Tres lógicas económicas

Lobisón 

Normalmente tendemos a pensar que en el manejo de la crisis económica en Europa hay básicamente dos bandos: los que imponen la austeridad y los que la padecen. Pero puede ser bueno distinguir, dentro del primer bando, entre los economistas y políticos que han tomado la decisión de imponernos la consolidación fiscal, en busca de una ilusoria ‘austeridad expansiva’, y los mercados y sus agentes. Como es sabido, los primeros han apostado por la austeridad para conseguir que los segundos recuperaran la confianza y volvieran a invertir en los países endeudados.

Tras la amenaza del BCE de comprar deuda, la crisis de las primas de riesgo ha venido a menos, no porque los mercados hayan recuperado la confianza, sino porque ha crecido el riesgo de apostar a la baja contra las deudas soberanas de los países del sur. Pero como resultado de las políticas de austeridad han caído los salarios, se ha ‘flexibilizado’ hasta extremos inimaginables el mercado de trabajo, y ha caído considerablemente el precio de los activos. A juzgar por la prensa económica, y por algunos movimientos de capital, es posible que los mercados estén volviendo a apostar por invertir en España.

Oyendo a la Comisión o al FMI, sin embargo, se diría que aún están pendientes nuevas reformas y recortes adicionales. La lógica es la de llegar a un modelo competitivo a largo plazo, que combine salarios bajos y sectores de alto valor agregado. Esta lógica prescinde del coste social de la continuidad del régimen de austeridad, y además confía al mercado la aparición de esos sectores de alto valor agregado, lo que resulta inevitable si recordamos que los recortes están causando un grave daño a las inversiones en I+D y que en estas condiciones no es fácil imaginar de dónde podría venir el famoso ‘residuo de Solow’.

Pero los gobiernos nacionales (el de Rajoy, por ejemplo) no pueden dedicar sólo su atención al largo plazo, porque su continuidad depende de los procesos electorales a corto y medio plazo. De ahí el triunfalismo que intenta inspirar a la opinión pública (y a los empresarios) el discurso del gobierno, de ahí también que el gobierno cruce los dedos y no se proponga más reformas que una reforma fiscal que pueda crear optimismo y reducir el malestar evidente de los electores. Para la Comisión y gente de ese gremio esto resulta muy insatisfactorio, algo así como dejar la tarea a medias.

Ahora bien, si la lógica de los mercados fuera favorable al regreso de la inversión, puede que los planteamientos de la Comisión, doctrinarios y abstractos al enfocar el largo plazo, no sólo sean suicidas desde el egoísmo político de los gobiernos nacionales, sino también bastante ajenos al movimiento real de la economía. El problema es que, si los mercados no cumplen las actuales expectativas, podría suceder que reaparecieran los desequilibrios que ponen a las economías del sur a merced de la condiciones impuestas por la Comisión, racionales o no.

Y luego hay una tercera lógica, la del consumo y la inversión de la gente corriente, o al menos de la que tiene algún margen para gastar, en estas condiciones de ausencia de crédito. Desde este punto de vista los sermones de la Comisión, amenazantes con nuevas incertidumbres y recortes, son bastante negativos y disuasorios. Debería ser evidente que un paulatino repunte del consumo ayudaría a alejarnos de los escollos y ponernos a salvo de nuevas exigencias y amenazas del monstruo de Bruselas. Por eso lo más preocupante del discurso del gobierno es que su propio triunfalismo inspira poca credibilidad, y puede hacer que los ciudadanos de a pie encuentren más creíbles a los agoreros de la Comisión.