Un mundo hecho de representación y voluntad

Ricardo Parellada 

En este maravilloso blog está empezando a alcanzar la categoría de tópico el denostar a las humanidades en general y a la filosofía en particular. Ayer mismo tres de sus mayores luminarias (van den Broek, Cicuta y Permafrost) se despacharon a gusto a primera hora de la mañana. El último fue especialmente incisivo: «Reconozco que cuando leo frases como ésta: “Es fácil ver aquí la influencia de Schopenhauer, quien había expandido la filosofía kantiana hasta concebir un mundo hecho de representación y voluntad. Esta última entidad nouménica, ciega en su ímpetu cósmico…”, sencillamente, me siento gilipollas, por decirlo pronto y mal. ¿Qué es un mundo “hecho de representación y voluntad”? ¿Qué es esa “entidad nouménica”, nada menos que “ciega en su ímpetu cósmico”? Mi pobre intelecto siempre me ha dejado abandonado ante estas efusiones conceptuales».

 

A diferencia de Permafrost, a mí me parecen patentes tanto el sentido como la verdad de la afirmación de que el mundo está hecho de representación y voluntad. Intentaré probarlo en mil palabras y mostrar que las expresiones que cita no son simples “efusiones conceptuales”, sino que responden a problemas muy profundos y muy difíciles. Y me daré por satisfecho si consigo tres cosas: que algún bloguero empiece a pensar que quizá haya ahí algún problema, no sólo palabras; que el gobierno espere un poco más antes de cerrar las facultades de letras; y que otros blogueros se animen a mostrarnos en mil palabras el sentido de las ciencias ocultas que cultivan, como la economía, la sociología, la politología o el derecho, que no saben predecir las crisis ni los resultados de las elecciones y no ofrecen más que galimatías ininteligibles sobre los fundamentos del derecho y la justicia.

 

Primero la representación.

 

Según parece, las leyes matemáticas no las tomamos del mundo con los ojos y las manos, que son los instrumentos con los que observamos la inmensidad del cosmos y arrancamos los tesoros del suelo. Es cierto que incluso eso se puede cuestionar, pero sólo vale hacerlo con razones, no con efluvios conceptuales. Para demostrar que los ángulos de un triángulo suman dos rectos, por ejemplo, no hay que hacerlo muchas veces con tinta o tiza, sino que vale una vez con un palo en la arena, y no hay que hacerlo por el día y por la noche, al nivel del mar y en la montaña, en invierno y en verano. Eso atentaría contra la dignidad intrínseca de los triángulos. A ningún matemático ni a ningún filósofo se le ocurriría (no sé si a juristas o científicos sociales) encargarles a los astronautas que comprueben si les sale la demostración en ausencia de gravedad, como sí tienen que comprobar el comportamiento de las reacciones químicas o la resistencia de los materiales. Las demostraciones geométricas se hacen con los ojos de la mente, no con los del cuerpo, y por eso no hace falta hacer encuestas ni estadísticas. Las matemáticas se crean o se descubren sin preocuparse de la temperatura, la gravedad, la altitud, la inflación, el paro y otras nimiedades de la empiria. Se crean, con perdón, a priori. Y esto vale, como es evidente, para estructuras espaciales curvas o raras, que no sabemos apresar con los ojos de la cara ni de la mente, sino sólo con números y fórmulas. 

 

Ahora bien, las ciencias de la naturaleza expresan sus avances en forma matemática y enuncian leyes y regularidades para el funcionamiento de los fenómenos. La naturaleza parece estar escrita en lenguaje matemático. O quizá lo que esté escrito en lenguaje matemático no sea la naturaleza, sino sólo la ciencia de la naturaleza. Mas ¿el lenguaje matemático de la ciencia de la naturaleza no lo vamos descubriendo y creando a priori? ¿Cómo es posible que un lenguaje que vamos inventando a priori resulte ser precisamente el lenguaje en el que está escrita la naturaleza? Qué lío. ¿Cómo es posible que vayamos inventando a priori las leyes que luego nos permiten describir con toda exactitud la estructura y el comportamiento de muchos fenómenos naturales? A bote pronto se me ocurren dos opciones: hay una armonía muy curiosa entre la matemática y la naturaleza; o, quizá, la ciencia matemática de la naturaleza es la manera como vemos y nos aproximamos al mundo. En este segundo caso, nuestro mundo es nuestra representación del mundo y no sabríamos qué pensar del mundo al margen de nuestra representación. De ahí que el mundo esté hecho de representación.

 

Y ahora la voluntad.

 

Supongamos que ampliamos nuestro cerebro y nos metemos dentro de él, como si fuera un molino (© Gottfried Wilhelm Leibniz). ¿Qué veríamos? Tuercas, cuerdas, poleas, engranajes, si utilizamos la imagen antigua. Neuronas, dendritas y átomos cargados saltando de unas a otras, si estamos un poco más al día. Lo bonito de la filosofía es que una imagen tan arcaica pueda servir para plantear problemas tan actuales. Si nos hemos metido en el cerebro con un montón de instrumentos y aparatos, podremos medir la tensión de las cuerdas, la resistencia de las poleas, la longitud de las dendritas, la diferencia de potencial entre sus extremos, la temperatura ambiente e infinidad de cosas más. Pero si no se trata de un molino, sino de un cerebro, es posible que el yo al que corresponde esté imaginando multitud de cosas, haciendo demostraciones geométricas, sintiendo la alegría de vivir, presintiendo la cercanía de la muerte o proyectando su futuro inmediato: ¿a dónde vamos a cenar? Si se trata de un molino, quiero decir un cerebro o un yo (tanto da desde el punto de vista económico o jurídico ¿no?) con formación humanística, es posible incluso que se esté haciendo la gran pregunta: ¿soy clásico o romántico?

 

Ahora bien, no parece que midiendo la tensión de las cuerdas o la diferencia de potencial de las dendritas podamos obtener mucha información sobre las grandes ni las pequeñas dudas del yo: ¿clásico?, ¿romántico?, ¿cenar aquí?, ¿cenar allá? Pero hay algo mucho peor. Me hago cargo que difícilmente puede uno, por filósofo que sea, decidir sin más si es clásico o romántico. Pero quizá uno sí puede decidir libremente cenar en un chino o un indio, salir a cenar o al cine, matar a un rival, engañar a un amigo, votar a fulano o a mengano, defraudar al erario público o cobrar comisiones ilegales. Ciertamente, todas esas cosas parecen insignificantes cuando uno se fija mucho en los calambres neuronales. Pero cuando levantamos la vista decimos que hacemos casi todas esas cosas voluntariamente y llamamos voluntad a la capacidad de los seres psicológicos de generar novedades. Pero la voluntad no sale en ninguna foto, no hay representación de ella. No aparece, no es fenómeno (lo que aparece). Y a lo que no aparece, no vemos, no representamos, sino sólo pensamos y conocemos indirectamente por la infinidad cósmica de sus efectos, se le califica de noúmeno (lo que pensamos, aunque no aparezca). 

 

Todavía falta que un listo explique qué quedaría en pie de la economía, la sociología, el derecho y la vida corriente si no presuponemos este no sé qué que no vemos ni mucho menos entendemos, pero absolutamente omnipresente en nuestra vida individual y social: la capacidad para generar los pensamientos y las acciones voluntarias. A mi admirado Permafrost le parece hiperbólico hablar del “ímpetu cósmico de la voluntad”. A mí me parece que la expresión de Schopenhauer es bonita, pero se queda muy corta ante tamaña cosa.

 

Lo que no ofrece duda alguna es que el mundo está hecho de representación y voluntad.