Trump o el retorno de la supremacía blanca

Magallanes

El grito es el mismo en varios escenarios: en un partido de baloncesto entre un equipo escolar de un colegio de predominio blanco frente a los fans y miembros de un colegio de predomino negro; en una conferencia de universidad en que un negro se enfrenta a lo que está opinando el conferenciante; en una estación de servicio en que un motorista blanco increpa a uno hispano por no respetar su turno de repostar: ese grito o consigna es Trump, Trump, Trump.

Desafiando las modernas convenciones de civismo y respeto, los seguidores de Trump han sobrepasado los límites usuales que contenían las discusiones sobre diferencias raciales. Trump ha tildado de criminales a los mejicanos; quiere prohibir la inmigración de musulmanes y se ha quejado de que no se esté fomentando la inmigración de europeos no musulmanes. En un país en que los más ricos e influyentes ciudadanos son en su mayoría blancos, Trump se ha convertido en la voz de los blancos que no se sienten en absoluto ricos ni influyentes.

Al convertirse en el estandarte de ellos, también los ha desinhibido de su discreción a manifestar su orgullo de ser blancos y su resentimiento por sentirse ninguneados con una furia que no se había producido en medio siglo de cultura estadounidense. Docenas de entrevistas a sus seguidores, tanto mayores como jóvenes, dejan ver claramente este estado de ánimo.

También en Internet sus seguidores se manifiestan con desprecio y odio racial, sobre todo hacia mejicanos y musulmanes. También el Director de la “Antidefamation League”, que critica cualquier calumnia que surja en los medios contra los judíos, ha manifestado que “se están volcando en la conversación pública frases insidiosas que no recuerdo que se hayan expresado desde hace mucho tiempo”.

Desde que empezó la campaña de las primarias para elegir al representante del partido republicano, el porcentaje de estadounidenses que opinan que las relaciones raciales han empeorado ha aumentado, en las encuestas de la CBS, desde menos del 20% hasta el 50% en el mes de abril. Y entre los encuestados que se declaran republicanos se llegó hasta el 60%. Algunos se sienten satisfechos de este empeoramiento. Trump ha conseguido despertar y concienciar al anterior mundo marginal de blancos supremacistas que se consideran “realistas raciales” y que ven en Trump un hábil compañero de viaje que ha arrastrado hacia sus ideales a miles de estadounidenses blancos. La raza debe importar a los blancos tanto como les importa a otros grupos raciales. Como afirma Richard Spencer, uno de sus propagandistas, Trump está incorporando a los blancos de ascendencia europea a la política de identidad como nunca lo había hecho nadie anteriormente. Antes de Trump, otro republicano, Patrick Buchanan, intentó en 1992 y 1996 presentarse a las primarias haciendo sonar la alarma sobre la globalización, la oleada de inmigrantes y la obsolescencia de la cultura americana de origen europeo. Sin embargo, en esos dos intentos solo consiguió ganar en 4 estados. Trump ahora, en cambio, ha ganado en 37 estados. Y es que, todavía en los años 90, dominaba en Estados Unidos la política emanada de la cultura blanca dominante. Pero en las décadas siguientes, el número de inmigrantes ilegales trabajando en el país se triplicó, llegando durante la presidencia de Obama a alrededor de 11 millones de personas.

Desde finales del siglo pasado la desindustrialización, en gran parte consecuencia de la globalización del comercio, arruinó los beneficios de las medianas y pequeñas empresas, casi todas pertenecientes a blancos. Los demógrafos empezaron a proyectar que la población blanca de origen europeo sería superada por los hispanos del resto de América. Esa proyección ya es una realidad en estados como California y Tejas y en muchas ciudades del resto de Estados Unidos. Para muchos estadounidenses, la elección de Obama como presidente, en parte debida a la creciente fuerza de los votantes no blancos, fue un punto de inflexión en la estructura racial del país y para los mencionados blancos fue el símbolo del comienzo de su declive como raza dominante.

Según Michael Tesler, politólogo de la Universidad de California en Irvine, los blancos ven en las políticas de Obama un cierto favoritismo hacia los negros. Tesler, utilizó las contestaciones a las encuestas sobre las causas y la profundidad de la desigualdad racial para clasificar a los encuestados bien, como “conservadores raciales” o bien como “liberales raciales”. Según él, durante los 2 mandatos de Obama los liberales raciales aceleraron su marcha hacia el partido demócrata, mientras que los conservadores raciales se polarizaron hacia el partido republicano. La consecuencia fue que al comienzo de la campaña de las primarias en 2016, el partido republicano no era solo el partido de la mayoría de blancos, sino el partido de los conservadores raciales. Mientras que declararse racista blanco sin tapujos sigue siendo un fuerte tabú en la política estadounidense, el discurso de Trump ha alentado a que las personas que sienten miedo y odio hacia los inmigrantes y los musulmanes se manifiesten abiertamente. Es más, Trump ha unido ambos miedos: él ha expresado sus sospechas de que Obama no nació en Estados Unidos y que es musulmán. Es decir, sin oponerse a Obama por ser negro, lo que lo descalificaría, consigue el mismo resultado citando que no es de origen estadounidense ni cristiano.

La publicación on line The Daily Stormer, dirigida por el neonazi Andrew Anglin alabó a Trump escribiendo que “Trump está dispuesto a decir lo que la mayoría de estadounidenses piensa: los mejicanos son criminales, violadores y marchantes de droga, hay que deportarlos”. En las redes sociales se han expresado muchas otras declaraciones racistas parecidas contra mejicanos y musulmanes. Cuantas veces se le ha preguntado a Trump su opinión sobre las mismas, no las ha descalificado, no las legitima pero tampoco las desautoriza abiertamente. Indica que expresan el descontento de la gente.

En una palabra, el recién elegido candidato republicano para las elecciones de 2016 no piensa en absoluto rechazar el apoyo de las organizaciones racistas que quieren el retorno de la supremacía blanca en Estados Unidos. El giro del Partido Republicano hacia la extrema derecha, ocultado bajo el slogan de “America First”, se ha consumado.