Trump y la democracia

David Rodríguez

 La victoria de Trump ha desatado un sinfín de opiniones diversas sobre las causas de un hecho que ya ha sido calificado como histórico. La mayoría de analistas defensores del orden establecido se rasgan las vestiduras ante el triunfo de tan excéntrico personaje, y tratan de explicar con mayor o menor éxito las causas de un fenómeno en principio tan inesperado. No tengo la intención de realizar una nueva contribución a esta materia concreta, pero sí me gustaría destacar algunas paradojas sobre la democracia occidental que se están poniendo de relieve durante los últimos días.

Un primer aspecto interesante, sobre el que ya he polemizado en más de una ocasión, es la ley electoral. Trump es el nuevo presidente de los EE.UU… ¡habiendo obtenido menos votos que su rival! Se comenta que Clinton ha ganado en voto popular, pero que eso no es relevante a la hora de gobernar. Para justificar tamaño disparate, muchos analistas apelan a la idiosincrasia del sistema estadounidense, y afirman que debe respetarse escrupulosamente la ley electoral de cada país. Se apoya de este modo una especie de democracia ‘a la carta’, donde cada uno puede traducir a su manera los votos en escaños o presidencias. El principio de “una persona, un voto” se relega al baúl de los recuerdos y su defensa queda en manos de radicales que no respetan los usos y costumbres de los diversos territorios.

La contradicción es tan curiosa que llegamos a leer numerosos análisis sobre por qué ha “obtenido más votos” un presidente que no ha obtenido más votos. Quiero hacer notar que el hecho de que Trump haya alcanzado un 49% del sufragio emitido ya justifica un estudio serio sobre el asunto, pero me surge la pregunta de si muchos artículos se hubieran escrito del mismo modo si con idénticos resultados no hubiera alcanzado la presidencia. Las investigaciones sociológicas sobre las preferencias políticas no deberían estar tan condicionadas por los sistemas electorales, pero el respeto a los mismos se convierte casi en un dogma de fe que no debe nunca objetarse por los guardianes del status quo.

Pero hay una cuestión más de fondo en relación a la presidencia de Trump, como es el riesgo que suponen algunas de sus medidas para la propia democracia. En este punto, la mayoría de analistas tienen la expectativa de que no se lleguen a cumplir algunas de sus promesas electorales, cayendo así en una nueva contradicción, pues no parece muy ejemplar que para salvaguardar los derechos humanos deba recurrirse a la nada edificante estrategia de obviar los compromisos consagrados durante la campaña.

Desde mi punto de vista, el debate debería ir a la raíz del problema: ¿cómo es posible que en una democracia pueda gobernar alguien que no cree en algunos de sus principios fundamentales? Como podemos imaginar, la pregunta da para mucho, y ya me salto el hecho de que una alta proporción de votantes apoye activamente a personajes que pretenden vulnerar ciertos derechos fundamentales, materia que ya daría para una reflexión de gran profundidad.

Volviendo al punto de las presuntas políticas ilegítimas ejercidas en el seno de un sistema parlamentario, nos encontramos sin duda ante una terrible paradoja que nos lleva a preguntarnos en qué consiste exactamente la democracia. ¿Se trata de imponer la opción elegida por la mayoría o se trata de respetar los derechos de toda la población? Si ambas variables caminan en la misma dirección, el problema no existe. Pero si toman caminos opuestos, nos topamos con una controversia de considerables dimensiones. ¿Cuáles son esos derechos universales? ¿Quién determina si se produce un incumplimiento? ¿Quién se encarga de velar por su mantenimiento? Cuestiones estas que sin duda resultan incómodas para los adalides del sistema actual, pues desata muchas de sus incoherencias.

No pretendo plantear aquí cuál sería la solución a todos estos interrogantes, pero sí quiero trasladar que estamos lejos de resolverlos desde los parámetros hegemónicos en el mundo. Con sistemas electorales definidos a gusto del consumidor, sin la implementación de una mínima gobernanza mundial, sin una auténtica división de poderes, sin una garantía clara de cuáles son y cómo se defienden los derechos humanos a nivel internacional, con la aplicación permanente de los dobles raseros a la hora de juzgar al resto de países, es imposible tener una noción clara de lo que debe representar la democracia en la actualidad. Los paladines del establishment sólo se rasgan las vestiduras cuando aparece un monstruo como Trump, pero en el fondo el nuevo presidente surge en buena medida como consecuencia de las enormes contradicciones que vivimos en nuestro tiempo.