UE 2017: Retos y disyuntivas para las izquierdas

Lluis Camprubí

Desde hace un tiempo, cada año que va a empezar parece crítico para la Unión Europea y para sus gentes. El 2017 lo será también, con sus incertidumbres y tensiones específicas que se suman a las ya acumuladas, y a las que se le pueden añadir muchas otras imprevisibles. Veamos pues algunos de estos retos y algunas intuiciones de lo que las izquierdas pueden hacer al respecto.

Fuerzas disgregadoras y de repliegue nacional- estatal

Hay distintas pulsiones a tener en cuenta: a) las fuerzas centrífugas entre centro-periferia en la eurozona (creditores-deudores) tanto en tensión política por las orientaciones como en divergencia en los resultados; b) las pulsiones iliberales, autoritarias y reaccionarias de algunos gobiernos de países del este de la UE; c) el conflicto entre países implicados y desresponsabilizados en la gestión de la crisis de acogida de las personas en busca de asilo; y d) el repliegue nacional-estatal (de matriz derechista e identitaria) de partes significativas de las sociedades y mediaciones políticas del centro y norte. Todas ellas van a seguir condicionando la acción política europea y siendo fuerza de empuje hacia la disgregación y desconexión.

Es obvio que ninguno de estos elementos es una oportunidad para las izquierdas ni para los sectores populares. Así que no parece buena idea contribuir a acelerar (ni por activa ni por pasiva) estos vectores de descomposición de la UE (de hecho, “deconstruir” en situación de competencia durante lustros para al acabar darse cuenta que hay que empezar a construir otra unión -de estados- no se intuye como buena opción). Quizás, pues, sería momento de actualizar y profundizar en las razones por las que es imprescindible una mayor integración y profundización democrática de la UE y la UEM. De forma esquemática creo que son cuatro: a) en el caso de la UEM, poder completar su vertiente de unión fiscal y unión política (que legitime la pata fiscal) para que ésta pueda ser funcional, sostenible, orientable en función de la voluntad e interés general, capaz de responder a los escenarios de crisis, y generadora de prosperidad compartida; b) Capacitar políticamente (y legitimar democráticamente) al ámbito jurisdiccional más grande posible para superar la actual impotencia política de los estados frente a los grandes retos de la humanidad, entre ellos el cambio climático y la oligarquización, financiarización y transnacionalización de la economía y la producción; c) preservar un espacio libre de conflictos militares y evitar espirales descendientes de competitividad conflictiva en las dimensiones monetario-fiscal-proteccionista ; y d) disponer de una institucionalidad que facilite poner en práctica los valores del internacionalismo y la fraternidad.

Ello sabiendo que el actual statu quo en la UE y UEM presenta sesgos, constrictores, deficiencias, orientaciones y diseños que dificultan ciertas políticas. Es pues momento de pensar cómo superar la arquitectura intergubernamental y la normatividad pensada para periodos sin crisis, cómo cambiar la actual hegemonía neoliberal dominante y cómo vertebrar una mayorías políticas alternativas que lo hagan posible.

Elecciones críticas en algunos países

Están en todos los radares las elecciones holandesa, italiana, francesa y alemana, entre otras. En general podemos decir que no presentan muy buenas perspectivas para las izquierdas. Así que en muchos casos (operando sin ilusión ciertamente) habrá que pensar (como en la mayoría de circunstancias políticas) en clave “mal menor” para las alianzas pre y/o post-electorales. En algunas ocasiones el objetivo principal será parar a la extrema derecha, mientras que en otros puede ser generar una mayoría alternativa a la Gran Coalición. Para hacerlo más complejo, los cuatro países presentan tendencias económicas y sociales dispares, y sin embargo comparten muchos aspectos de “cultural backlash” demarcativo. Lo que parece indicar que ni las recetas derivadas del determinismo economicista ni las vinculadas a asumir partes de la propuesta de la reacción pueden resultar positivas.

Una política exterior y de seguridad en un entorno cambiante

La presidencia de Trump puede desencadenar dos tendencias: a) la esterilización de los marcos multilaterales y b) en clave euroasiática, la explicitación de la lógica de las áreas de influencia. La interacción de ambas es lo que lleva a ser insostenible la actual dependencia y subalternidad de la “comunidad de seguridad” europea respecto a su aliado estadounidense. Ello está llevando a un amplio consenso sobre la necesidad de disponer de una política europea, exterior, de inteligencia y de seguridad más comunitarizada y autónoma. Es en la vertiente de gasto militar dónde esto, al final, se traduce en el dilema más claro: o los países euroatlánticos aumentan su gasto militar para equipararlo proporcionalmente al altísimo estadounidense para mantener la OTAN o los países europeos mancomunan y equiparan (al nivel que se defina) proporcionalmente gasto militar para disponer de estructuras militares autónomas y propias.

La centralidad de la gobernanza económica de la eurozona

Es casi consenso que para hacer funcional la UEM, ésta requiere tener capacidad fiscal y una institucionalidad democrática específica, así como tener bien resueltas las otras “uniones” paralelas (bancaria,…) y capacitaciones (BCE,…). Disponer de una UEM más completa es el objetivo político más urgente y necesario, no sólo para generar prosperidad compartida y poder superar la especificidad y asimetrías de la actual crisis, si no para poder tener las herramientas para enfrentarnos a futuras. Sin embargo, el foco de la acción política de la mayoría de actores está puesto en otras prioridades, y únicamente los espacios comunitarios –insuficientemente- van elaborando propuestas para avanzar, de calendarización ambigua. En primer lugar hubo las propuestas de los 4 y 5 Presidentes. Ahora están en una fase decisiva de discusión en el Parlamento Europeo algunas propuestas a seguir sobre capacidad fiscal para la eurozona y su diseño institucional. Y lo que es políticamente quizás más relevante, la Comisión prepara para marzo (según lo previsto) su propia propuesta de futuro para la UEM.

Es en este escenario que las izquierdas deberían hacer de esta cuestión su prioridad. Disponer de propuestas articuladas y detalladas sobre cómo debe ser y funcionar la UEM y a la vez con qué alianzas y a través de qué acción política y etapas se puede lograr. Una de las batallas entre modelos (en este sentido pueden ser de interés los trabajos parlamentarios en curso) será sobre la capacidad y discrecionalidad democrática. A nadie se le debería escapar que la hegemonía neoliberal, la asimetría intergubernamental y la correlación de fuerzas política (en especial dentro y entre los estados) orientan ahora las políticas en un sentido regresivo. El objetivo político debería ser pues que la condicionalidad y las reformas a hacer para converger y para mancomunar riesgos y capacidades económicas puedan modificarse políticamente, es decir que puedan abarcarse todas las dimensiones (no sólo aquellas vinculadas a los derechos sociales y laborales), y modificarse en todas las direcciones. Que los criterios y prioridades y requerimientos no sean “rules-based” sino que un cambio de mayorías políticas pueda modificarlos.

Una fuerza política que no ponga sus mejores energías en intervenir e influir en esta cuestión no puede considerarse un instrumento útil. Ninguna organización política debería inhibirse en lo que es el reto central, ni permitirse el lujo de no empujar para que las bases y la nueva arquitectura de la eurozona sean lo más democrático y funcionales posibles. Eso es la pre-condición para muchas otras aspiraciones.