Un mapa de las culturas

Frans van den Broek

Discurrir sobre otras culturas (o algo que se le parezca) tiene que ser hábito que se remonte al amanecer de la humanidad. Puedo imaginarme sin mucha dificultad a los tempranos homo sapiens intercambiando chismes y relatos sobre los peludos y feos habitantes de la colina de enfrente, más conocidos entre nosotros como Neandertales. “Emiten unos gruñidos horribles”, habrá dicho algún sapiente homínido de entonces, “y además se roban a nuestros venados sin remilgos”. Tampoco me cuesta imaginarme a algún avezado compañero del mismo decidiendo que la mejor manera de dirimir tan sustanciosa discusión sería de forma gastronómica, esto es, comiéndose a los bárbaros, como parece que puede haber sucedido de hecho en algunos casos.

Como fuera, y sin tener que remontarnos tan lejos, la confrontación con el Otro y el surgimiento de alguna idea sobre el mismo es una luenga tradición de la que tenemos noticia desde los comienzos de la historia. Fascinación y ansiedad –emociones no siempre aliadas con la objetividad- forman parte de la misma, aunque me atrevo a afirmar que más la segunda que la primera. Y arrogancia, por supuesto, dado que todo pueblo tiende a describirse como superior. Ya Herodoto da muestras de la misma, pues aunque sus relatos tratan de ser una descripción veraz de lo que ha visto u oído, no se olvida de recordar al lector que cualquiera las características de otros pueblos y culturas, las de los griegos eran siempre mejores. La historia del colonialismo, tan ligada al origen de la etnología, atestigua de esta tendencia a vernos con ojos favorables y a desestimar a los otros, si bien la tendencia contraria, a exaltar lo ajeno, pertenece también a la historia del espíritu humano. Casi puede decirse que es connatural a la especie humana el tener que decir algo sobre las culturas extrañas y no tan extrañas, y casi siempre bajo la influencia de una mirada tendenciosa, fenómeno del que la inteligencia no nos salva.

Véase el caso de Kant, por ejemplo, quien, en su manía totalizadora, no pudo dejar de decir algo sobre todas las cosas que se cruzaran en su camino, y el carácter de los pueblos del mundo no fue excepción a esta costumbre, pues se permitió describir a algunos de ellos en su libro sobre lo bello y lo sublime, para dilucidar las distintas nociones que sobre estos términos tendrían los pueblos tratados. A España le toca una descripción algo cómica, pues el gran filósofo cuenta que los españoles son un pueblo orgulloso y tan vano que al ver acercarse una carroza, corren a buscar su manto y su espada para que el encuentro no les coja con los pelos sueltos y los ornamentos en casa. Si de algún consuelo nos sirve, debe recordarse que a los pueblos del África negra Kant les dedica palabras un tanto menos adulatorias, ya que considera que no se les conoce signo de inteligencia superior alguna. Por suerte no se le ocurrió decir nada sobre mi atribulada patria peruana, digo yo.

Como dije, la cultura occidental se dedicó con inusitado placer no sólo a conquistar cuanta parte del planeta se prestara a su dominio, sino a estudiar sus colonias con interés de entomólogo, creando de paso las ciencias de la etnología y la antropología, con un poco más de información y rigor que las incursiones kantianas en la caracterología de los pueblos (a fin de cuentas, el pobre Immanuel no había salido de su pueblo y tuvo que valerse de relatos de segunda mano). Estas ciencias no estuvieron, ni lo están, exentas de toda tendenciosidad, y en ellas puede percibirse aún aquella mezcla de admiración y miedo que ha signado la historia de este hábito homínido, pero dado el inevitable avance de las condiciones de investigación y compulsación de los datos, los productos más modernos han sin duda mejorado a sus antecesores en lo que a objetividad se refiere. Hoy por hoy abundan los estudios científicos sobre las culturas, y la discusión filosófica, política y social de las mismas es tema que casi ningún ciudadano mínimamente enterado puede evitar.

