Una familia fatigada

David Rodríguez

Julia está cansada. Regresa del despacho a casa a las siete de la tarde. Se encuentra con su hija y con su marido. Les dedica un rato, dicen que de calidad. A ella no la ve desde que la deja en el colegio a las nueve. Él hace la cena. Después la niña se acuesta. Entonces habla del trabajo, está estresada, la presionan demasiado, el jefe no entiende de motivaciones laborales y las compañeras no siempre ayudan. El fin de semana se le hace muy corto. Hay que arreglar la casa, que es un zafarrancho de combate. Hay que comprar, siempre mirando los precios para llegar a fin de mes. Disfruta de alguna actividad lúdica con su familia, son los mejores momentos de la semana. El domingo por la tarde empieza a deprimirse, consciente de lo que se le viene encima al día siguiente.Enrique está agotado. Es autónomo, puede organizar mínimamente su horario y recoge a la niña tres días a la semana. Los martes y los jueves se encarga su madre. Comienza a trabajar muy pronto, va de casa en casa instalando ventanas. Disfruta de su hija las tardes que puede, le ayuda con los deberes, juegan y ven alguna película juntos. Luego se queja de la espalda cuando cena con Julia, a la vez que ella le relata sus problemas laborales. Cuando llega el fin de semana, nota que transcurre con enorme rapidez. Los viernes está baldado, es incapaz de hacer nada. Los sábados los disfruta algo más, aunque limpiar la casa e ir al mercado le quitan tiempo. Los domingos descansa con su familia, preparándose para otra nueva semana que amenaza a sus vértebras.

Elena está destrozada. Ni un sólo día de descanso desde Reyes. Ha acabado los exámenes y ha comenzado acto seguido el tercer trimestre. Alguien le dice que en otros países hay algo así como una semana blanca para romper el ritmo, pero aquí no. 35 horas de escuela semanales, más las extraescolares. El profesor explica cómo se determina la fecha de la Semana Santa, algo relacionado con la Luna y un concilio eclesiástico del siglo IV. Este año toca tarde, muy tarde. El sábado protesta: “¿y ahora hay que ir a comprar? ¡Vaya fastidio!”. Por la tarde lo pasa bien, es un balón de oxígeno para ella. El domingo llegan los deberes acumulados, el estudio y la preocupación por el examen del martes.

Una noche más, cenan juntos. Elena se va a la cama. Julia y Enrique charlan un rato antes de caer rendidos en el sofá. Ven las noticias. Precampaña electoral. Alguien habla de reducir la jornada laboral, de conciliar la vida laboral y familiar, de cosas así, que no son el centro de atención en estos momentos. Un señor trajeado afirma con vehemencia que “somos la mejor garantía de unidad frente a aquellos que quieren romper España”. Enrique le da la razón y sostiene que volverá a votarle. Julia calla, no tiene fuerzas para discutir. Elena duerme, y sueña con una invasión extraterrestre, en la que unas simpáticas criaturas del espacio vuelan por los aires el Concilio de Nicea.

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