The Grand Budapest Hotel

 Frans van den Broek

Europa del Este, desde el siglo diecinueve hasta los años de entreguerras, fue un foco de producción cultural tan o más importante que los más conocidos centros del oeste, como París o Londres. Los nazis y luego el imperio soviético llevaron la energía cultural del este casi hasta la extinción. No pocos de los artistas, científicos, escritores, filósofos o escritores activos en aquella época y región eran de origen judío o de tendencias liberales, por lo que su suerte estuvo echada incluso antes de que la historia los condenara al exilio o a la muerte. El escritor que inspira la película que queremos comentar fue una de sus víctimas, Stefan Zweig, suicidándose en Brasil en desesperación por la situación europea durante la segunda guerra mundial y, de seguro, por la segura desaparición del mundo en el que había vivido, el de la Europa finisecular.

 La película de Wes Anderson que nos ocupa trata, hasta cierto punto, del declive de aquel mundo europeo oriental, del imperio austro-húngaro y sus naciones herederas, aunque está situada en un país imaginario de aquella parte de Europa. Pero como es propio de toda fábula, tradicional o inventada, se refiere a mucho más, a ciertas modalidades del espíritu humano donde el refinamiento, la sofisticación, incluso la impostura y la decadencia, son elementos connaturales. La historia cuenta el destino de Gustave, el encargado del Grand Hotel Budapest, y de su Lobby Boy, con el que se amista y se congracia hasta hacerlo heredero de la fortuna que iría a recibir tras los incidentes de la historia. De manera muy típica en la filmografía y literatura actuales, la historia es una historia dentro de otra historia, desde la joven muchacha que lee un libro de su héroe literario nacional, hasta la historia misma de Gustave, pasando por el relato de Mustafa, el Lobby Boy que termina siendo el dueño del hotel. A decir verdad, esta estructura, a mi entender, no añade nada al relato, conmovedor y hechizante de suyo, como no fuera las consabidas concesiones que hacen los creadores modernos a los hábitos y modas de la intelectualidad vigente. Wes Anderson es un director exacto y exigente con su material, leal a un estilo que tiende a caricaturizarse a sí mismo, pero no evita los manierismos y las exageraciones. Si éstos son parte consustancial de su arte fílmico es debatible, por supuesto. Sin embargo, caricatura es justamente lo que Wes Anderson propone, si bien lo hace de modo inteligente, entretenido y brillante. 

Nadie que vea la película podrá decir que no pasó dos horas de infalible entretenimiento y hasta podrá sentirse admirado por la fantasía visual de Anderson y algunas de las actuaciones. El director plantea la historia como si fuera un Comic o un dibujo animado, en consonancia con sus previas películas, desde la organización de los planos hasta los saturados colores o el comportamiento de los actores. La historia rezuma nostalgia e ironía, además de buenos momentos de humor y acidez. El personaje principal es el mejor logrado, a lo que coadyuva el hecho de que sea Ralph Fiennes quien lo interpreta. Otros, empero, se ven coartados por la naturaleza del estilo, que los obliga a frases alambicadas y enrevesadas, que no acuden bien a los estilos de actores como Jeff Goldblum, por mencionar solo a uno. El argumento se espesa demasiado hacia la mitad de la película, con cárcel, intriga y poco espacio para actores a los que no se da demasiado fondo actoral como para comprenderlos. No obstante, la trama transcurre de la mano de una edición impecable y una cinematografía rutilante (en el sentido literal: los colores parecen de caramelo por momentos, extremados por un tratamiento que termina por agotar la visión, aunque contribuye a mantener la atmósfera de cuento de hadas que domina el filme), y Anderson no pudo conseguir mejores actores para su película. Lo más conmovedor, no obstante, es el contraste entre una historia de fábula y la realidad de una Europa asolada por el surgimiento del fascismo, que significa la destrucción del universo que alimenta esta obra. Menos convincente es la historia de una familia noble, o de vieja alcurnia, como se nos hace sospechar, que resulta malvada hasta los tuétanos, pero cuya maldad ni se explica ni se comprende. Anderson opera tal vez bajo la premisa americana de que la aristocracia europea es cuna de corrupción, imperios y falsedad, pero olvida que el mundo europeo oriental que evoca se caracterizó también por la capacidad de acomodar diferentes pueblos y naciones bajo la protección de cortes que podrían considerarse como antecedentes de la Unión Europea. Pero esto es lo que ocurre cuando una obra acumula personajes a granel y concede poco tiempo a la mayoría, de modo que las imágenes que ofrece de sus arquetipos son no solo eso, estereotipos un tanto banales (de acuerdo con su estilo), sino estereotipos mal explicados y carentes de profundidad. Valga decir, empero, que la película no se plantea como una exploración de caracteres, sino como una historia fabulosa con mensaje moral, a la manera de un Perrault o de Hoffmann, pero americanizada con una técnica ágil y efectiva. Más allá de eso, sería pedir demasiado.