones e italianos fashion parecía un precio bastante aceptable.

 

Al aterrizar en el aeropuerto JFKla cosa se complicó. El agente de inmigración señaló con amable firmeza la puerta de acceso a una sala, a la que debí­a dirigirme -mientras él se quedaba con mi pasaporte- para aclarar alguna circunstancia que le impedía, por el momento, darme entrada a su paí­s. Pasé así a una tierra de nadie, constituida por varias hileras de asientos de plástico no demasiado cómodos, frente a un alto mostrador ocupado por circunspectos  agentes que revisaban la documentación y consultaban en sus ordenadores. A un lado, varias puertas daban acceso a pequeñas salas para interrogatorios individuales. En las paredes, unos carteles advertí­an contra el uso de móviles, cámaras fotográficas y cosas así. El ambiente era serio -como si las risas y comentarios amables estuvieran igualmente proscritos-, pero sin llegar a ser tenso. Me vino a la memoria  que otro participante en  Debate Callejero pasó, meses atrás, por la misma experiencia. ¿Me ocurriría a mí­ otro tanto? ¿Me tirarí­a allí dos o tres horas? ¿Tendría algo que ver en ello nuestra común pasión bloguera? Luego, aburrido, empecé a especular, ¡qué tontearí­a!, sobre el destino que aguardarí­a  a mis maletas, las cuales, mientras yo estaba en esa tierra de nadie, debí­an seguir dando vueltas en la cinta de equipajes. Tras las largas e incómodas horas de viaje trasatlántico,  la espera añadida me sumió en un sopor con los consabidos cabeceos (nunca he tenido problema en conciliar el sueño, ni en las circunstancias que normalmente se consideran más adversas para ello).

 

Cuando llegué a esa sala especial había ya varios afortunados en la misma situación, que tení­an en común su exotismo (al menos a ojos de un bilbainito como yo): negros, chinos,hindúes,… de modo que era yo, pensaba, el único caucásico en aquel grupo. Más tarde, no sé bien  cuando, se debieron incorporar  al grupo tres personas más, estas de aspecto europeo: por un lado, un joven obeso, con  grandes gafas de diseño anticuado y pelo de aspecto grasiento que se las vio y deseó para acomodar su volumen en una de aquellas minúsculas sillas de plástico y por otro, una pareja, él de físico no mucho más estimulante que el anterior, de frente amplia y abollonada y mirada huidiza y oblicua, ella enjuta, como escurrida, con mirada incisiva y un llamativo vestidomagenta. Se me hicieron figuras conocidas. El gordo me recordó mucho al novelista y columnista habitual de ABC Juan Manuel de Prada. “No puede ser”, traté de quitarme esa idea de la cabeza.  Con la pareja no tuve duda; el hombre tenía un aire que no sé bien cómo describir, algo así como Mortadelo disfrazado de profesor universitario. Sin duda, se trataba del otrora portavoz de “Plasta Ya” y más destacado experto pirrónico de nuestro país. Y ella era nada menos que la Rosa de España, la flamante diputada de un novedoso partido regeneracionista. “¡Cielos, pero si son ellos!”, exclamé. E hice,animado, un esbozo de saludo que corté en seco ante la torva mirada que me dirigieron.  Al ver que saludaban con complicidad al gordo deduje que este era, en efecto, el columnista De Prada.Menuda casualidad, coincidir de esa manera con los tres. Justo cuando yo estaba acordándome de Debate Callejero.

 

Un oficial de aspecto malhumorado, que resultó llamarse Palin -según indicaba su chapa en la pechera-,  insistía en que, según sus datos,  esa no era mi primera visita a los EEUU, tal y como yo había hecho constar en el correspondiente formulario que rellenamos en el avión antes de llegar. El mismo formulario  en el que  había declarado no haber estado detenido por tráfico de drogas u otras actividades criminales, no haber estado involucrado en espionaje, sabotajes o terrorismo, ni  haberme relacionado con  el régimen nazi (¡?), ni haberme llevado a hijos del país, incumpliendo la custodia establecida (o algo así me pareció entender), ni, por último, haber hecho valer la inmunidad diplomática con anterioridad. Pues tales son las cuestiones que preocupan a las autoridades del Departamento de Seguridad Nacional.

 

“Esperaremos una llamada de confirmación de Washington” me dijo por toda explicación el agente Palin, que no parecía convencerse de que esa era la primera vez en mi vida que pisaba suelo norteamericano. Pasó por mi mente, en ese momento, la idea de bromear con el hecho de que si la llamada era de George  W. Bush yo no pensaba ponerme al teléfono, dado lo poco que le quedaba ya en el disfrute del cargo. Descarté la tontería de inmediato, claro está, recordando lo que alguien me había aconsejado al respecto. Y eso que aquí, en el puesto de control de fronteras del aeropuerto JFK,  no existía, o yo no lo vi, aviso alguno que advirtiera contra las risas y tertulias (como, al parecer, lo hubo, o lo hay aún, en el de Miami).

