¿Un cambio histórico?

Lobisón

Lo más deprimente de la crisis actual es la posibilidad de que constituya un cambio histórico, una mutación estructural o algo por el estilo. Quienes son suficientemente pesimistas lo creen así: entramos en una nueva fase marcada por el desmantelamiento del Estado de bienestar, el crecimiento imparable de la desigualdad y la desaparición de todo lo que no sea rentable en el mercado, aunque nos parezca una parte valiosa de nuestra forma de vida, de nuestro modelo de sociedad civilizada. La crisis, en suma, sería la puerta hacia la distopía.

No es que haya ahora muchas razones, y menos en España, para el optimismo. Los recortes van a causar daños por lo menos a una generación, y van a dejar cicatrices. Como todo el mundo sabe, es mucho más difícil disminuir la desigualdad que aumentarla. Y, efectivamente, la austeridad, el austericidio que dice Dilma Rousseff, supone el riesgo de desaparición de todo lo que no sea rentable y exija pocas inversiones, aunque el precio sea una pérdida general tanto de rentabilidad como de productividad.

Pero, además, el pronóstico pesimista se combina con la inacabable retórica sobre la decadencia de Europa. Este es un discurso que no se limita a constatar lo que ya es obvio, es decir, que el ascenso de China y de los BRIC va a disminuir (ya ha disminuido) el peso de la economía europea en el mundo, o que la actual división política de Europa ha pulverizado su relevancia en la política internacional. No, el discurso va más allá y sostiene que estamos en una clara situación de inferioridad tecnológica, condenados a convertirnos en un gran museo habitado por una población envejecida y sin futuro.

Sin embargo, creo que la mala salud de Europa, como la de Mark Twain, ha sido y está siendo muy exagerada. Hasta que nos metimos en la espiral del austericidio Europa estaba ganando la carrera aeroespacial, e impulsando proyectos tecnológicos bastante innovadores para el desarrollo de una economía y una forma de vida no contaminante. En cuanto a nuestros competidores, no han crecido por su superioridad tecnológica, sino por partir de salarios muy bajos y realizar y atraer fuertes inversiones. Lo malo es que Europa está ahora mismo buscando bajar los salarios, terreno en el que nunca podremos competir con China, en vez de incentivar las inversiones y la demanda en una sociedad cohesionada.

Pero la principal razón para no ser demasiado pesimistas, pese a todo, es que Europa no es el centro del mundo, sino el enfermo del mundo. Hasta Estados Unidos va mejor que nosotros, y los países emergentes y los BRIC no logran entender esta locura en la que nos hemos metido. Los salarios chinos van subiendo, y el principal problema del PCCh es lograr una sociedad menos desigual para evitar que las tensiones sociales hagan el país ingobernable y pongan fin al crecimiento. Si la distopía es el futuro de Europa, no tiene por qué ser el futuro del mundo.