Un vals con el abismo

Antesala

Hace poco más de sesenta años, un ejército hebreo semiprofesional, nutrido en gran medida por voluntarios, establecía un corredor humanitario que conectaba a la población judía de Jerusalén, en estado de sitio, con sus camaradas sionistas. La carretera que une Tel-Aviv con la ciudad sagrada está plagada de los restos de los combates que aquellos defensores del primigenio Estado de Israel entablaron con los francotiradores de la entente árabe, que se había conjurado para expulsar al pueblo judío de Palestina. Para los nietos de aquellos combatientes, esos restos de hojalata oxidada son un símbolo de la lucha por el establecimiento de un hogar nacional para un pueblo perseguido durante siglos, y el recuerdo de que el camino hacia la construcción de su Estado se ha fraguado -entonces y hasta ahora- a golpe de lucha y padecimientos.

Muy pocos son los israelíes que no se enorgullecen de los primeros veinticinco años de la historia de su Estado. En apenas unos meses, aquel corredor humanitario comenzó a formar parte del nuevo Israel, originado tras el armisticio de la guerra de 1948, en la que el pueblo hebreo se defendió con ahínco frente a los ejércitos de Jordania, Siria y Egipto que, apoyados por los países árabes y por los árabes de Palestina, atacaron a Israel desde todos los puntos cardinales, con el objetivo declarado de arrojar a todos los judíos al mar. A ésa le sucedieron otras guerras que no sólo pusieron de manifiesto la abrumadora supremacía militar de Israel, sino que trasladaron un mensaje nítido de que el pueblo hebreo, unido en su defensa, no estaba dispuesto a permitir que le arrebataran lo que tantos años había tardado en conseguir.

Los pobladores del Israel de esos primeros veinticinco años crecieron en el sionismo. Fueron años en los que se creó un país de la nada, en los que, a pesar de la constante amenaza de la aniquilación, los pioneros sionistas transformaban pedregales en huertos fértiles. Fue también una época de florecimiento de la producción científica en diversos ámbitos, de la mano de la pujante Universidad Hebrea de Jerusalén. Y a esos años corresponde una de las épocas más prolíficas de la literatura hebrea. La sociedad civil, a pesar de sus discrepancias, compartía un sentido de camaradería por el que cualquier hombre o mujer se mostraba dispuesto a dar su vida por el sueño de construir un lugar en el que vivirían los judíos, en armonía con la tradición y cultura hebrea, en el seno de un Estado democrático moderno y en el que todos los ciudadanos gozarían de igualdad de derechos sociales y políticos.

Es obvio que fracasaron. Tras la anexión de Gaza y Cisjordania en la guerra de los seis días, el Estado sionista tenía que renunciar necesariamente a uno de esos tres pilares: un Estado hebreo y democrático viable precisaba la negación de los derechos políticos -más allá de los sociales- a los millones de árabes que quedaban dentro de sus dominios.

Es a partir de entonces cuando la sociedad israelí comienza a experimentar una escisión. Esa unidad cívica, que unía a todos los segmentos de la heterogénea sociedad israelí, desde laicos a ultraortodoxos, en su voluntad de crear un hogar para el pueblo judío, empieza a resquebrajarse cuando llegan noticias de los territorios ocupados, donde el ejército israelí campa a sus anchas, vulnerando los más elementales derechos de los palestinos y en el que el establecimiento de los primeros asentamientos de colonos en una tierra que la comunidad internacional nunca ha reconocido como israelí es percibido como una agresión a los pobladores originales de Judea y Samaria.

Para una parte de la sociedad de Israel, a la que los medios de comunicación europeos no suele atribuir la importancia que tiene, la historia de la ocupación es la historia de la traición de Israel a sus propios principios inspiradores, por los que tantos pioneros sionistas derramaron su sangre. Pero, quizá, el verdadero problema reside en esa otra parte de la sociedad que justifica todas las atrocidades cometidas por los suyos sobre la base de las necesidades de seguridad de un Israel en permanente estado de excepción.

