Una agenda marcada

Lobisón

 El debate entre los precandidatos a la secretaría general del PSOE me ha producido la impresión de que los socialistas ven muy acotada su agenda por los temas que dominan en la opinión pública, y en particular en lo que se refiere al funcionamiento interno del partido. Como ya he señalado en una ocasión anterior, esto es bastante comprensible cuando lo que se debate es la dirección del partido, pero creo que además obedece a un espejismo que ha calado fuertemente en la opinión pública: el problema son los partidos.

El espectacular ascenso de Podemos ha reforzado el espejismo: han triunfado porque no representan a ‘la casta’, a los acomodados políticos de toda la vida. Por consiguiente, que diría el otro, lo fundamental para hacer al PSOE competitivo es introducir mecanismos de participación y de control por la militancia que le diferencien de los partidos de la casta. Sin embargo, por un lado no es seguro que por mucho que se haga en esta dirección no vayan a seguir jugando con ventaja inventos como Podemos o Guanyem, al menos a medio plazo. Y, por otro lado, los cambios en la organización interna de los partidos —como los cambios en la ley electoral— son vistos siempre con buenos ojos por los ciudadanos, pero no siempre funcionan bien. Casi siempre tienen efectos indeseados y crean nuevos problemas, como se vio en el caso de los Verdes alemanes.

Además de darles muchas vueltas a las cuestiones internas, los candidatos han hablado de cosas como el referéndum de Cataluña, la denuncia de los acuerdos con el  Vaticano o la alternativa monarquía/república. Esto era inevitable porque son temas centrales en la agenda de los medios, pero no es seguro que sean las claves para recuperar electores, sobre todo de centro y sin ideología. Y ahí es donde el PSOE necesita dar la batalla al PP y a la abstención. Sin recuperar peso en el centro no es posible constituir una alternativa de izquierda con centralidad socialista. Meterse en el terreno de IU, de Podemos o de otros partidos, es condenarse de antemano a perder si los electores no perciben la utilidad de votar al PSOE.

¿Y las cosas de comer? Decir que se van a derogar las leyes del PP suena bien, pero es una forma de evitar meterse en cuestiones concretas y por tanto conflictivas. Desde luego no pasaría nada por derogar la LOMCE o la aún nonata reforma del aborto de Gallardón. Las reformas laborales pueden ser otra cosa, no sea que los potenciales inversores lleguen a creer que para restablecer los derechos de los trabajadores se va a volver a un mercado laboral demasiado rígido, en un momento además bastante delicado para la recuperación del empleo. Y decir que se quieren blindar constitucionalmente la sanidad y la educación parece exigir simultáneamente algunas propuestas presupuestarias más concretas. Pero puede que todo esto sea prematuro y debamos esperar simplemente a la votación del día 13. Y cruzar los dedos, por aquello de la abstención.