Tiempo

Andrés Gastey

“Suena el despertador

que da la vida sin ser dios…”

(Antonio Vega)

Y la ciudadana reingresa en su tiempo. Antes de encender la luz, sabrá la hora exacta gracias a los dígitos rojos de su radio reloj. Pero las cifras, las mismas de todos los días, no terminan de adquirir nitidez. Tiene que frotarse los ojos para quitar las telarañas que se quedaron prendidas durante el tiempo suspendido, residuos de sueños pastosos que no puede recordar. Luego tanteará con los pies el suelo frío buscando la felpa de las zapatillas, mientras se engrilleta la muñeca izquierda con el reloj de pulsera que ha recuperado de la mesa de noche. Hoy se vuelve a poner el del trabajo, funcional, gris, de un plástico que no le provoca alergias; no es día para las frivolidades de colorines ni para deslumbrar a nadie con el de bolsillo o con el suizo de oro blanco que usa para bodas y bautizos.Procede a reconstruir sus rasgos ante el espejo mientras en la radio un locutor insiste en recordarle a cada instante que su tiempo se acaba. Se diría que la noticia más importante del día es que ha fenecido un minuto más: cada hora brinda sesenta oportunidades para informar sobre el luctuoso suceso.

En la cocina van desgranándose los segundos que el microondas asigna al café recalentado. Parece un recuento modesto frente a la omnisciencia de la gran esfera blanca que preside ese espacio. En realidad, no se reconocen jerarquías, porque nadie logró jamás que marquen la misma hora los relojes del horno,  del  reproductor de vídeo, del teléfono móvil, del equipo de música, del programador de la calefacción, del péndulo de la entrada, de la televisión del salón, del ordenador personal.

Construimos nuestras casas para que sirvan de madriguera a los relojes. Ellos reinan allí a su antojo, disfrutan de su existencia pautada, se reproducen con el tiempo; y a nosotros nos queda ajustarnos disciplinadamente a sus caprichos.

La ciudadana sale a la calle. Podría explorar un mundo de libertad vertiginosa, pero los relojes también proliferan al aire libre. Los poderes de la tierra se confabulan para imponernos relojes automovilísticos, municipales, farmacéuticos, bancarios, teocráticos, académicos, comerciales, metropolitanos. Muchos relojes nos venden productos; otros nos dicen qué temperatura tenemos que experimentar en cada momento; algunos nos ordenan cuánto le tendremos que pagar a quienes mercadean con su tiempo; y, sobre todo, están esos agentes especiales del sistema que nos fichan y señalan cuál será nuestra parte del botín.

Casi consumimos más tiempo contándolo que viviéndolo. Hay que darle a cada cosa su tiempo, pero también se nos recomienda, para satisfacer una voracidad digna de mejor causa, que le demos tiempo al tiempo.

Hacemos las cosas a tiempo o a destiempo; a veces, a tiempo parcial o a contratiempo. Como somos amantes de la libertad, nos gusta el tiempo libre; pero, lo que es más raro, también nos gusta matar el tiempo y, con ramalazo necrófilo, encontrar tiempos muertos para disfrutar de ellos. Perseguimos tiempo de calidad para entregárselo a nuestros seres queridos, pero curiosamente no precisamos si queremos buena o mala calidad.

El tiempo es un valor con cierta prosopopeya, porque se puede tener, invertir, ganar o perder, y no se suele gastar, sino que como mucho se malgasta, lo que es más elegante. También nos podemos tomar nuestro tiempo. Pero con el tiempo suele haber truco, porque ganar tiempo significa siempre acortarlo; hacer tiempo, perderlo; y quien compra una vivienda a tiempo compartido a lo que aspira en realidad es a jamás compartirla con nadie. Del tiempo son la fruta, con lo que se designan variedades vegetales, y el agua, con lo que nos referimos a una temperatura.

Según parece, los ochenta fueron malos tiempos para la lírica; tal vez fueran mejores para la épica, pero los buenos tiempos suelen ser, a la vez, viejos; o, según se dice, de vino y rosas (¿por qué no de cava y claveles?). Se nos augura que vendrán tiempos mejores y nos harán más sabios, si bien en esto, como en todo, yo soy devoto del profeta que nos recuerda que vendrán tiempos más malos y nos harán más ciegos. Cuando del plural pasamos al singular, con el simple buen o mal tiempo nos cambiamos de liga, y transitamos desde la filosofía al Gran Piscátor Salmantino, la máxima expresión de la ciencia social patria.

Los catastrofistas nos dicen que vivimos en tiempo de descuento, aunque este descuento nada tiene que ver con el tiempo de rebajas, que es una noción espacial más que temporal porque sólo acontece en El Corte Inglés.

Algunos novelistas son sagaces (en esto se parecen a los fresadores), de modo que titulan abusivamente con los tiempos o con el tiempo, que puede ser perdido, de silencio, de cerezas, de abrazar, del cólera… you name it.

Hay máquinas del tiempo, túneles del tiempo, flechas del tiempo, motores de dos o cuatro tiempos. El tiempo tiene otros extraños atributos, porque puede curvarse, ser esférico o circular y formar bucles. A veces, adquiere cualidades gelatinosas, y vamos viviendo con el tiempo pegado a partes blandas de nuestra anatomía.

El tiempo tiene nombres. Hubo una señora muy importante cuya figura se proyecta a todos los tiempos pasados, Maricastaña; gracias a su indeleble huella, los suyos no llegan a ser tiempos inmemoriales. De tiempo en tiempo, veo por ahí a los miembros de esa secta misógina uniformada con sayas negras y alzacuellos que predica que hay que ayunar en un tiempo al que llaman pascual (sin que haya, que yo sepa, un tiempo Rafael o Manuel). Son los mismos que aspiran a la plenitud de los tiempos, que creo que es algo así como el fin del mundo. Frente a ellos, los miembros de otra secta esotérica, la de los gramáticos, hablan de tiempos absolutos y de tiempos compuestos.

“¡Oh tempora, oh mores!”, decían los transidos por el “sic transit”. Qué tendrán que ver las témporas con lo otro. Y atención a los géneros del tiempo: “lo” temporal es antítesis de lo espiritual; “el” temporal es una borrasca; y “la” temporal es la becaria de la oficina, sive sierva de la ETT. Nos toca, ¡qué remedio!, contemporizar con nuestros contemporáneos, evitando comportamientos extemporáneos.

Al tiempo no le falta de nada, porque también tiene hombres. En contra de lo que podría pensarse, los hombres del tiempo no son sabios dedicados a la exégesis del discurrir de la historia, sino que se trata de funcionarios del extinto INM. Para la gente de mi generación, la antonomasia en este terreno fue don Mariano Medina, qepd. Ciertamente, estos son otros tiempos para el hombre del tiempo.

Y no abuso más: termino en tiempo récord mi artículo, porque no querría robarles a ustedes más tiempo con este pasatiempo.