Un judío musulmán entre Oriente y Occidente

Frans van den Broek

 

 

Quiso la casualidad -pero alguna vez me dijo un poeta cum profesor de yoga peruano que el azar era una suposición elegante, pero insustancial, y Nietzsche reflexionó a su vez que los libros que necesitábamos se atravesaban misteriosamente en nuestra vida- que cayera en mis manos un libro de cuya existencia no había tenido ni idea hasta el momento fortuito de encontrármelo en un mercadillo de libros usados de Amsterdam. No hubo más razón para escogerlo que el título (que coincidía en principio con uno de mis intereses más fieles), un breve repaso de la contratapa, y mi compulsión a comprar cuanto material escrito presente perspectivas de entretenimiento y tal vez algo de saber. El libro, según pude descubrir después, había sido recibido con aclamación por la crítica en varias lenguas, pero había eludido mi atención por completo. Quizá mejor así, porque pude leerlo justo en momentos en que el Cáucaso volvía a ser motivo de preocupación internacional a raíz del conflicto militar entre Georgia y Rusia, y su lectura me sirvió de contrapunto adecuado para comprender mejor las raíces de un problema que desafía no sólo la capacidad de análisis de los así llamados expertos, sino, sobre todo, de los mismos implicados. Se trata de ‘El Orientalista’ de Tom Reiss, editado en España, según me informa la página web del autor, en Anagrama. A su vez, la lectura de este libro me impulsó a comprar cuanto antes la novela ‘Ali y Nino’ del escritor musulmán Kurban Said, por razones que el lector comprenderá de inmediato. A estas dos obras quisiera dedicar un breve comentario.

 

Durante más de cincuenta años la verdadera identidad del escritor de la hermosa novela ‘Alí y Nino’ estuvo en disputa. Un príncipe musulmán o una austriaca aristocrática, ninguna de las especulaciones que se originaron en torno a Kurban Said parecían excluir otras y determinar de manera innegable la identidad del autor. La novela fue publicada por primera vez en 1937, en una Alemania ya embarcada en la aventura suicida del nazismo, y escrita en lo que entiendo es un alemán diáfano, aunque no exento de misterio. A mí me tocó leerla en holandés, circunstancia que, con todo respeto por la lengua de Johan Cryuff, no creo haya hecho nada para mejorar la novela, aunque por su cercanía germánica a la lengua original me permitió apreciar algo del estilo a la vez claro y sensual del autor. La novela tuvo un relativo éxito (como todos los libros del que luego se sabría era el autor real), a pesar de haber sido publicada en tiempos tan poco propicios a las divagaciones orientalistas, pero luego pasó más o menos al olvido, ahogada por la miseria de una de las décadas más espantosas de la historia de la humanidad. Alguien la redescubrió al comienzo de los 70, la tradujo al inglés, y dada la repercusión mayor de cualquier libro escrito en el mundo anglosajón, sacó a su escritor del olvido, si bien no disipó de inmediato el misterio de su autoría. Hasta que apareció Tom Reiss, quien después de una exhaustiva investigación de cinco años pudo establecer que quien se escondía tras el seudónimo de Kurban Said no era un príncipe musulmán o una noble austriaca, sino un judío nacido en Baku, Lev Nussimbaum, a cuya pluma se debían ya varios libros, publicados bajo otro seudónimo, el de Essad Bey, que le había hecho famoso con títulos como ‘Sangre y Petróleo en el Cáucaso’ o con biografías como la de Stalin, una de las primeras en revelar el lado más sórdido de este demónico personaje. Pero tan o más interesante aún que descubrir la identidad del personaje, fue la de encontrarse con un hombre cuya historia personal era tan fascinante como su novela, una historia en la que un judío azerbayiano se transmuta en escritor musulmán, después de sufrir revoluciones, escapar al exilio, conocer la fama, el amor y el matrimonio, para perderlo todo y morir joven en una Italia todavía enrevesada en el fascismo y la guerra. 

 

El libro de Reiss enhebra la historia de su investigación con la de su propio sujeto, Lev Nussimbaum, además de regalarnos con verdaderos tesoros de información adicional sobre el contexto histórico que le tocó vivir a este escritor peculiar, e historias anecdóticas dignas de la mejor novela de aventuras o incluso de las Mil y Una Noches. Son tantos los temas que aborda, que limitaré mi comentario a un par de ellos cuya actualidad desdice la época en que la famosa novela de Kurban Said fue publicada: la vieja tensión entre Oriente y Occidente, el surgimiento del fanatismo musulmán y la atormentada relación entre el mundo judío y el mundo islámico.  

