Trenes rigurosamente vigilados

Javier

Escribo  esto  días después de celebrada una reunión  entre Zapatero y Revilla, el presidente del gobierno regional de Cantabria y líder de su Partido Regionalista (PRC) y sigue sin despejarse la  incógnita del “drama ferroviario”  con el que viene amenizándose la vida política en esta comunidad autónoma. En este encuentro, forzado por Revilla, Zapatero ha garantizado al presidente de Cantabria que antes de un mes  le expondrá la decisión del Ejecutivo sobre la llegada del tren de alta velocidad a la comunidad autónoma y cuál será su trazado.

Revilla lleva semanas declarando que si no se modifican los planes de Fomento respecto al Tren de Alta Velocidad para Cantabria romperá el pacto de gobierno que mantiene con el PSOE. Pacto que  ha venido siendo bastante provechoso para Cantabria y una de cuyas prioridades ha sido la   llegada del AVE. El caso es que se  apostó, además,  la conexión con la meseta, con Madrid, vía Palencia. En el contexto del ajuste económico y el consiguiente recorte en las infraestructuras, el anuncio del ministro  José Blanco de que no se llevaría a cabo esa obra -la conexión del AVE por Palencia-,  desencadenó la crisis. Ahora, de un trazado ferroviario depende la estabilidad política de una comunidad autónoma.

 Lo que ha acentuado la crisis, en realidad, es el hecho de que José Blanco ofreciera, como alternativa más que razonable, asegurar la conexión de Cantabria con el AVE que llegará a Bilbao como parte de la llamada “Y vasca” que está ya en marcha (pese a los intentos de sabotaje de ETA). Para el gobierno central y su ministro responsable de Fomento  es “sencillamente imposible” que Cantabria tenga dos conexiones de AVE, una a Bilbao y otra a Palencia; la eficiencia obliga a elegir y en plena crisis económica es inviable la pretensión de llevar a cabo ambas infraestructuras teniendo en cuenta que  Cantabria es una comunidad que no alcanza los 600.000 habitantes.

Los retrasos y los recortes, cuando se anuncian en abstracto, son entendidos o asumidos en Cantabria por todo el mundo. El primer problema, común a cualquier otro colectivo,  surge cuando se trata de concretar y poner nombre y apellidos al recorte. El segundo problema, el más específico, aparece  cuando la solución, siendo irreprochable desde el punto de vista técnico y económico,  se presta al ataque de la demagogia victimista y de la identidad regional humillada. Porque lo que algunos llevan fatal -o eso proclaman-, es que el AVE entre en Santander ¡desde Bilbao! Eso sí que no, por ahí no pasan. “Cantabria humillada” titulaba a toda página El Diario Montañés (del Grupo Vocento). En términos similares se ha lanzado a  la ofensiva el PP regional, desde la oposición. Los planes del ministro Blanco chocan también con el criterio de los socialistas cántabros, que han recalcado por activa y por pasiva que su  prioridad es  la llegada del AVE por  Palencia.

La llegada del AVE desde Bilbao -y no a través de Palencia- ha despertado la hostilidad típica del vecino acomplejado. Y se recuerdan ahora viejas historias -que sean reales o fabuladas poco importa- de supuestos agravios cometidos por los vascos que habrían torpedeado décadas atrás las posibilidades de desarrollo del Puerto de Santander para favorecer el de Bilbao. Ese empecinamiento resulta difícil de entender ya que, como sostienen en Fomento, “lo más racional en términos de eficiencia” y para los cántabros es estar conectados tanto con la meseta como con Francia, y eso es lo que ofrece la conexión a través de Bilbao.

