Un año de gobierno. Análisis incompleto de la Barcelona del cambio

Alfonso Salmerón

Cuando se ha celebrado el primera aniversario de los ayuntamientos del cambio, y a las puertas de la segunda vuelta de las Elecciones generales, se suceden los análisis y los balances de lo que ha significado ese primer año de gobierno en las principales ciudades del Estado y se intenta calibrar la dimensión del impacto que esas victorias están teniendo, y sin duda tendrán, en el conjunto de la política española durante los próximos años.

Por mi parte, y tomando siempre como referencia al Ayuntamiento de Barcelona, me centraré en algunos aspectos que considero importantes y que tienen que ver con tres aspectos fundamentales. A saber: la difícil y exigente gestión del día a día, la asunción de un importante grado de pragmatismo y la elaboración de un discurso político con clara voluntad de trascender lo estrictamente municipal.

La primera afirmación que me gustaría hacer, sin entrar en el detalle de un balance pormenorizado del conjunto de las actuaciones realizadas, necesario por otra parte, es que el Ayuntamiento de Barcelona ha funcionado con solvencia en el primer año del Gobierno dirigido por Ada Colau, como así lo demuestra el barómetro de opinión publicado por el Ayuntamiento.

Esto es, más allá de los aciertos y errores cometidos, la mayoría de la ciudadanía de Barcelona tiene la impresión de que el Ayuntamiento funciona, valorando positivamente la gestión municipal.

A mi juicio, ésta es una cuestión singularmente importante tratándose de una candidatura, la de Barcelona en Comú, que ha gobernado en extraordinaria minoría (hasta el acuerdo alcanzado en las últimas semanas con el PSC) y que se ha caracterizado por ser una candidatura de ruptura con los gobiernos anteriores. Una candidatura, por otra parte, que se presentó con un programa de gobierno más escorado hacia lo ideológico que a la gestión, caracterizada además, por una llamativa falta de experiencia municipal.

La segunda afirmación es que el gobierno de Ada Colau ha exhibido un inesperado pragmatismo en determinados momentos, que ha contribuido a afianzar su liderazgo y a potenciar una imagen de firmeza. La antigua y combativa dirigente de la PAH, una vez convertida en alcaldesa, hubo de tomar una serie de delicadas y controvertidas decisiones en los primeros meses de gobierno que trasladaron a la opinión pública, un mensaje de gobierno solvente y estable, destinado a tranquilizar a los poderes fácticos de la ciudad, que a su vez la distanciaron de algunos sectores más radicales, a los que, cuando menos, dejó algo descolocados.

Ese pragmatismo pudo apreciarse ya desde los primeros compases del gobierno. La confección del organigrama ejecutivo del gobierno fue toda una declaración de intenciones en este sentido. Colau no tuvo empacho alguno en nombrar gerente del Ayuntamiento a Jordi Martí, otrora portavoz del grupo socialista, de mantener en la estructura ejecutiva a numerosos cargos que habían desempeñado tareas en gobiernos anteriores, o de fichar más recientemente, al exconseller y exdiputado convergente Pere Macías para gestionar el complejo proyecto del tranvía por la Diagonal.

Decisiones todas ellas controvertidas, discutibles si se quiere, desde el punto de vista político, pero que demuestran una determinación inequívoca de blindaje del funcionamiento ordinario de la maquinaria municipal, a la vez que ponen de relieve una extraordinaria capacidad de maniobra que dejó descolocada a buena parte de la oposición y de la opinión pública más escéptica hasta entonces.

Es atribuible también a ese inusitado pragmatismo el cambio de parecer de la Ada Colau alcaldesa con respecto de la Ada Colau candidata sobre el Mobile Congress, que acaparó tantos titulares en los medios de comunicación más o menos bienpensantes durante los meses de campaña[as1] .