 

Lev Nussimbaum nació en Baku, la capital de Azerbaiyán, en 1905, en los últimos años, pues, de la Rusia Zarista. Quien escuche el nombre de esta ciudad hoy en día en nuestro autocomplacido mundo occidental, no podrá evitar, me imagino, la evocación de un mundo semi-mítico, del cual se sabe poco más allá del hecho de que casi de seguro se trata de una ciudad subdesarrollada y lejana, poco presente en los itinerarios turísticos por el oriente. A los más enterados les recordará el desmembrado imperio soviético, o el mar Caspio, o el petróleo codiciado por Hitler y que nunca pudo obtener, perdiendo así la guerra con Rusia. Reiss disipa nuestra ignorancia con agradable pericia periodística y logra brindarnos una imagen fresca y atávica a la vez de aquella ciudad tramontana.  

 

 Baku, en los años en que nació Nussimbaum, era una ciudad que reflejaba en sí misma la eterna fluidez de fronteras –fluidas, pero fronteras, después de todo- del oriente con el occidente. De aquella región provenía más de la mitad del crudo consumido por un mundo cada vez más dependiente de la energía fósil. Por sus calles se paseaban camellos y dromedarios junto a Fords último modelo, y la ciudad antigua, con sus murallas y palacios ancianos, sus callejas oscilantes y sus cafés humosos, convivía con palacios y mansiones de estilo europeo, nuevas mezquitas construidas por los muchos barones del petróleo que poblaban la ciudad, y en ella se podía encontrar hasta una réplica exacta de una catedral gótica parisina, convertida en colegio para niñas huérfanas. Casi literalmente, la región estaba sumergida en petróleo hasta las orejas, y no faltó el campesino humilde que hiciera su fortuna al descubrir la sustancia en su terreno tras un terremoto que la hiciera surgir por alguna de las benditas grietas que aparecieron. Nombres como el de los Rothschildt y de los Nobel (del premio homónimo) aparecían en la lista de sus millonarios, uno de los cuales era el padre de Lev, Abraham Nussimbaum. Lev, por tanto, tuvo una niñez acomodada y una educación como correspondía a su posición social. Pero este mundo estaba destinado a desaparecer por los atronadores acontecimientos históricos que siguieron a su nacimiento.

 

El imperio zarista, ya debilitado, no pudo aguantar al final la absurda Gran Guerra y se desmoronó bajo la presión revolucionaria. Si hasta entonces la guerra había sido para Baku un evento lejano, en el que el gobierno central estaba embrollado, y hasta una oportunidad económica por el petróleo que se necesitaba para su continuación, el triunfo del bolchevismo significó el inicio del caos, primero, y de una brutal represión, después. Curiosamente, la madre de Lev había sido simpatizante comunista, a pesar de su matrimonio con uno de los empresarios más ricos de Baku, y hasta había ayudado a Stalin en su momento, cuando este aprendía los gajes del oficio mafioso en que convirtió a la Unión Soviética más tarde. Lev conoció personalmente a Stalin y jamás le tuvo simpatía, aunque escribió su biografía. La madre de Lev se suicidó tomando veneno, cuando Lev todavía era niño, tal vez desgarrada por sus lealtades opuestas. Lev cultivaría desde entonces uno de sus desprecios más constantes en una vida llena de vaivenes ideológicos: su odio a la revolución, al comunismo que había visto en su rostro más torvo desde muy temprano. De aquellos años vino también su afinidad más constante, de la que construyó una identidad alternativa y a la que dedicó la mayor parte de sus energías creativas y vitales: su amor por el Oriente en general, y por el Islam en particular. 

 

La familia Nussimbaum tuvo que huir, por supuesto, como muchos, y su huida es una historia digna de película (el nombre de Abraham Nussimbaum figuraba ya en una lista de burgueses a ser asesinados por los comunistas, hecho del que un primo, por suerte, les informó). Reiss nos relata el itinerario de los Nussimbaum, que los lleva desde Baku hasta Berlín, pasando por Georgia, Persia, Turquía, y varios paises europeos. Lev dejó el oriente físico, pero jamás el espiritual, y siendo muy joven aún se convirtió al Islam. Cabe decir aquí que el Islam de Azerbaiyán no es el Islam de los Aya tollas o de los Saudíes. Uno debe pensar en el Islam de la Turquía de hoy para hacerse una más cabal idea del oriente islámico que Lev tiene que haber tenido en mente al convertirse y asumir el nombre de Essad Bey.  