Pero el episodio cántabro no es ni mucho menos algo excepcional en el panorama nacional. El portavoz del PNV en el Congreso hablaba días atrás de “casus belli” para referirse a un posible parón o retraso en los planes ferroviarios para el País Vasco. También aquí, socialistas y populares vascos han dejado claro que nadie les va a ganar a la hora de reivindicar su AVE. El caso es que el parón en las obras públicas y la incógnita que por el momento se mantiene sobre la planificación estratégica de Fomento (lo único seguro en estos momentos es la llegada del AVE a Valencia a finales del 2010) dispara los interrogantes y excita pasiones locales: ¿Cuánto se retrasará la llegada del AVE a Galicia? ¿Seguirá siendo prioritaria la “Y” ferroviaria vasca? ¿Será la pronta llegada del AVE al País Vasco el precio del PNV por su apoyo a los presupuestos del 2011? ¿Seguirá perforando la tuneladora el subsuelo del Eixample barcelonés?

El ajuste ha obligado a cambiar todos sus planes a José Blanco. La nueva agenda de la obra pública en España dependerá de la capacidad real del Ejecutivo para pactar nuevas fórmulas de financiación con los bancos y cajas de ahorro, de acuerdo con el plan adelantado por Zapatero y Blanco hace varias semanas. Pero eso fue antes de la decisiva reunión del Ecofin de los días 8 y 9 de mayo en Bruselas.
”Nueva agenda. Nuevo catálogo de obras. Nuevo calendario. Y nuevo problema político. Falta un año para las elecciones municipales y autonómicas. En los próximos meses habrá que decir que no al sueño alentado por el Partido Popular –y luego recreado por el PSOE– que tenía por lema: Que no falte de nada: ponga una estación del AVE en cada capital de provincia. No podrá ser. Y no será fácil explicarlo”.
 Enric Juliana  describía así la dura  papeleta del Ministro de Fomento que “llegó como una locomotora y ahora debe frenar en pleno ciclo electoral” (“La última pesadilla del Gobierno: retrasar y anular obras prometidas”, La Vanguardia, 8/6/10).

Blanco ha subrayado que la construcción de infraestructuras es uno de los ámbitos donde España tiene que acabar con la “mentalidad de la abundancia” y que no se podrá, ni tampoco será necesario, construir con el mismo ritmo. Dice entender que haya una cierta “presión” por parte de todos los territorios y tiene claro ya que no va a “hacer amigos” con el recorte presupuestario de su ministerio- De momento, ha lanzado advertencias como que “para ahorrar 15 minutos” no se pueden gastar “2.000 millones de euros más, lo pida quien lo pida”, y que no tiene sentido “construir una línea férrea para que pase un tren vacío, o simplemente para que no pase ninguno cuando se liberalice definitivamente el sector”.

Carlos Taibo (“Menos mal que nos queda el AVE”, Público, 8 de junio de 2010) resumía ácidamente el sentido de las recientes declaraciones de otros tantos presidentes autonómicos, de dispar adscripción partidaria: “no me importa que se cancelen todas las demás inversiones, siempre y cuando no me toquen las destinadas a la alta velocidad ferroviaria (…)
 Nada retrata mejor la sinrazón de nuestros gobernantes, tirios y troyanos, que esa lamentable huida hacia adelante que invita a concluir que resolveremos muchos de nuestros problemas si llegamos de Santander a Madrid en dos horas y media”.  Resumen que puede suscribirse incluso si no se es tan crítico con la Alta Velocidad como Taibo.

Tal vez este espectáculo -llamativo en la situación económica que vive el país-, se deba a esa carencia de sensibilidad hacia los intereses generales que según muchos críticos es característica de la sociedad española. A propósito de la efeméride de la  integración de España en Europa, hay quien se ha quejado, no sin razón, de que desde España sigamos viendo el mundo “desde nuestro pequeño campanario”, pero lo tremendo  es que dentro de España muchos sigan viendo su propio país desde sus aún más diminutos campanarios regionales.

De momento el Ministro de Fomento  parece mostrarse impermeable a las presiones localistas. No  es seguro, sin embargo,  que pueda resistir todos los embates.