Ucrania

LBNL

Lamentablemente la crisis en Ucrania ya ha empezado a cosechar un reguero de muertos; el gobierno reconoce de momento dos pero parece que son más bien seis, a los que se suman muchos detenidos y apaleados, así como más de cien policías heridos por los manifestantes más radicales, que los hay. Si fracasan las conversaciones que, mientras escribo, están manteniendo el Presidente Yanukovitch y los tres líderes de la oposición , las víctimas podrían incrementarse exponencialmente en los próximos días.

En España lo de Ucrania suscita poco interés. Es un país muy lejano, bastante desconocido y no presenta ninguna dimensión particularmente interesante para nuestros intereses nacionales. No así para muchos de nuestros socios europeos, para los que Ucrania, además de vecino, es muchas otras cosas más. Por ejemplo, parte de Ucrania ha formado parte de Polonia durante diferentes periodos de la historia. Para otros, Ucrania es territorio de paso de los gasoductos que les alimentan del preciado gas ruso del que dependen en hasta un 80% (Hungría). No son pocos los que perciben a Ucrania desde un punto de vista geoestratégico como una joya preciada sin la cual Rusia no podrá nunca revivir su imperio –zarista, soviético, tanto da. Desde una óptica democrática, Ucrania es un gran país europeo –unos 46 millones de personas- que precisa de ayuda para acompañar la larga y compleja transición desde el subdesarrollo soviético a algo parecido a una democracia de mercado occidental.

Es un país dividido internamente, con una mitad de su población pro europea y otra pro rusa, en parte porque durante el tiempo soviético, en 1954, Stalin decidió “regalarle” a Ucrania la península de Crimea. Desde la implosión de la Unión Soviética en 1991, las dos mitades se han alternado en el poder, al que accedían a través de elecciones más o menos democráticas. A finales de los años 90, el Presidente Kuchma era sospechoso de eliminar a opositores molestos, incluido el envenenamiento con toxinas de Victor Yushenko, que en 2004 le sucedería después de que el Tribunal Supremo declarara fraudulentas las elecciones que habían llevado a la Presidencia al Primer Ministro de Kuchma, Victor Yanukovich.

Yanukovich es el Presidente ahora, desde que ganó las elecciones de 2010, después de haber sido elegido Primer Ministro en 2006 y haber perdido el puesto en las elecciones anticipadas de 2007, que auparon a Yulia Timoshenko a la Presidencia del Gobierno. Timoshenko es la rubia con peinado estilo Dama de Elche que Yanukovich mantiene un prisión después de haberla juzgado por corrupción y condenado a siete años de cárcel. Yushenko, antaño aliado de Timoshenko en la Revolución Naranja provocada por el fraude electoral de 2004, no tuvo problema para declarar contra ella en el juicio que los observadores internacionales (Consejo de Europa, OSCE) consideraron como claramente motivado políticamente (con independencia de que su gestión de los contratos de suministro de gas ruso fuera más que dudosa).

Con la europeísta Timoshenko enferma en la cárcel y Yushenko obteniendo menos del 5% de los votos en las elecciones a las que sigue presentándose (todavía con la cara medio desfigurada), el resistente Yanukovich viene ejerciendo de zar de Kyev desde hace casi un lustro, mano a mano con los oligarcas locales, que no tienen nada que envidiar a sus “primos” rusos, de los que no quieren depender en exceso. En parte por ello y pese a llegar al poder con credenciales de “pro-ruso”, Yanukovich decidió negociar un Acuerdo de Asociación con la Unión Europea que le abriría casi por completo las puertas del mercado único europeo y le permitiría limitar su dependencia económica y energética de la Rusia de Putin.

Cuando Europa y Ucrania concluyeron con éxito las negociaciones sobre el Acuerdo de Asociación en marzo del año pasado, Putin se dio cuenta de que Yanukovich iba en serio e intensificó su propio proyecto de integración económica con varios vecinos ex soviéticos: la denominada Unión Aduanera Euroasiática. La diplomacia rusa se puso en marcha y pocas semanas antes de la Cumbre de la UE con Ucrania, Moldavia, Georgia, Armenia y Azerbayán que tuvo lugar en noviembre en Vilnius, Armenia fue la primera pieza en caer. Su Presidente explicó que llevaba tiempo reclamando poder firmar el Acuerdo de Asociación con la UE y entrar en la Unión Aduanera y que, al no ser compatible, no tenía más remedio que optar por la segunda, dada su dependencia de Rusia para hacer frente a sus “enemigos” Azerbayán (Nagorno-Karabaj) y Turquía.

