Un año de crisis en el mercado laboral: algunas lecturas

Sicilia

La Encuesta de Población Activa publicada el pasado viernes nos dice que en  el último año el paro se ha incrementado en 1.524.600 personas, hasta los 4.123.300 parados. De ese incremento del número de parados, 1.476.200 se corresponden con empleos perdidos y los 48.400 restantes se corresponden con personas que se han incorporado a la Población Activa, pero que no han encontrado trabajo. Por sectores, ha ocurrido como cabía esperar, que es la construcción la que más empleo ha destruido, con 562.800, siguiéndole la industria con 475.000, los servicios con 387.000 y la agricultura con 50.000.

Estas cifras se pueden encontrar en cualquier lado y son autoexplicativas. Sin embargo, tras un año de crisis, cuando los expertos coinciden en señalar que ha pasado la mayor parte del ajuste, se puede ahondar un poco más para examinar determinadas cuestiones en torno al mercado laboral español. Llegando un poco más lejos de la mera enunciación de las cifras, como se argumenta a continuación, se aportan elementos interesantes de cara a varios debates.

 

El hundimiento del mito del “súper-depredador inmigrante parado”.

Uno de los argumentos favoritos del pensamiento racista disfrazado de razonamiento económico, tan caro a ciertos sectores, consistió en anunciar a los cuatro vientos que el parón de la construcción llenaría las calles de inmigrantes en paro a la caza de nuestros negocios, familias y haciendas. Por eso, no había que dejar pasar a ninguno y si era posible, echarlos a todos.

Un año después de la crisis puede decirse que esas “invasiones bárbaras” no se han producido. La ocupación de los inmigrantes decrece en una medida muy similar a la de los nacionales (-10% y -7% respectivamente), al mismo tiempo que la proporción de parados inmigrantes se mantiene estable en un 25% sobre el total de parados. En resumen, asumen su cuota del ajuste como todo hijo de vecino, ni especialmente más ni especialmente menos.

Lo malo de la crisis es la crisis en sí, pero desde luego puede descartarse un feroz efecto diferencial por nacionalidad. En cuanto a la presuntamente irrefutable ecuación “aumento del paro = aumento de la delincuencia”, siempre me ha repugnado tanto intelectualmente como la de inmigrante = malhechor. Pero si nos decidimos a hacerla, que se sepa que el 75% de los parados son tan españoles como Manolo Escobar, así que ojo, cuidado cuando nos pongamos a querer echar a gente del país o a culpar a unos colectivos u otros. Lo bueno del racismo, por finamente que se trasvista, es que su rudimentaria construcción lo hace muy frágil, de lo cual cabe alegrarse.

 

La alta temporalidad como instrumento irrenunciable para flexibilizar el rígido mercado laboral español.

Sin entrar en la esencia misma de los contratos temporales (esto es, si son buenos o malos per se), se argumenta reiteradamente que su existencia es capital para dotar de flexibilidad a las plantillas. Son, ateniéndonos a las explicaciones más ortodoxas, un instrumento clave que permite al empleo crecer en épocas expansivas, debido a que proporciona una excelente capacidad de ajuste sin coste en el caso de que llegue una fase contractiva del ciclo.

Efectivamente, en el peor año en destrucción de empleo que se recuerda en el mercado laboral español desde hace prácticamente décadas, se han perdido más de 800.000 puestos de trabajo sujetos a contrato temporal.

Esto supone casi un 80% del total de empleos asalariados perdidos, principalmente pertenecientes a personas de menos de 40 años de edad.

La sorpresa llega cuando se analiza la correspondiente reducción de la temporalidad. Si la temporalidad existiese por la necesidad de tener una especie de joroba o de flotador del que poder valerse para hacer ajustes en tiempos malos, será lógico esperar que esta estuviese en niveles mínimos después de haber atravesado la peor coyuntura imaginable en mucho tiempo. Al menos, deberíamos esperar, si esta fuese su función, un decrecimiento muy importante en esta variable.

Sin embargo la temporalidad sólo se ha reducido en 5 puntos porcentuales, pasando del 30% al 25% aproximadamente. Esto nos proporciona una conclusión cuando menos interesante: el mercado laboral español no necesita más allá de un 5%, pongamos un 10% para ser generosos, de temporalidad para tener todo el margen de ajuste que pueda necesitar.

El 20% restante parece no tener una explicación tan directa. Está ahí meramente “porque sí”, o si se quiere decir más fino, porque se prefiere contratar en este régimen a hacerlo en otros de los disponibles. Tenemos, como poco el triple de la temporalidad “necesaria”, a tenor del volumen del ajuste sufrido, y más del doble que la media europea si nos comparamos con nuestro entorno cercano.

Debe haber algo que explique estos hechos aparentemente sorprendentes, que se alinean con otros similares, como que en nuestro país parezca normal y lógico que casi el 50% de los menores de 40 años esté trabajando con un contrato temporal.

 

Cuando nos ponemos a examinar los factores diferenciales del mercado laboral español, siempre se cita el coste de despido.

Siendo un factor importante, se obvian contraejemplos de mucho peso, como el alemán. Con unos costes de despido de 69 semanas por año trabajado, 13 más que en nuestro país, Alemania sufre una tasa de paro inferior en 10 puntos a la española y una tasa de temporalidad también entre 10 y 15 puntos inferior a la nacional, lo cual pone en entredicho muy mucho ciertas posturas enrocadas en torno a este concepto.

¿Por que no discutir la cultura empresarial nacional o la política de recursos humanos patria? ¿Es la que debe ser? ¿No hay aspectos que deban cambiar? Más que nada por ser exhaustivos cuando planteemos soluciones, que en cosas tan importantes no conviene dejar variables capitales fuera.