Turquía, un problema en el centro de todo

LBNL

Turquía fue la gran ausente de la Cumbre de los gobernantes de los países de la denominada “ruta balcánica” que se celebró ayer en Bruselas a instancias del Presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker. El objetivo era tratar de mitigar el caos que la oleada de refugiados – principalmente sirios – está provocando en Europa, con cada vez más países de la Unión Europea suspendiendo temporalmente la libre circulación de personas acordada para la zona Schengen. La Cumbre concluyó con un acuerdo de 17 puntos que incluye el compromiso de no rebotarse los refugiados de unos a otros, la creación de un teléfono rojo en la oficina de cada Primer Ministro, la oferta de ayuda de Bruselas cuando sea necesaria y un refuerzo de unos 400 policías europeos para la frontera de Eslovenia. Pero nada de eso será eficaz si Turquía no coopera evitando que los refugiados salgan hacia Grecia en todo tipo de embarcaciones. De ahí que, hace unos días, Jean Claude Juncker se reuniera con el sultán turco Erdogan y le propusiera un plan de acción conjunto por el que Turquía recibirá cuantiosos beneficiosos.

Para empezar, frente a la propuesta inicial de la Comisión Europea de destinar a Turquía mil millones de euros, Erdogan y los suyos reclaman unos tres mil, aduciendo que ya llevan gastados unos seis o siete mil millones en atender a los más de dos millones de refugiados sirios que albergan en su país desde hace tres o cuatro años. La Comisión, cuyos fondos son limitados, ha pedido a los Estados Miembros que apechugen y aporten el resto. Además, se acelerarán las negociaciones para la entrada en la UE sin visado para los ciudadanos turcos, corolario lógico de una mayor cooperación fronteriza, y se abrirán las negociaciones para la adhesión de Turquía – país formalmente candidato desde hace décadas – de un par de capítulos, hasta ahora bloqueados por razones políticas.

Lo cierto es que la Unión Europea se ve obligada a hacer de tripas corazón con Turquía dada la deriva autoritaria y totalitarista de la democracia islamista de Erdogan. Durante décadas, la democracia turca fue tutelada por los militares, que daban golpes de estado o de timón cada vez que lo consideraban necesario. Ahora ya no. Al contrario, los militares están perfectamente sometidos al poder civil. El problema es que las demás instituciones públicas – judicatura principalmente – también lo están. Y consecuentemente, las libertades civiles cada vez están más restringidas.

Hace unos años, Erdogan era visto por casi todos como el modelo de Islam político que respetaba las reglas básicas de la democracia. Su partido batallaba por relajar el ferreo sometimiento del Islam impuesto por Attaturk y que iba mucho más allá de lo que entendemos normalmente por separación Iglesia-Estado. Por ejemplo, las mujeres no podían cubrirse la cabeza cuando iban a la universidad y fue un escándalo que la mujer del anterior Presidente se la cubriera en los actos oficiales. Hasta ahí todo correcto porque una cosa es oponerse a que las mujeres tengan que llevar velo obligatoriamente y otra bien distinta, exigir que no lo puedan llevar. Por otro lado, Erdogan se atrevió a impulsar un proceso de paz con la milicia armada kurda que prometía devenir en una solución política al difícil encaje de la población kurda – cerca de veinte millones de los más de setenta millones de habitantes de Turquía, concentrados en el sudeste del país – siempre denigrada por el rabioso nacionalismo turco.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, Erdogan ha devenido en un cacique autoritario que no duda a la hora de purgar el poder judicial y la policía expulsando, cuando no procesando y encarcelando, a todos aquellos que se atreven a plantarle cara, ya sean laicos o islamistas no afines como los del movimiento Güllen, que le hicieron frente a raíz de varios escándalos de corrupción.

Hasta hace bien poco, Erdogan acallaba todas las protestas con mayorías absolutas en las urnas. Pero hete aquí que en las elecciones parlamentarias del pasado mes de junio, el AKP de Erdogan la perdió pese a mantener el apoyo del 40% del electorado. Las razones fueron muchas y variadas incluidas la corrupción, la situación económica, la oposición al proyecto de Erdogan – antaño Primer Ministro y ahora Presidente – de dotar a la jefatura del Estado de poderes ejecutivos y, técnicamente, la irrupción de un nuevo partido – el HDP – que aunó el apoyo de los kurdos y la oposición más progresista, logrando superar el alto umbral del 10% – en España es del 3% – para obtener representación parlamentaria.

Antes que pactar con el principal partido de la oposición – el social demócrata CHP – o con la oposición de derecha extrema – el MHP – Erdogan optó por convocar nuevas elecciones, que tendrán lugar el próximo domingo 1 de noviembre, y redoblar los esfuerzos por recuperar su poder absoluto, incluida la reactivación de la guerra contra los kurdos, con la excusa de que los kurdos sirios estaban ganando demasiado territorio y poder gracias al apoyo occidental – principalmente de EE.UU. – en su lucha contra el Daesh o Estado Islámico.

Pero también en Siria Turquía se ha convertido en las últimas semanas en un elemento crucial para Occidente, que tras la entrada en combate de la aviación rusa ha cerrado filas con el aliado atlántico cuyo espacio aéreo ha sido violado en un par de ocasiones, dejando de lado las sospechas y denuncias de la connivencia turca con el Daesh de los últimos años.

Incluso si los dos terroristas suicidas del Daesh que mataron a casi cien personas durante una manifestación por la paz en Ankara hace un par de semanas operaron por su cuenta, es significativo de cómo están las cosas en Turquía que una gran parte de la población sospechara inmediatamente que el atentado había sido orquestado por el AKP de Erdogan, cuya mayoría absoluta depende principalmente de que el HDP no consiga entrar en el Parlamento.

Por no hablar del suministro de gas a Europa, para el que Turquía es esencial a la hora de reducir la dependencia del gas ruso, dado que es llave de paso del gas de Azerbayán y posiblemente de Turkemenistán y quizás también del gas iraní en un futuro más lejano.

La política exterior no puede atenerse sólo a valores y por ello Europa está mostrándose dispuesta a hacer concesiones a Turquía impensables sólo hace algunos meses. Pero ello no quita para que sea sumamente importante que Erdogan no consiga alcanzar la mayoría absoluta que ansía el próximo fin de semana. Cooperemos con Turquía para atender a los regugiados sirios en su territorio y así contener su flujo masivo a Europa y cooperemos también en Siria, donde es imperativo avanzar hacia una solución política que ponga fin a una guerra civil atroz. Pero tanto por los propios turcos como por nuestros propios intereses a medio y largo plazo, esperemos que los votos vuelvan a frustar los planes cuasi dictatoriales de Erdogan y los suyos.