Todos son igual de incompetentes y corruptos

LBNL

Es un argumento que siempre he rechazado, con razón. No todos los políticos son incompetentes y/o corruptos y los que lo son, no lo son por igual. Hacer tabla rasa tampoco suele conducir a grandes mejoras, más bien al contrario. Cuando todo es igual de catastrófico, en ocasiones el pueblo se levanta en revolución, pero las más de las veces el resultado suele ser que se dejan de lado mejoras parciales dada la inutilidad de las mismas frente a la putrefacción general.

Sin embargo, estas Navidades me ha resultado bastante difícil mantener mi discurso habitual, incluida la coletilla de que la democracia es el peor de los sistemas a excepción de todos los demás, o el menos malo de los mismos. Algunos de mis interlocutores planteaban la necesidad de exigirle a los políticos algún tipo de cualificación mínima. De una parte, los candidatos a Presidente del Gobierno debían saber inglés. De otra, los concejales de su pueblo debían tener alguna noción sobre la concejalía que se les fuera a encargar. ¿Cómo puede ser que una persona que no tiene siquiera el graduado escolar sea concejal de cultura?

Por supuesto, razoné que la responsabilidad radicaba en los ciudadanos, que son los que con su voto escogen a quienes quieren que les gobiernen. No votes a quien no crees capacitado y asunto resuelto. Ahí entraron en juego las listas cerradas. No tenemos demasiado tiempo para interesarnos por las trayectorias profesionales y capacidades de los candidatos y si lo tuviéramos y la información fuera accesible, no podríamos filtrar a aquéllos de la lista que no nos parecen adecuados. En efecto, pero esto se podría resolver con listas abiertas, que plantean problemas de otro tipo, o con circunscripciones únicas en distritos pequeños, como en Reino Unido, que sin embargo también provocan un efecto mayoritario exagerado.

En todo caso, la democracia sólo puede admitir listones objetivos de carácter muy general, como tener la mayoría de edad, no tener antecedentes penales, etc. Si metemos el requisito del inglés, ¿por qué no exigirles también un conocimiento mínimo de las nuevas tecnologías? O yendo un poco más allá, una carrera universitaria o estudios de postgrado. Aduje que me parecía lamentable que Elena Valenciano pudiera ser la número dos del PSOE sin haber completado la carrera, más todavía teniendo en cuenta que tuvo una educación bastante elitista (Liceo Francés). O que Rosa Díaz sólo tuviera el graduado escolar. Rubalcaba y Rajoy, por el contrario, tienen carrera y al menos el segundo aprobó una oposición bastante compleja. Quizás sus méritos académicos y profesionales sean mayores que los de Suarez, Felipe y Guerra, y sin embargo, parece bastante evidente que estos fueron capaces de transformar una España que parecía Turquía en un país moderno y plenamente democrático, lleno de autovías y otras infraestructuras modernas y con sanidad y educación universales. Felipe decía hablar francés y Guerra escuchar a Mahler pero me temo que ello era consecuencia antes que causa de sus aptitudes y capacidades para gobernar como España necesitaba.

Además, ¿dónde ponemos los límites? Podemos exigir una mínima experiencia laboral pero cómo la juzgamos. ¿Haber cotizado a la Seguridad Social como trabajador de un partido político es suficiente? No es lo que se pretende. Como tampoco se pretende limitar el acceso al poder a los más pudientes y por tanto con más medios para formarse. Al contrario, la democracia se basa en que todos somos iguales, todos somos ciudadanos, y todos podemos solicitar el voto de los demás y nuestros votos valen todos igual.

Lo que mis interlocutores proponían era reemplazar la democracia por una meritocracia o convertirla en una tecnocracia. Sobran los argumentos y los ejemplos para demostrar que los problemas que plantean una y otra son mayores que los beneficios. Salvo que uno desee un régimen como el de Singapur, en el que los gobernantes son escogidos en función de sus méritos por el único partido político. Es una democracia limitada que funciona muy bien en lo económico, pero a cambio de un recorte de libertades sustancial, como por ejemplo el derecho a comer chicle, cuyo consumo está prohibido para mantener la ciudad-Estado más limpia.

Lo que antes era obvio hoy ha dejado de serlo. A mis interlocutores lo de Singapur no les sonó nada mal. Gobernantes bien preparados, juzgados por sus resultados objetivos y un bienestar general considerable. Poder comer chicle está bien pero mejor es tener trabajo y no desayunarse día tras día con escándalos de corrupción en los partidos políticos, grandes empresas, sindicatos e instituciones y vivir en una realidad que se empobrece progresivamente a pasos agigantados.

La incompetencia es muy difícil de medir y de juzgar y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Pero hay demasiados casos demasiado flagrantes y el sistema no parece ser capaz de filtrar suficientemente. Por no hablar de la corrupción. Los que la hacen no la pagan y cuando la pagan, sólo parcialmente y muy tarde. En cuanto a los resultados, brillan por su ausencia. La situación no es sólo mala malísima sino que no hay ningún atisbo en el horizonte, ninguna esperanza de que vaya a poder mejorar sustancialmente a corto o a medio plazo. Todo lo más, nuestros gobernantes nos ofrecen una tímida recuperación que ojalá sea prolongada, de forma que dentro de algunas décadas podamos acercarnos al nivel de vida del que disfrutábamos hace ya un lustro. Unos nos piden fe en el efecto a largo plazo de los recortes sin fin, pese a la evidencia de que los únicos signos de mejoría son propiciados por la disminución de los recortes. Los otros se quejan amargamente de los retrocesos en el Estado del Bienestar pero no son capaces de proponer ninguna idea, ningún proyecto alternativo, más allá de fórmulas que o bien no tuvieron el valor de ensayar cuando estaban en el Gobierno o que ya se demostraron inútiles para mantener nuestro nivel de prosperidad en vista de los cambios globales.

De momento sigo en mis trece: la democracia es el menos malo de los sistemas y es la ciudadanía – no la élite – la que tiene la responsabilidad de elegir a sus gobernantes. Pero cada vez es más difícil defender el discurso político más sofisticado a la vista de las profundas y generalizadas carencias que nos rodean por doquier.