Torelancia

Alberto Penadés 

Los toros se prohibirán tarde o temprano, especialmente a medida que vayan cayendo en desuso, como han caído en cierto desuso en Cataluña, razón que explica tal vez más que otras el posible éxito de la iniciativa que busca prohibirlos allí. También se han ido prohibiendo, en nuestras sociedades, cierto tipo de experimentos con animales, ciertas formas de caza, se han desterrado prácticamente algunas vestimentas, se han establecido cosas parecidas a una carta de derechos “otorgada” para algunos animales especiales, como el Proyecto Gran Simio, y todo esto es indudable progreso en general.

Se puede pensar así y pensar que algunos adalides de los derechos de los animales a menudo tienen la mente más confundida que un sacristán carlista, o que lo que impulsa a algunos a borrar del mapa el toreo es una mezcla de convicciones políticas y sociales que no siempre mejora en mucho a la de quienes defienden más ranciamente la fiesta brava. (Sin la cuestión identitaria de por medio, es difícil que el resto de los argumentos, por buenos que sean, que algunos lo son, cuaje políticamente; y que la cuestión identitaria es clave me parece bastante fuera de duda, o no sé si se imaginan que si el nacionalismo vasco no pide la abolición de los sanfermines es por déficit comparativo de ecologismo).

Peor aún, se puede pensar así e ir de vez en cuando a los toros, como es mi caso. Es lo bueno de la educación católica, a mi ver, que te aleja del perfeccionismo moral. No creo en los derechos de los animales (sí en que el sufrimiento es malo, pero cuántas cosas malas no toleramos) y tampoco en las fiestas nacionales; y me creo en libertad de disfrutar de lo que hay, mientras dure, o mientras yo madure otra opinión; y no me quejaré de su desaparición más de lo que me quejo porque me quiten el colesterol.

Eso sí, quienes defienden los espectáculos taurinos como alguna forma de arte podrían hacer el favor de dejar en paz el asunto de la Fiesta Nacional. Aunque lo cierto es que puede que, sin esas mayúsculas, los toros se olviden, será para bien en ese caso. No soy historiador, pero de mis lecturas no recuerdo alusiones literarias al toreo previas a finales del  XVIII (doctores habrá que mencionen ciento) que sin duda se van haciendo más y más frecuentes en el XIX y explotan en el inicio del XX. Desde el principio, Jovellanos se oponía al toreo ridiculizando la idea de Fiesta Nacional, no por Cataluña, sino por el corazón de Castilla: quién ha oído hablar de toros en Burgos, se preguntaba, entre otras cosas.  En las Cortes de Cádiz fue precisamente un catalán (barcelonés, pero de familia gerundense) Antonio de Capmany, quien defendió el carácter nacional de la lidia, frente a los curas que buscaban prohibirla, como de poner coto a mucho de lo que entonces se reclamaba “nacional”; no me extrañaría saber que la fiesta se llamara así precisamente por eso, lamento no tener el dato. Los aficionados (y los toreros) siempre han sido sospechosos de mucho pecado. Esto dejaba a algunos críticos bastante incómodos -herederos de lo afrancesado, como Larra, por ejemplo-  al poder parecer que se tomaba partido por los curas si se denostaba a la chusma taurina.

Con el cambio de siglo  (del XVIII al XIX) el pueblo de Madrid se dividía entre seguidores de Pepe-Hillo y de Pedro Romero por lo mismo que entre “chorizos” y “polacos”, que eran los dos partidos teatrales (mucho más “tradicionales”). Entre los dos matadores (ambos andaluces, sevillano y rondeño) habían inventado el toreo de a pie, es decir, en la práctica, el toreo, esa tradición milenaria de los retaurinos. La inventaron seguramente en Sevilla, pero cuajó en Madrid, donde Pepe-Hillo murió corneado en 1801. La capital era entonces ese proverbial poblachón manchego. Es improbable que sea por Madrid por lo que se llame fiesta nacional, sigo apostando por Cádiz, que está más cerca del corazón taurino y del liberal, pero admito que es otra hipótesis.