Uno de los puntos de inflexión llegó en 1982, cuando las tropas israelíes, comandadas por Ariel Sharon, llegaron a las puertas de Beirut con el ánimo de imponer a Bashir Gemayel como presidente del país vecino. El gobierno había aprobado la invasión de una franja de cuarenta kilómetros para evitar el lanzamiento de misiles palestinos desde el sur del país, pero Sharon decidió emprender un camino triunfal hasta la capital de Líbano para acabar con el centro de operaciones de la insurgencia palestina, asentado en la ciudad. Lo que ocurrió después lo ha reflejado Ari Folman en su magnífica película “Vals con Bashir”. Tras el asesinato de Gemayel, el mismo día de su toma de posesión, las facciones falangistas cristianas, apoyadas por el ejército israelí, procedieron a la aniquilación de tres mil personas en los campos de refugiados de Sabra y Shatila, a pesar de que los activistas palestinos los habían abandonado un par de semanas antes en buques con rumbo a Túnez.

Esa atroz operación de exterminio de la población civil desencadenó una ola de protestas entre el pueblo israelí. También dio lugar a un ejercicio de introspección colectiva, por el que una buena parte de la sociedad comenzó cuestionarse la legitimidad de esos actos, con independencia de las razones últimas que los hubiesen inspirado, y a preguntarse por el destino colectivo de un Estado que atropellaba los derechos más elementales de sus vecinos. Sin embargo, otra facción del pueblo israelí decidió mirar hacia otra parte, culpando a todos los palestinos de su propia suerte, por su connivencia con los ataques de los misiles dirigidos hacia suelo israelí. Y es aquí donde radica el problema. Cuando la muerte de civiles se celebra como un paso más hacia la victoria final, deja de importar cuáles son las razones, legítimas o no, que lleven a desencadenar cualquier ofensiva.

El debilitamiento de la imagen exterior de Israel en los últimos treinta años tiene mucho que ver con esta actitud de una parte de su sociedad. Son muchas las voces que se erigen en favor del derecho de Israel a existir como hogar del pueblo judío, con fronteras reconocidas por la comunidad internacional, incluyendo los países árabes, y en paz con sus vecinos. Son muchos los que manifiestan su simpatía con el proyecto sionista y sus principios fundacionales, comprometidos con la democracia y la provisión de derechos sociales a sus ciudadanos. Pero muchas de estas voces también se erigen frente al Estado de Israel que lanza bombas de fósforo blanco con las que se abrasan los hijos de los terroristas de Hamás, que arrasa escuelas en la que se refugian civiles de los ataques que derrumban sus casas, o que condena al sufrimiento absoluto a toda una población civil.

Hace años que la legítima defensa de Israel frente a sus agresores se ha envenenado con el ideario que defiende que también es legítimo emplear todo su poderío militar para aplastar al adversario. Parece que Israel no ha comprendido que, a pesar de que se defiendan causas justas, o que por más que viva amenazado de aniquilación, un Estado democrático no puede pasar por encima de los derechos humanos más elementales. Los combates cuerpo a cuerpo en la periferia del Jerusalén de 1948 y la destrucción de la aviación egipcia por los cazas israelíes en la guerra de 1967 se asemejan en que, en ambos casos, el pueblo hebreo respondía legítimamente a las agresiones de sus vecinos, con el objetivo de eliminar la amenaza de quienes querían borrarles del mapa. Y de estas batallas puede enorgullecerse todo el pueblo judío. Por el contrario, del ataque a la franja de Gaza de las últimas semanas se desprende la sospecha de que, con independencia del legítimo objetivo original de destruir la base operativa de Hamás y detener el lanzamiento de cohetes sobre el sur de Israel, Ehud Olmert ha pretendido reivindicarse tras su fracaso en la guerra frente a Hezbolá, así como, de paso, ha utilizado el ataque para mejorar las perspectivas electorales de Kadima. La masacre que ha venido después, así como su aprobación entre amplios segmentos de la sociedad, que ha observado la matanza de más de mil cien personas y la destrucción de la infraestructura básica de la franja con complacencia, sirve de constatación de que una parte de los israelíes se ha alejado demasiado de los ideales nobles de los pioneros que tendían puentes humanitarios con los judíos asediados de Jerusalén y que edificaban vergeles en el desierto. Veintiséis años después de invadir Beirut, el ejército israelí ha vuelto a bailar un vals macabro, esta vez consigo mismo. Un vals con el abismo, que aleja a Israel un poco más de lo que pretende ser.