 

En su obra y en su persona, este judío musulmán encarnó la tensión presente hasta hoy entre los modelos de vida o modos culturales o tipos de civilización –o como quiera llamárselos- que se ha dado en llamar Oriente y Occidente. Su vida y su obra parecieran querer decirnos que es posible la convivencia de estos modos, pero que no es posible su completa fusión, ni que es posible esperar una convivencia sin temblores o tropiezos. Lev había conocido una Baku liberal y tolerante, pero pronto la historia quebró esta siempre inestable armonía y lanzó a unos contra otros, bajo la égida de diversos membretes ideológicos o étnicos o religiosos. Lev admiró a Occidente y vivió en él por el resto de su vida –obligado, es cierto, por las circunstancias-, disfrutó de su educación y de su liberalidad, de su progreso científico y de sus democracias, pero jamás pudo olvidar el misterio espiritual de un mundo anclado en tradiciones milenarias, embelesado por mitos épicos y fantasías guerreras, con los ojos dirigidos a un mundo imaginario, místico o ultramundano. A un narrador como él, la inagotable fuente de historias que es el oriente tuvo que apelar a su espíritu creativo, a la vez que no era inconsciente de la necesidad de acercarse a una Europa próspera y democrática, pero quizá demasiado embarcada en el curso materialista en que se encontraba ya entonces.  

 

A este respecto, los comentarios que dedica a su permanencia en los Estados Unidos de Norteamérica son harto significativos de su tonalidad espiritual. De hecho, jamás se sintió feliz en dicho país cuando le tocó pasar una temporada allí, casado con una millonaria con ínfulas de intelectual y rodeado de gente entregada de manera grosera al enriquecimiento por mor de sí mismo. Su relación con Occidente refleja sin duda también la larga polémica intelectual rusa entre occidentalistas y eslavófilos, tan bien expresada por autores como Dostoievsky, si bien en su caso el oriente islámico ocupa el lugar del alma campesina rusa y de la iglesia ortodoxa. La relación de desconfianza con los desarrollos más nocivos de Occidente fue reforzada de manera dramática por su experiencia del bolchevismo caucásico, a quien no podía dejar de ver como uno de los rostros deformes del occidente tecnológico y científico. La repartición del horror, sin embargo, es más uniforme y extendida que cualquier división ideológica, y Lev había podido experimentar de primera mano la locura colectiva en que pueden caer los humanos cuando las líneas de identidad se convierten en cuestión de vida o muerte, con rusos asesinando a musulmanes, y sunníes a shiítas, o turcos a armenios y los bolcheviques a todos sin excepción, incluidos los propios compatriotas y correligionarios.

 

Como fuera, Lev se creó una nueva personalidad, la de Essad Bey, y hasta se inventó una línea ancestral que hacía de su padre no un empresario judío del petróleo, sino un príncipe musulmán. Lev solía vestirse como guerrero caucásico y se hizo adherente de una corriente hoy más o menos olvidada del judaísmo internacional (que da título al libro de Reiss): se hizo un orientalista. Porque hubo un tiempo en que algunos judíos asimilados de la Europa de entreguerras postularon la necesidad de una alianza con el mundo islámico para poder mejor enfrentarse al crecimiento ineluctable de un occidente cada vez más posesivo y triunfador. Su interés se reflejó, como no podía ser menos entre judíos cultivados, en un interés intelectual y académico por todo lo oriental, pero surgía de una preocupación existencial que se ha repetido, en otros contextos, a lo largo de la historia. Los judíos de la diáspora habrían sufrido, por su propia necesidad de asimilación, un proceso de alienación y debilitamiento de su savia vital más profunda –entidad más metafísica que física, por supuesto-. Al asumir los modos de vida europeos habrían perdido la energía espiritual de sus ancestros, nómadas y talmudistas, poetas y guerreros, y se habrían dejado llevar por la decadencia espiritual de Occidente. Volver a las raíces judías significaba reencontrarse con aquel oriente interior en proceso de desaparición en la propia comunidad. Los árabes eran semitas, a fin de cuentas, miembros de la misma gran familia cultural y hasta racial, y podrían comprender el espíritu semítico mejor que los judíos europeizados.  

 

Cabe recordar que pensar en términos de razas y espíritus del pueblo era cosa común en la Europa previa a Hitler (y lo va siendo de nuevo en la Europa de las regiones, al parecer), y que Israel no existía como estado. La hermandad semítica se ve reflejada negativamente en el mismo término de anti-semita, acuñado hacía unos años para referirse a los pueblos bárbaros del desierto medioriental, y que más tarde se usaría en exclusiva para los judíos. Lev, por afinidad estética tanto como cultural, creía en la unión de musulmanes y judíos, creencia que dirigió su vida y le dio sustancia. Esta creencia, empero, le llevaría a veces por caminos peligrosos políticamente, pues su semitismo y su desprecio a la revolución le harían aunarse a personas de dudoso pedigrí moral, algunas, paradójicamente, simpatizantes de los nazis. Al final de su vida colaboró, incluso, de manera tangencial con el régimen de Mussolini y hasta se ofreció, con desespero de moribundo, a escribir su biografía. Dígase en su defensa –si es que tiene alguna- que el régimen fascista no fue inmediatamente anti-semita y que sólo había sobrevivido gracias a una astucia que no desencajaría en las páginas de ninguna fábula oriental.  

