Un jirón sentimental

 Jon Salaberría

El pasado sábado, 12 de septiembre, se produjo una cita política en el Palacio de Congresos de Torremolinos (Málaga) que, a pesar de su escasa afluencia, tuvo el beneficio de un seguimiento informativo insólito e inimaginable hasta hace muy pocas fechas. Se trataba del 17º Congreso (Extraordinario) del Partido Andalucista (PA), en el cual finalmente se cumplieron los pronósticos y se acordó aprobar la ponencia (única) presentada por la dirección, actualmente capitaneada por el que será último secretario general, Antonio Jesús Ruiz (Prado del Rey, 1973). La ponencia tiene su origen en un  manifiesto presentado el pasado 17 de julio con la firma del alma máter del viejo PA, Alejandro Rojas-Marcos de la Viesca, y por otros cuatro ex secretarios generales y ex presidentes de la organización, Antonio Ortega, Diego de los Santos, Luis Uruñuela y Julián Álvarez. Un manifiesto que incidía en un postulado fundamental que se expresaba hasta la fecha en determinados círculos con la boca pequeña y que levantó ampollas entre los restos del andalucismo militante todavía existentes en la Comunidad: se hace necesaria la disolución del Partido Andalucista. Analizando los datos de los pasados comicios autonómicos de marzo, en los que por tercera vez consecutiva el PA quedaba fuera del Parlamento Andaluz, con sólo 60.707 sufragios (1,5%) y en séptima posición como fuerza electoral, y los datos de las municipales (150.655 votos con un 3,9% y 319 concejales), el sanedrín de viejas glorias del andalucismo concluye que la causa de la desafección del pueblo andaluz (hacia el PA) estriba en una falta de interés del mismo, fruto a su vez de una falta de conciencia sobre la necesidad de tener un agente político propio y soberano, genuinamente andaluz. Por lo tanto, proponían una salida honrosa y con la cabeza alta, que no sería otra que el entierro de las siglas históricas para evitar que quedasen al albur del aventurerismo y de la vergüenza del enésimo intento de recuperación del espacio electoral con garantías solamente de un enésimo fracaso y el consiguiente aumento del descrédito.

El Congreso Extraordinario aprobó por abrumadora mayoría la ponencia marco, que supone poner fin a medio siglo de vida política en Andalucía de una fuerza a la que no se le puede negar su importancia en el inicio e impulso del proceso autonómico y que se ha convertido a lo largo de los años en una parte casi natural del paisaje político e institucional de la Comunidad. Pero una fuerza a la que el tacticismo de sus dirigentes, los errores de estrategia en momentos fundamentales de la historia política andaluza (crisis del proceso autonómico entre partidarios de las vías de los arts. 151 y 144, respectivamente, y Estatuto de 2007), las políticas de alianzas basadas casi siempre en criterios cortoplacistas, los bandazos ideológicos y el cainismo, materializado en las continuadas y sonadas escisiones y en el choque de trenes entre sus líderes históricos (especialmente Rojas-Marcos y el ex alcalde jerezano, hoy en prisión, Pedro Pacheco Herrera),  han llevado a un callejón sin salida que hace inevitable esta eutanasia.  

Sumemos a todas estas razones una razón realmente ontológica que hay quien pasa erróneamente por alto: la verdadera naturaleza del andalucismo como doctrina política transversal que, al contrario de otros movimientos nacionalistas, ha estado siempre determinada, desde su mismo origen, por una profunda preocupación social antepuesta a cualquier motivación identitaria. Por una vocación ecuménica que está en el ser más íntimo de las gentes de esta tierra y que determina poca disposición a la construcción de hechos diferenciales. Para otras fuerzas políticas, especialmente desde el ámbito de la izquierda, aún siendo fuerzas de implantación estatal, no ha supuesto una especial dificultad (todo lo contrario) asumir con toda naturalidad las reivindicaciones del andalucismo histórico. Incluso la derecha andaluza desde hace algunos años y, por supuesto, en sus formulaciones más recientes, asume ya sin ningún tipo de complejos (con mayor o menor entusiasmo según los casos) como propios los símbolos andalucistas y la figura histórica de Blas Infante sin que ello suponga motivos para la polémica y el enfrentamiento, algo que sería hoy inimaginable en otras comunidades históricas dentro del Estado español, y hace años aquí, en Andalucía, en los momentos germinales de su autonomía.