Europa siguió adelante con Ucrania, Moldavia y Georgia pero pocos días antes de la Cumbre, Yanukovich dio la sorpresa y anunció que no podría firmar el acuerdo concluido en marzo. No dijo que no lo firmaría sino que necesitaría más tiempo –un par de años- para poder hacerlo dada la delicadísima situación financiera de Ucrania, la imposibilidad de proceder a un desarme arancelario frente a Europa en esas condiciones y su ingente deuda energética con Rusia.

La Unión montó en cólera –incluido consigo misma por haber minusvalorado el potencial de la presión rusa- y siguió adelante con Moldavia y Georgia, ofreciéndose a explorar con Ucrania las modalidades de aplicación del Acuerdo de Asociación, incrementando su ayuda económica para compensar las posibles consecuencias negativas a corto plazo. El gobierno ucraniano respondió que necesitaría ayuda por valor de 20 mil millones de dólares y Europa le dijo que nones, advirtiendo de que en ausencia de un acuerdo con el FMI, Ucrania estaba abocada a la quiebra en el plazo de unos meses.

La gente salió a la calle y montó un campamento espontáneo en la plaza de la independencia de Kyev, ahora conocida como el “Euromaidan”. Las manifestaciones se empezaron a suceder, trufadas de banderas europeas como símbolo del destino preferido para Ucrania frente a la perspectiva de volver a caer bajo la dominación de una Rusia de fuertes tendencias imperiales y cada vez más autoritaria. La policía repartió guantazos y la necesidad de castigar los excesos de la represión pasó a ser una exigencia más tangible. Europa llamó a la calma y entre el frio y las navidades, la tensión se rebajó sustancialmente.

Pero la semana pasada, el régimen volvió a la carga, aprobando con métodos muy chuscos en el Parlamento una serie de leyes regresivas que limitan la capacidad de protesta y someten a las ONGs a controles de las donaciones que reciben (como en Rusia). Y la gente volvió en masa a la calle, esta vez reclamando la convocatoria de elecciones anticipadas y tratando de ocupar las sedes gubernamentales por la fuerza.

Y en esas estamos. Putin no las tiene todas consigo. De una parte, no se fía de Yanukovich y sus socios, que sabe no quieren entregarse a su dominio. De otro, tiene los juegos olímpicos de invierno en Sochi en ciernes y no puede permitirse actuar a las bravas.

La Unión Europea tampoco sabe muy bien qué hacer. La deriva violenta de las protestas es mala en sí misma y, además, incrementa el riesgo de fractura del país, algo que, como la imposición de sanciones, empujaría a Ucrania en brazos de Rusia. El ínclito Presidente de la Comisión, Durao Barroso, al que le quedan unos pocos meses en el cargo, salió ayer a la palestra muy serio, advirtiendo al gobierno ucraniano de que tiene la obligación de evitar más derramamiento de sangre. El Comisario para la Ampliación, el checo Stefan Füle, está viajando a Kyev para mediar entre las partes y la Alta Representante para la Política Exterior de la Unión, Cathy Ashton, viajará a Kyev la semana que viene, ocupada como está estos días en la Conferencia de Ginebra II para tratar de poner coto a la guerra civil siria.

Lo cierto es que hay decenas de miles de europeos ucranianos que están manifestándose desde hace semanas por un futuro mejor, menos corrupto y más democrático, que perciben es más factible cuanto más asociados a la Unión Europea. Y que enfrente tienen a un cacique corrupto cuya única prioridad es mantenerse en el poder al precio que sea. Ojalá llegue a la conclusión de que la mejor opción es pactar con la oposición, evitar más derramamiento de sangre y adelantar las elecciones.

Veremos. Y ahora volvamos a las cosas verdaderamente importantes como la dimisión del Presidente del Barça, que me tiene muy preocupado por los efectos desestabilizadores que pueda tener sobre Neymar y Messi, que está pendiente de renovación para ganar tanto como el anterior y con la dimisión igual la cosa se retrasa y la liga está que arde…