Un pragmatismo perfectamente calculado al parecer solamente reservado para los grandes temas de ciudad, que no se ha aplicado a otras cuestiones igual de controvertidas como ha sido el conflicto con los trabajadores del metro, todavía abierto a día de hoy, donde ha parecido prevalecer un sentido de la coherencia y pedagogía presupuestarias frente a la vieja lógica de la movilización y presión de los sindicatos de la administración pública, demasiado acostumbrados seguramente, a arrancarles, legítimamente,  una nueva mejora de convenio a cada nuevo gobierno de turno con tan sólo esgrimir la amenaza de huelga marcada a fuego en una determinada fecha del calendario.  

La tercera cuestión que me gustaría destacar ha sido la importancia de su discurso político. La alcaldesa Ada Colau, a diferencia de su homóloga en Madrid, Manuela Carmena, consciente de su peso político específico, no ha eludido en ningún momento ejercer el liderazgo político que le correspondía, al manifestar su opinión sobre un sinfín diferentes cuestiones políticas de ámbitos que trascienden lo estrictamente municipal. Así, la hemos visto liderar la campaña de denuncia y solidaridad en la crisis de los refugiados y tomar partido a favor del derecho a decidir en el procés sobiranista o patrocinando la candidatura de confluencia en las elecciones generales del 20-D, tras las que la alcaldesa apostó de manera decidida, por la creación de un nuevo espacio político a partir de la experiencia ganadora de En Comú Podem.

Solvencia en la gestión, pragmatismo y discurso político son los tres ingredientes de una fórmula que está consolidando a Barcelona en Comú al frente de la capital catalana y ha proyectado a su alcaldesa sin duda como el valor político más importante en Catalunya, al contribuir de manera determinante a la victoria en las elecciones del pasado 20 de diciembre, que presumiblemente volverá a repetirse el próximo domingo.

Ahora bien, ¿es esto suficiente? O mejor dicho, ¿es esto todo lo que se podía esperar de una candidatura del cambio una vez situada al frente de un gobierno como del de la ciudad de Barcelona? De momento, ha sido suficiente para situarse a la cabeza de las encuestas, mantener viva la llama de la esperanza en el cambio político y salvar sobradamente, aunque con algún que otro suspenso, los escollos de la gestión de la tozuda realidad cotidiana de una gran ciudad como lo es la capital catalana.

Sin embargo, no hace falta ser demasiado perspicaz para intuir por donde apuntan las amenazas de amenazas que se divisan en un horizonte de medio plazo.

En mi opinión, el mayor riesgo que corre Barcelona en Comú, y Ada Colau en particular, es el de caer en una comprensible complacencia como consecuencia de un mirarse embelesado en el distorsionado espejo de las encuestas y las victorias electorales, y de un exceso de dosis de palmaditas en la espalda y opiniones jaleadoras que les hiciera ceder a la tentación de enterrar el exigente ideario ético-político de la nueva política emergente forjado en las plazas del 15-M.

Contra ese riesgo sólo existe una vacuna, la de la autocrítica, y la autoexigencia en forma de coherencia. Hacer lo que se dice y decir lo que se hace para no olvidar nunca para qué se fue elegido un 24 de mayo cualquiera; volver una y otra vez al programa y a las fuentes de la energía del cambio político.

Transparencia, participación y radicalidad democrática para no claudicar frente a la fiereza de los poderes económicos, jugando el papel de vanguardia municipal del cambio político.

Dicho de una manera muy gráfica si se me permite, el tranvía por la Diagonal y la permanencia del Mobile Congress están muy bien pero no servirán de nada si no se demuestra capacidad para hacer realidad los sueños del programa municipal de cambio. Esto es, generar vivienda digna frente a los desahucios, cambiar el modelo turístico, acabar con el desarrollo urbano especulativo, implantar una fiscalidad progresiva, garantizar la universalidad de los servicios públicos o crear empleo estable y de calidad. Ése es el reto, apasionante, sin duda, del que quieren participar centenares de miles de ciudadanos. No lo olviden nunca.


 [as1]