 

Un comentario en voz alta dirigido hacia mí, me sobresaltó: “Usted no declaró participar en un blog de socialistas”, me interpeló de repente el tal Palin, dirigiéndome una mirada severa.  “¿Es usted zapatista?”, prosiguió. “¿Zapatista, yo? No entiendo  a que se refiere Usted, señor agente”, balbuceé nervioso. Caí en la cuenta de que tal vez el funcionario había incurrido en el mismo error del senador McCain durante una entrevista en plena campaña electoral, cuando debió confundir al español Zapatero con el ejercito Zapatista de liberación, el  de Chiapas.  Pero no me dio tiempo a aclararle la confusión. “Aquí me informan -dijo mientras señalaba la pantalla de su ordenador- de que ha estado usted  involucrado en actividades  terroristas, comunistas y anti patrióticas”. Mi desconcierto inicial dio paso a un momento de pánico.

 

De repente, una voz clamó desde el fondo de la sala: “¡Y contra la infancia, han  destruido la infancia!” decía, abalanzándose sobre el mostrador, el gordo De Prada. “¡Así son Zapatero y sus seguidores, defienden el sexo libertino y tergiversan el sentido sagrado del matrimonio!”, continuaba con creciente excitación. Antes de que el policía reaccionara, el Mortadelo pirrónico y la diputada magenta se sumaron al griterío del gordo: “¡Y han hablado con la ETA!”, “¡han hablado con la ETA!”. Y levantándose del asiento se dirigieron también hacia el mostrador policial gesticulando: “Sí, agentes, créannos, este tipo es de los que han  defendido el mal llamado proceso de paz, en aplicación de una teoría de los  juegos”.  El agente -al que le pareció extravagante su forma de hablar, con eso de “el mal llamado”-  no sólo no mostró  interés alguno en  averiguar a qué juegos se estaban refiriendo  (bastante tenía él con conocer las reglas del póker y el beísbol) sino que empezó a irritarse con tanto espontáneo. “¡¡Shut up!!” les gritó. Y fue tan efectivo como si les hubiera  amenazado con una deportación inmediata a Guantánamo. El pirrónico retrocedió hasta hundirse de nuevo en su asiento mientras De Prada, cabizbajo, parecía seguir rumiando una letanía sobre   matrimonios rotos, iglesias perseguidas, efebos violados y otras maldades que al parecer me atribuía. Los destinatarios de sus lamentaciones pasaron a ser entonces los chinos que contemplaban, entre desconcertados y divertidos, todo el espectáculo. Mientras me pareció entender que el pirrónico se jactaba, ante  un chino que no dejaba de sonreírle, de la excelencia de Albacete como nueva frontera de Occidente contra la que se estrellaría la invasión amarilla, el gordo seguía pormenorizando, con excitación creciente, las perversiones sexuales que se habían adueñado de la otrora casta España. No lo puedo asegurar pero juraría que alguno de sus oyentes, aunque no le entendiera nada, se estaba empezando a poner  cachondo.

 

Mientras eso ocurría el fondo de la sala, el agente Palin tronó de nuevo hacia mí:  “¿No le da vergüenza perder el tiempo difundiendo propaganda socialista  en un blog? ¿Acaso creía que no nos daríamos cuenta de sus actividades? ¿A qué viene a América? ¿A contaminarnos?”. Yo trataba inútilmente de articular alguna respuesta ante tanto desvarío, pero las palabras se me atascaban en la garganta.  Estaba ya francamente acojonado. Por su parte, la dama magenta, inasequible al desaliento, volvía a intentar llamar la atención de Palin hablándole de la venta de Navarra, de  la ruptura del consenso constitucional y de otras fechorías con las que me relacionaba. Palin, sin más advertencias,  hizo un gesto a otros dos fornidos colegas suyos para que se llevaran de allí a la perturbada, a lo que ella se resistió, forcejeando con  los agentes mientras gritaba “¡¡Porque tengo hijos!!, ¡¡Porque tengo hijos!!”. Salió en su defensa el pirrónico, abandonando al chino sonriente y poniéndose de pie sobre la silla de plástico mientras gritaba: “¡She-is-our-Obama!”, “¡She-is-our-Obama!”. Sólo consiguió  ser igualmente reducido por los uniformados. El gordo prefirió seguir con sus escabrosas divagaciones. 

 

Controlada ya la situación, Palin pudo dirigirme por fin su andanada final. “¿Me va a negar que se relaciona usted con científicos sociales?”.  “¡Pero todo esto es un error!”, conseguí proclamar al fin con un hilillo de voz. “¿Un error, dice?, ¿un error?”, me contestó burlón. “¿Y qué me dice de la bombilla del señor Fernando? ¿También eso es un error de nuestros informadores?”. No pude más y estallé: “¡¡Eso sí que no, soy inocente, lo de la bombilla es culpa de Miguel Sebastián!! ¡¡Pregúntenselo a él, que él sí que ha estado en Estados Unidos antes!!”. Tras lo cual, la tensión acumulada me hizo perder el  conocimiento. 

 

Cuando me desperté,caí enseguida en la cuenta de que seguía sentado en una de las sillas de plástico, y que todo había sido una pesadilla. Había transcurrido sólo una hora de espera. No había gordo pervertido, ni experto pirrónico, ni regeneracionista. Sólo unos chinos aburridos y un policía, que se acercó a mí, diciéndome sonriente: “All right, It’s OK. Welcome to the U.S.A.!”.