Es, por supuesto, el Partido Socialista Obrero Español de Andalucía el principal beneficiario de la transversalidad de este atípico pensamiento. En los momentos iniciales de la Transición el Partido Socialista supo beneficiarse del abandono por parte del PA (que antes fue Partido Socialista de Andalucía y figuró en la Federación de Partidos Socialistas de Enrique Tierno Galván) del espacio político socialdemócrata en el que la organización militó, compaginándolo con su nacionalismo peculiar. Igualmente, supo obtener todo el rédito político posible de las políticas de alianzas que protagonizaron ambas fuerzas. Así, el canje de las alcaldías de Sevilla y Granada en 1979, que relativizó la fuerza del PA en buena parte de los grandes municipios andaluces ya en el inicio del propio municipalismo democrático y provocó la primera gran hemorragia de militantes y votos, y los acuerdos de gobierno en la Junta entre 1996 y 2004, tras los que el PSOE de Manuel Chaves volvió a la senda de la mayoría absoluta. Fue, sin duda,  Rafael Escuredo Rodríguez, segundo presidente de la Junta de Andalucía y primero electo, el responsable político que abrazó desde el Partido Socialista la fe en el andalucismo con el entusiasmo del converso, y lo convirtió desde entonces en seña de identidad de la federación andaluza del PSOE y, en los años iniciales de nuestro proceso autonómico y democrático, en arma poderosa contra la entonces gobernante UCD. En el pacto Rojas-Marcos/Martín Villa a favor de la vía autonómica del art. 144 de la Constitución  está el origen tanto de la progresiva sangría del PA que nos trae hasta este 12 de septiembre de 2015 como de las dificultades de consolidación de la derecha y centro-derecha como alternativa. El Partido Comunista de Andalucía (PCA-PCE) también supo hacer un paralelo proceso de identificación con el andalucismo histórico, si bien no tan rentable como el realizado por el socialismo. Pero de hecho, en los noventa, buena parte de los óptimos resultados electorales de IU en Andalucía, antes de la desafortunada experiencia de la pinza (1994-1996), tuvieron origen en los cada vez más mermados caladeros tradicionales del PA. 

Para el ex dirigente andalucista Javier Aroca, llegado a este momento histórico, la muerte del PA no supone la muerte del andalucismo, sino de una manera de entenderlo, de forma que el camino está marcado. El andalucismo no está en los partidos jacobinos y centralistas que a las primeras de cambio hacen españolismo y usan a los andaluces de ariete. Tampoco está en la derecha, que siempre ha sumido a los andaluces en la miseria y la postración. Estará siempre en el progreso, en la lucha contra la desigualdad, económica, social, de género y la corrupción.  

El periodista Antonio Avendaño pone de manifiesto la labor bienintencionada de dos de los más recientes dirigentes del PA: Antonio Ortega, que quiso encontrar un espacio propio de centro-izquierda nacionalista que estaba ocupado por un PSOE de Andalucía hegemónico, y Pilar González Modino, que quiso encontrarlo en la confluencia con los nuevos movimientos sociales  surgidos del desencanto en 2010 y con la ecología política sin que le dejasen el más mínimo margen de confianza para el intento. Avendaño refuerza la idea que les exponía ad initium: el espíritu que el ideal andaluz (parafraseando una de las obras determinantes de su herencia política) de Blas Infante ha legado a las generaciones posteriores llevaba en sí el germen de la destrucción de la apuesta orgánica del PA. La apuesta por un nacionalismo algo narcisista pero desahogadamente ecuménico, abierto y solidario que parecía condenado a convertirse en lo contrario de lo que proclamaba ser al perseguir unos principios que ningún nacionalista debidamente xenófobo aceptaría jamás. Indica el ilustre periodista que a todos, no obstante lo expuesto, nos invade un sentimiento compasivo en este momento histórico, similar al que se siente ante el joven que estrella el coche que conducía de forma temeraria. Un joven de poco más de cuarenta años. Como diría Jethro Tull: demasiado viejo para la política, demasiado joven para morir, concluye Antonio Avendaño.  

Coincido en la punzada sentimental. Como militante socialista andaluz, el concepto de un andalucismo caracterizado por la solidaridad, por las reivindicaciones en pro de las necesidades esenciales y los derechos más básicos (trabajo, escuela, medicinas y hospital, que cantaba Carlos Cano) y por una vocación de universalidad  lo he asumido y vivido desde la más absoluta naturalidad desde el inicio de mi compromiso político como parte integrante y fundamental del mismo. Pero incluso como simple ciudadano de a pie, como mero observador de acontecimientos desde mi infancia, las personas, su discurso, sus símbolos, sus colores, mimetizados con los propios de una tierra verde de olivar y blanquísima de cal, han estado siempre en el paisaje y en la estética, no sólo en las instituciones políticas. Andalucía no necesita un partido nacionalista, y mucho menos identitario. Pero en el final de la peripecia histórica del PA uno no puede dejar de sentir un nudo de nostalgia. Pasa al recuerdo definitivamente lo que es también parte de la propia vida, de la propia experiencia. De la atípica, única y maravillosa experiencia del ser andaluz. 

Posdata: El futuro de los restos del andalucismo político que militaba en el PA es incierto. La estructura del partido sigue legalmente viva hasta 2019 para dar amparo jurídico a los grupos municipales que tienen mandato hasta esa fecha, pero ya no participará como tal estructura en futuras elecciones. La organización, en la resolución adoptada, no indica a sus militantes y cargos orgánicos/institucionales ni tan siquiera la sugerencia de una postura concreta de cara al medio plazo. Se prevé la incorporación a otras formaciones y, en no pocos casos, la salida práctica en 2019 hacia candidaturas locales independientes que aprovechen el especial tirón de líderes municipales en su ámbito. Lo que no se prevé es la constitución ex novo de una partido nacionalista sucesor del viejo PA. Habrá que estar atentos, eso sí, a los movimientos oportunistas del universo magmático de Podemos, que aprovecha la desaparición del agente político y la coyuntura del caso catalán para hablar de la aparición de un  nuevo sujeto político andaluz soberano partícipe de un nuevo proceso constituyente con implicaciones territoriales, llevando el agua a su molino. Afortunadamente, lo que no se atisba es la aparición de un nuevo nacionalismo mitológico y excluyente como sucesor del andalucismo político del PA, que nunca puso las condiciones para llegar a ese escenario. Es la parte más positiva, afortunadamente, de su legado final.