Un sainete para una convicción

Aitor Riveiro

Ocho horas. Eso es lo que dura la palabra del Grupo Socialista en el Congreso de los Diputados. En la mañana de ayer, una sorprendente noticia llegaba a las redacciones: el PSOE aceptaba una enmienda presentada por el grupo conformado por IU, ICV y ERC en virtud de la cual el Congreso exigiría al Gobierno que articulara las medidas necesarias para garantizar la sostenibilidad de las cuentas públicas, mermadas por culpa de la crisis económica.

‘Grosso modo’, la enmienda (aquí se puede consultar en formato PDF) pedía modificar las deducciones del IRPF para que estas fueran más progresivas y redistributivas. El texto pactado hacía referencia explícita a la compra de vivienda y a los tan manidos como poco útiles 400 euros, aquella propuesta estrella en materia fiscal que quedó en una propina de un máximo de 30 euros al mes para los asalariados.

Además, se exigía “introducir elementos de progresividad” en el cheque-bebé de 2.500 euros que adoptó el Gobierno en su primera legislatura; elevar el IRPF a las rentas más altas; eliminar de una vez por todas la discriminación que los trabajadores nacionales sufren sobre los extranjeros en virtud de la cual aquellos que vinieran de fuera y trabajaran menos de 6 años pagarían, ganaran lo que ganaran, un IRPF similar al que paga alguien con un sueldo de 17.000 euros (la conocida como ‘Ley Beckham’, por ser los deportistas de elite sus beneficiarios más mediáticos) “con el fin de evitar abusos manifiestos” (cinco años había tardado el PSOE en darse cuenta de dichos abusos).

Se pedía, por último, poner en marcha una fiscalidad ambiental real, tal y como figuraba en el programa del PSOE y tal como se pactó ya en 2007 con la propia ICV y situar el déficit de las comunidades autónomas en el 2,5%.

Digo que el anuncio era sorpresivo porque pocos se esperaban que los socialistas se retractaran en determinados asuntos (400 euros y cheque-bebé) y porque la ‘ley beckham’ funciona en España desde antes que el PSOE gobernara, aunque hasta ahora poco caso se le había hecho.

Sin embargo, a media tarde, otro ‘flash’ informativo más sorprendente si cabe llegaba a los medios: el PSOE decidía retirar la enmienda pactada con IU, ICV y ERC. El motivo esgrimido por el portavoz del Grupo Socialista en el Congreso es que tanto Herrera como Llamazares, portavoces de ICV e IU respectivamente, anunciaron con posterioridad al anuncio del pacto que tenían pensado abstenerse en la votación que mañana debe fijar el techo presupuestario para los presupuestos de 2010, trámite inexcusable para su tramitación.

Según parece, Herrera y Llamazares no han accedido a las peticiones del PSOE y se han mantenido firmes en su postura (la misma que ya estaba anunciada y que en ningún momento de la negociación de la enmienda se comprometieron a cambiar), por lo que Alonso, “por coherencia”, ordenó retirar la enmienda: si tú no me apoyas, yo no te apoyo.

Acto seguido, CiU, anunciaba que sus diez diputados, siempre que la retirada de la enmienda fuera real, también se abstendrían mañana, permitiendo que el PSOE saque con mayoría simple la votación.

El sainete vivido en el Congreso deja varios titulares. Por un lado, la izquierda vuelve a demostrar su incapacidad para hacer las cosas bien. Resulta evidente que la enmienda era buena y necesaria, no ahora, sino hace muchos años: las deducciones por inversión en vivienda, los 400 euros o los 2.500 exigen progresividad para ser elementos justos, y a día de hoy no la tienen; la llamada ‘ley Beckham’ es bochornosa para cualquiera que se autoproclame progresista.

Sin embargo, el PSOE sólo se ha tomado la molestia de estudiar dichas reformas cuando una votación, la de mañana, ponía en peligro la tramitación de la ley de presupuestos, es decir, cuando la aritmética parlamentaria ha puesto a Alonso y su Grupo entre la espada y la pared.

Por otro lado, no parece muy lógica tampoco la postura de ICV e IU. Si bien es cierto que la aprobación de la enmienda no es garantía de nada y algunas de las medidas en ella contemplada ya habían sido votadas con anterioridad en el Parlamento, con el silencio como respuesta del Gobierno, nada les costaba a Llamazaes y Herrera votar ‘sí’ mañana y forzar, luego, en la negociación de los Presupuestos. ¿Por qué no lo han hecho? La respuesta, creo, está en CiU.

Porque, como decía antes, CiU salió rauda a confirmar su abstención en la votación de mañana, lo que garantiza que el PSOE la salvará. Por suerte o por desgracia, los votos necesarios son los de CiU, no los de IU e ICV, por lo que en las formaciones rojiverdes debieron de verle las orejas al lobo: ¿no será que el PSOE nos ofrece este azucarillo, que luego nunca podremos saborear, para sacar adelante la votación del jueves y luego si te he visto no me acuerdo? ¿No nos estarán usando para dar celos a CiU? La cosa estaba clara y Llamazares ha debido de decirle a Alonso algo así como “las medidas son acertadas y, tal y como indica tu propia enmienda, en algunos casos servirán para poner fin a ‘abusos manifiestos’, por lo que tu obligación es aprobarla, con mi ‘sí’ o con mi abstención”.

Se equivoca el PSOE a mi juicio echándose en brazos de CiU. La misma CiU que el 7J pedía a Rajoy que presentara una moción de censura contra Zapatero, que ha dicho en múltiples ocasiones que “lo mejor es un gobierno del PP en Madrid y uno de CiU en Cataluña” o que piensa votar en contra de la ley de plazos, una de las propuestas estrella del presidente, según él mismo ha declarado.

Es un error, además, porque las últimas elecciones europeas han demostrado que el suelo electoral del PP es ligeramente superior al del PSOE, cuyos votantes son más remisos a ir a las urnas cuando las cosas no se hacen como ellos querrían.

Pero, sobre todo, lo ocurrido ayer en el Congreso es la plasmación de que las iniciativas políticas no se hacen pensando en el bien común o en las ideas que, supuestamente, los partidos defienden, sino en función del miedo a perder una votación. Eso es lo que no perdona una inmensa mayoría de los ciudadanos; es el motivo por el que miles de votantes de izquierdas se quedan en su casa cuando toca ir a las urnas: la convicción de que, en los momentos difíciles, sus intereses se verán superados por los de los partidos políticos.