Transiciones

Lobisón

El colapso del régimen tunecino tras la huída de Ben Alí parece haber iniciado una oleada de revueltas contra los autoritarismos en el mundo árabe. Aunque en algunos casos los autócratas son personas de edad avanzada, cuya sustitución ya estaba planteada (el caso de Mubarak), probablemente el rasgo que más se presta al paralelismo a la hora de explicar las revueltas sea demográfico: una numerosa población joven, en algún caso con una alta proporción de universitarios, como en Túnez, y una casi total carencia de expectativas.

La distancia crítica hacia los gobernantes no sólo era previsible en los ciudadanos de a pie, sino fácilmente verificable para cualquier turista que sacara el tema a relucir al guía de turno (al menos en Túnez y Egipto). Pero el malestar no se expresaba probablemente en la vida cotidiana, aunque el cine lo reflejara en ocasiones: El Edificio Yacubian o Mujeres de El Cairo ofrecían una visión poco halagadora del poder en Egipto y su peso en la sociedad.

Pero, al mismo tiempo, el tinglado parecía capaz de durar indefinidamente, y no es posible evitar un cierto asombro ante la rapidez con la que el fuego ha prendido a partir de la inmolación de un joven al que se habían arrebatado los mínimos medios de vida que se había creado, un carrito de venta ambulante, y sobre todo la dignidad. Es terrorífica la historia de la funcionaria que no sólo le había negado los papeles para la venta, sino que además le había abofeteado.

Inmolarse es contrario al islam y al sentido común: la muerte por el fuego es especialmente atroz. Pero de esa hoguera ha brotado el fuego que de Túnez ya se ha extendido a Egipto y amenaza hacerlo a Yemen, a Jordania y quizá a Argelia. Suponiendo que no se convierta en una de esas olas de duración larga e imprevisible. Todo el mundo sabía que la combinación de una juventud sin expectativas y autocracias corruptas encabezadas en muchos casos por ancianos enfermos podía ser explosiva.

Ahora ha llegado el momento de reprochar a los líderes de la UE haber contemporizado con las autocracias árabes, como si hubieran podido enfrentarse a ellas sin graves riesgos. Una vez que los ciudadanos árabes han alzado su voz todo es más fácil. Pero aun así todo es muy difícil: ¿cómo lograr gobiernos de transición capaces de convocar elecciones democráticas legítimas? ¿Cómo evitar los riesgos de caos, incluyendo el pillaje y el vandalismo? Qué culpa tendrán las pobres momias del museo de El Cairo de los males del régimen de Mubarak.

En medio de la revuelta llama la atención la combinación de alegría y furia con la que gente muy normal asume riesgos graves para poner fin al régimen y crear otra sociedad, o al menos otra forma de gobierno. Una nota de optimismo en estos momentos en que El Cairo oscila entre Tiananmen y un amanecer democrático: al parecer, dada la ausencia de la policía de las calles (aunque van a volver el lunes para evitar el pillaje, sin tratar de controlar a los manifestantes), el domingo los jóvenes insurgentes estaban regulando el tráfico. Si lo han logrado sería la primera vez en la historia que alguien consigue poner orden en el caos que siempre ha sido la circulación en esa ciudad.