 

Lev declinó varias oportunidades de huida antes de la guerra mundial, atraído por aquella Europa que amaba y temía a la vez y que se precipitaba a la miseria. Tal vez pensó que su arte de máscaras lo terminaría salvando siempre, como había hecho hasta entonces. El nombre de Kurban Said fue parte también de este baile de máscaras, pues le dio la oportunidad de publicar su libro ‘Alí y Nino’ bajo el nombre de un misterioso escritor musulmán, y no de un conocido escritor proveniente del Cáucaso y, peor aún, del que podría averiguarse sin demasiado esfuerzo que era en verdad un judío de familia venida a menos. Además, las autoridades de la Gestapo dieron por bueno el registro del libro bajo el nombre de una amiga de Lev, creyéndose que era su seudónimo. Así aparece en las listas de libros publicados en el año 1937, como obra de la baronesa Elfriede Ehrenfels von Bodmershof, esposa del barón Omar-Rolf von Ehrenfels, un orientalista amigo de Lev.  

 

Kurban Said, o Essad Bey, o Lev Nussimbaum moriría en Positano, en Italia, en el año 1942, víctima de una extraña enfermedad que le causó una necrosis creciente en el pie y la pierna, por la que sufrió de modo horrible. Sigue enterrado allí.

 

¿Qué pensaría Lev ahora, en consiguiente, de la absurda y patética situación en Palestina? Con toda seguridad le habría horrorizado, según se deduce de la lectura del libro de Reiss, y de la misma novela mencionada de Kurban Said. En esta última, y en otras partes, el autor advierte con sutileza y presciencia de los peligros del fundamentalismo religioso (del fundamentalismo comunista también, si se extiende el significado del término). Alí, un muchacho musulmán, hijo de una familia acomodada, basada en la suya propia, se enamora de Nino, una muchachita hermosa de una familia cristiana proveniente de Georgia. La barrera religiosa es un obstáculo, pero un obstáculo que saben salvar, no sin drama y hasta muerte. Los valores más tolerantes de la familia de Nino no coinciden muchas veces con las costumbres más tribales de la de Alí, y las divisiones étnicas que tantas muertes han costado al mundo obran también en la novela en perjuicio del propio país de ambos, Azerbayán. Pero el perjuicio mayor viene de la guerra y del fanatismo ideológico, más sanguinario cuanto más rígido el sistema de creencias que los expresa. A pesar de todos los avatares del destino, el amor de estos muchachos de culturas diferentes parece querer repetir el adagio sufí que considera a todos los hombres uno, más allá de sus diferencias y particularidades, cualquiera su naturaleza. La historia, las tradiciones, las costumbres y velos los terminan arrastrando, pero la fidelidad que los ha unido soporta todos los desastres. Alí y Nino no entenderían el sangriento problema judío-palestino o, mejor dicho, lo entenderían como una instancia más de aquella locura que se apodera de los hombres cuando lo superficial se confunde con lo sustancial.  

 

Lev Nussimbaum fue un hombre de contradicciones, paradojas, máscaras y sueños perdidos, pero su obra es más actual que nunca y Tom Reiss es convincente al hacérnoslo saber. Por ello, cuando vi por la TV que Rusia atacaba Georgia, (o Georgia a Rusia, vaya uno a saber), supe de inmediato que este ataque había ocurrido ya muchas veces, que las historias de los hombres que participan en estos actos se remontan a muchas generaciones y que una o dos sesiones de las Naciones Unidas no van a significar casi nada para su solución, como tampoco lo sería una incorporación expeditiva en la OTAN o ridículas sanciones a los contrincantes. Lo mismo podría decir de las últimas bombas en las embajadas y hoteles colocadas por los seguidores de Al Qaeda, que no son otros que los descendientes de aquellos que vieron sus mundos diluirse lentamente por los ímpetus naturales de la historia, ni en esencia diferentes a algunos de mis vecinos musulmanes en Holanda que consideran a los holandeses depravados o cobardes, y a sus mujeres poco menos que prostitutas. Se esté a favor o en contra de cualquiera de estas ideologías en pugna, siempre es saludable recordar de dónde proceden los conflictos y hasta dónde se extienden su raíces, así como recordar que un retorno a la esencia universal de todo ser humano es imprescindible si no para ofrecer soluciones inmediatas, que no existen, al menos como marcos de referencia para guiar los pasos tentativos de cualquier acercamiento, aunque se muera en el intento y desaparezca nuestro país, como nos recuerdan estos libros de Reiss y del extraño escritor Kurban Said.