He tenido oportunidad de examinar un curioso libro al respecto, que servirá como ejemplo de la abundancia y diversidad modernas sobre el tema. Ahora resulta que al mundo de los negocios, tan pragmático como simplificador, le interesa mucho entender las diferencias culturales, pues se afirma que una mala comprensión de las mismas le cuesta a las empresas cientos de millones de dólares en pérdidas. El libro se llama “When cultures collide: leading across cultures”, y se debe al experto en comunicación intercultural Richard D. Lewis. Este autor basa su libro en estudios ajenos y, sobre todo, en su experiencia personal como transhumante por el mundo empresarial. Lewis clasifica las culturas en tres tipos principales: las culturas que llama lineales-activas, las multi-activas, y las reactivas. A cada uno de estos polos típicos adscribe una serie de características que a su vez puede examinar por medio de cuestionarios que ha distribuido por todo el mundo. Las culturas lineales-activas son aquellas que tienden a organizar sus actividades una por una, a ser dominadas por horarios fijos y esquemas temporales secuenciales, que adscriben un gran valor a la privacidad y planean todo con antelación metódicamente, que son pacientes y prefieren obtener su información de estadísticas y libros de referencia, que expresan emociones con parquedad, que tienen un lenguaje corporal limitado, que siguen los procedimientos y las reglas de manera correcta, que respetan los contratos y acuerdos escritos, que confrontan por medio de la lógica y la argumentación, que no interrumpen durante las conversaciones, que separan lo social de lo profesional, que se dejan orientar por el trabajo, no las personas, y algunas otras características más.

Las culturas multi-activas, por contraste, son más bien extrovertidas e impacientes, habladoras e inquisitivas, gregarias, impuntuales y emocionales, planean las líneas generales solamente, trabajan a horarios dispares, cambian de planes según las circunstancias, interrumpen con frecuencia, se dejan orientar por las personas, no el trabajo, hacen varias cosas a la vez, prefieren la información oral y de primera mano, confían en las redes de contactos más que en los propios méritos, poseen un lenguaje corporal abundante y expansivo, mezclan lo profesional y lo profesional, y otras características por el estilo. Por último, tenemos las culturas que llama reactivas, las que tienden a la introversión y la paciencia, son más bien silenciosas y de oídos atentos, respetuosas y comedidas, esperan a la acción del interlocutor para reaccionar adecuadamente, preocupándose de no herir los sentimientos de los demás, son buenas en discernir los principios generales y orgánicos de las situaciones y las organizaciones, aceptan cambios menores si las circunstancias lo permiten, adscriben gran valor a las redes de contactos y son pensativas y muy honestas, de planeamiento pausado y basado tanto en información de primera mano como proveniente de la investigación, evitan la confrontación y poseen un lenguaje corporal sutil, no interrumpen y enhebran también lo social y lo profesional. Lewis sitúa los países a lo largo de tres ejes que unen estos tres polos categóricos, lo que le permite hacer un mapa esquemático de las naciones del mundo. Estos tipos son, por supuesto, aproximaciones, y todo país tendrá componentes de una u otra de estas categorías.

No le será difícil al lector adivinar en qué lugar del mapa se sitúan algunos de los países más conocidos. Según los estudios de Lewis países como Alemania, Suiza o Luxemburgo se encuentran en el polo más lineal-activo de su clasificación. A nadie sorprenderá que los países latinos se encuentren en el polo multi-activo, ni que Japón se encuentre en el polo reactivo del mapa. Dada la combinación de características, la mayoría de países viajan a lo largo de estos polos y tienden a uno u otro de los mismos en diferentes grados. ¿Dónde se encontraría Rusia, por ejemplo? Según el modelo de Lewis, Rusia se encuentra más cerca del polo multi-activo en el eje linear-activo/multi-activo y alejado del eje multi-activo/reactivo. Bélgica se encuentra justo en el medio del eje que va de lo linear-activo a lo multi-activo, un país que combina las características de los países norteños con las de los más emocionales latinos. Es curiosa la posición de los países nórdicos. Finlandia, por ejemplo, país que Lewis conoce bien y sobre el cual ha escrito un libro específico, es, según este esquema, el más japonés de los países europeos, por sus tendencias reactivas, aunque posee también tendencias lineales-activas. Canadá también se encuentra en este eje que va de lo lineal-activo a lo reactivo, al lado de Finlandia. Las razones pueden ser muchas, algo sobre lo que Lewis no especula demasiado, pero que puede ser interesante analizar si pensamos en la geografía y la historia de los países referidos. ¿Y los países árabes? Se encuentran cerca del polo multi-activo, pero a lo largo del eje multi-activo/reactivo, hecho que vemos en su cortesía, respeto y tendencia a evitar la confrontación en las negociaciones.