De lo que realmente es un vestigio el toreo, creo que lo ha dicho Vargas Llosa, es de un tiempo en el que el público se permitía criticar, rechazar, y hasta emplear la violencia, contra el arte, cualquier arte, cuando no le gustaba. Los partidos teatrales tradicionales desaparecieron en las primeras décadas del XIX, pero cien años después se seguía  pitando, y arrojando inmundicias, en los teatros, cuando las obras o los actores no estaban a la altura. Hoy se pita en el fútbol, pero nadie protestaba ayer mismo en el teatro, disculpen la pedantería, cuando un conocido actor, muy insulso, hacía echar de menos el cine más que nunca (a Jack Lemmon, en especial) destrozando el final de Glenngarry Glennrose. Todo el mundo estaba encantado. Es fácil ver los defectos de gran parte del público taurino, pero qué me dicen de la mansedumbre del que se traga lo que le echen con exquisita educación.

El complemento de aquel público era un caudal de  jóvenes sin otro capital que el arrojo físico y, en algunos casos, cierta gracia de movimientos. “Más cornás da el hambre” (El Espartero, 1894) define el momento clásico del toreo mucho más que todas las coplillas de la Fiesta Nacional. Ahora el público es minoritario (el público que asistía a los toros de vez en cuando, incluyendo a los esporádicos, según una encuesta fiable de hace diez años, andaba poco por encima del 5%)  y los toreros se van profesionalizando. La última vez que me llevó un amigo a la plaza fuimos a ver a un francés que lo hizo muy bien y salió a hombros, y que defiende su oficio en ABC (orgullosos de agitar a un francés frente a la caterva independentista). Y aunque a la gente se le caiga la baba con el arte de José Tomás, el espectáculo tiene, seguramente, los días contados, sin necesidad de empujar mucho. Al toreo sin hambre le seguirá el público manso (si es que son partidarios del arte) o tan plenamente bárbaro que no tendrá tiempo para las reglas mínimas que lo pueden hacer interesante (e interactivo).

La última encuesta que conozco sobre preferencias taurinas mostraba, en 1995, a una cierta mayoría de españoles a favor del mantenimiento de la lidia. Posiblemente hoy sean más sus detractores, aunque yo no creo que sea una cuestión de decidir, simplemente, a votos. En todo caso, los muy taurinos pueden estar tranquilos: ya en esa encuesta había una aplastante mayoría (más de 3 a 1) contra el tabaco en lugares públicos, y la velocidad de reacción de los poderes ídem ha sido de diez años (o quince, según se mire). Yo a los toros les echo 25, al menos.

Mientras tanto, creo que hay que ser tolerantes, hasta donde se pueda. A mí no me parecen definitivos los argumentos de ninguno de los lados. Si un municipio, o una Comunidad, deciden erradicar el espectáculo, dejémoslo estar como experimento,  pero yo preferiría muy fuertemente que se trasladara la decisión al nivel local, de manera que pueda haber más libertad de elección (con la creación, posiblemente diseminada, de municipios antitaurinos, como los hay, o había, antinucleares), y menos carga política. Lógicamente quienes están convencidos del mal de la práctica (o de la causa política, territorialmente más compacta, que se presenta aneja) no lo ven así, pero a mí no me convencen, y no me gusta que legislen sobre mi conciencia más que en lo que tiene claras consecuencias sobre los demás y cuando no haya más remedio. Cuando me convenzan, dejaré de ir. En serio, no me extraña que desde siempre los toreros tuvieran a los curas enfrente.

Dicen también las encuestas que solo el 1% de los españoles está solo esta noche (por cierto, he leído que ahora la tilde en solo sólo se escribe si es diacrítica). Esa fracción, multiplicada por el número de lectores habituales, da el magro número de lecturas de esta entrada. Un abrazo, amigos.