Uno puede hacer el test de Lewis, y obtendrá una cifra que lo sitúe en el mapa de marras. Lo hice, por supuesto, y el resultado me situó a mitad de camino en el eje entre el polo multi-activo y el reactivo, y alejado del eje lineal-activo/multi-activo, cosa que si bien no me sorprendió, me hizo reflexionar sobre los componentes culturales de mi propia patria. Los indios del Perú, de los que soy también deudor directo, se parecen en muchos sentidos menos a los cantantes de Salsa que forman parte del imaginario latino que a cualquier campesino japonés. Quizá su lejano origen oriental tenga algo que ver en ello, pero el caso es que se mezclan en nuestro temperamento las fogosidades del conquistador con la reactividad del siberiano o del chino. El test, estoy seguro, daría otro resultado si el respondiente fuera un peruano de rancia estirpe limeña, con más elementos hispánicos y menos indios, pero en mi caso mi familia procede de la sierra y tiene algo más de Fu Man Chú que de Pizarro. Esto me reafirma, además, en algo que he sentido siempre, y es el hecho de percibir pocas trazas de holandés en mi carácter, a pesar de proceder mi padre del país de la naranja mecánica. Creo que el lugar donde un niño crece es fundamental para la formación de su carácter, sobre todo cuando la influencia de la cultura del padre o la madre es muy limitada. Mi finado padre decidió, muy temprano en su vida, que Holanda no sólo era un país pequeño, sino que le quedaba pequeño a su temperamento, no por desamor, sino por inquietud de pirata. Por lo tanto, jamás se preocupó de inculcarnos elementos de su cultura a nosotros sus hijos, y ni siquiera se le ocurrió enseñarnos el idioma. Me parece que mi padre consideró que las identidades se creaban y recreaban a voluntad, hasta cierto punto, y emprendió, por ello, un proceso de peruanización intensivo que le llevó a aprender a beber de un solo vaso la cerveza, a bailar (mal, pero con denodado empeño) la marinera y el huayno, a seleccionar su círculo de amigos sobre todo entre serranos del pueblo de mi madre y a negarse a asistir a las reuniones de la embajada de Holanda, a pesar de su posición favorable en la comunidad neerlandesa de Lima, por un consciente rechazo de lo que él consideraba la arrogancia del europeo que se siente superior al peruano (y superior, por tanto, a su propia esposa, peruana de los Andes). Es imposible librarse por completo del pasado, por supuesto, y no en vano he ido a parar a esta tierra gris y tolerante –algo de holandés habrá en mí, después de todo-, pero tampoco me sorprende que en el esquema de Lewis se refleje mi propia historia personal. Lo interesante de estas aproximaciones a las culturas es su pragmaticidad y su análisis de los elementos constitutivos sobre la base de ciertas características más o menos medibles, por más imperfectas que sean. Evitan, también, la categorización estricta por países, y, por tanto, los clichés que se asocian a las naciones y los pueblos. Como ya señalé, todo país, en esta perspectiva, es una mezcla de elementos heterogéneos que los sitúan en un espectro continuo de distintas categorías a la vez. Además, se trata de libros más bien divertidos, sin más pretensiones que las de ayudarnos a navegar los mares de las culturas con mejor instrumentos que los que llevaron a Kant a hacerle buscar las espadas y los mantos a los españoles. Por último, se trata de libros algo simplones, pero bien intencionados, que buscan la comprensión mutua, sin caer en el relativismo posmoderno que considera toda costumbre y característica de igual valor en el perverso panorama de la globalización o en el fundamentalismo occidentalista u orientalista. Dado que les preocupa hacer negocios, ciertos valores básicos de interacción humana se asumen como presupuestos. Claro está, su ingenuidad de base les impide profundizar sobre “confrontaciones civilizatorias” o “identidades nacionales” y menos aún sobre fenómenos como el Islam militante o la guerra contra el terrorismo. Pero a veces me satisface la ingenuidad, como no fuera más que para evitar el soponcio y la depresión que producen las profundidades mediáticas de hoy en día, o, más bien, para no olvidarme de la espada y el manto, que siempre es posible encontrarse con un Kant o un Neandertal en el camino. Y nadie quiere que lo encuentren a uno despeinado.