“The Dark Knight Rises” o los vericuetos asociativos

­J. ­­­­Van den Broek

Quizá sea legítimo preguntarse por qué esta película de tono oscuro e invernal haya sido estrenada en el verano, estación de costumbres sueltas y preocupaciones vanas. Me imagino que la respuesta es mucho más simple que la pregunta, empero, y que se debe a puras razones comerciales, como se debe a ello la mayor parte de la película. No afirmo esto para desmerecerla, al contrario, pero quien haya visto una película como “ Memento”, del mismo Christopher Nolan (uno de los directores más brillantes de su generación), y tiene un poco de afición al arte cinematográfico, echará algo de menos, quizá hasta mucho de menos, en esta nueva reproducción de la famosa serie de cómics. No será acción, o suspense lo que deje un sabor de vacío al contemplarla, sino precisamente la denodada capacidad cuasi barroca del director o los guionistas de revestir el vacío con un argumento trivial, un despliegue impresionante de efectos y una peligrosa tendencia a caer en el cliché, el estereotipo o la repetición.

Digo peligrosa porque no he podido evitar que mi mente se extravíe por vericuetos quizá poco justificados, pero no menos significativos. Si la mía, que es mente desentrenada, puede hacerlo, lo mismo puede hacerlo el gran público, sin que nadie se moleste en preguntarse por las razones. La película cabalga a medio camino entre la trivialidad y la pesadez existencial, pero sin dejarle claro al espectador si lo hace por necesidades artísticas, comerciales, autorales o editoriales. ¿A qué vericuetos me refiero? En primer lugar, a la tendencia tan americana de crearse héroes cuya noble misión los sitúa por encima de la ley, pues la ley se ha convertido en obstáculo, en algo prescindible. ¿Cuántas veces ha incurrido el imperio americano en dicha estrategia argumental? A fin de diseminar la democracia, ¿cuántas atrocidades se han cometido? Batman, es verdad, en su versión cómic al menos, no pretendió jamás otra cosa que entretener, que dedicarle unos minutos a la semana a los chicos de América que debieron tantas veces ir a guerras, sobrevivir la depresión o la discriminación, asentarse en su nueva patria. Pero en este caso, por más bueno y musculoso que sea nuestro héroe, su enemigo sí que tiene un nombre claro, o al menos su origen lo tiene: un nombre de raigambre medio-oriental, para ser más exactos, un nombre que no necesita ninguna mente torcida para ser asociado con la guerra contra el terrorismo, o la invasión de Irak, o las próximas intervenciones en los asuntos ajenos que prepara la administración, si es que Batman los deja (ya que parece que le gusta adelantarse a la justicia o corregirla de motu proprio).

El grupo de bandidos que toma la ciudad de Gotham no proviene de una banda de gángsters, sino que se asemeja a un grupo fundamentalista, entrenado en la lucha guerrillera urbana, aunque todo ello presentado como una venganza personal o un ideal pervertido. Tal es la tensión que estas asociaciones producen, que la película sufre de un grado alto de inverosimilitud y tiene dificultad para convencer. ¿Todos los bandidos dispuestos a inmolarse para seguir a una ex prisionera a cuyo padre Batman ha eliminado, si bien bajo el ideal del mentor de todos, de Batman incluido, mentor de una sociedad secreta también al margen de la ley? ¿Una historia de amor imposible en medio del horror de un castigo insufrible en un escenario medieval en un lugar que si no es Marruecos debiera serlo? El grupo de iniciados se asemeja, además, al del viejo hombre de la montaña, quien desde Alamut dirigiera al que se considera a veces uno de los primeros grupos terroristas de la historia, el de los Asesinos, lo que refuerza la asociación medio-oriental. Pero a la vez Bane, el salvador de la prisionera, se parece a los enajenados de Mad Max, con lo que los vericuetos se nos escapan hacia Australia y un mundo post-apocalíptico donde el petróleo (en manos de árabes en su mayoría) es como el agua, el insumo mayor. De otro lado, la toma de la ciudad de Gotham y el subsecuente gobierno de Bane son alusiones al reino del terror impuesto por Robespierre y por toda revolución que quiera usar el nombre del pueblo para justificar tropelías y ambiciones personales, lo cual no está mal, si no fuera porque a la vez se elogia las acciones extra judiciales del propio Batman y se denuesta la cobarde actuación policial del inicio. Sé que peco de asociaciones que no dirán nada a la juventud de hoy en día, principal mercado del filme, pero de seguro que tienen que haber dicho algo a los creadores de la película. Ya solo faltaba que apareciera el pato Donald en vestido de comando para terminar por enredar las asociaciones hasta el nudo irreversible.

Si bien el argumento está bien trabado, el montaje da la impresión clara de haber dejado mucho en la mesa de montaje, pues hay escenas que aparecen de súbito sin previa preparación del espectador, como una escena de juicio de uno de los malvados corporativistas que pretenden apropiarse de los bienes del millonario Wayne o Batman, sin que siquiera se sepa cómo, en qué momento o bajo qué circunstancias fuera atrapado. Como estos, hay muchos cortes bruscos y giros inesperados que más que explicar, confunden. Dicho todo lo anterior, no puede negarse que el espectador tiene aseguradas unas horas de agradable distracción, articuladas con el profesionalismo que se le conoce a Nolan y con estupendos efectos especiales. El trabajo de fotografía y cámara es efectivo y hasta encomiable (¿pero qué película de este tipo puede permitirse lo contrario?), si bien las actuaciones podrían haberse atemperado un poco más. Ver a Michael Caine llorando por su señor me inspiró lágrimas, pero no tanto por pena, sino por vergüenza ajena. Uno tiene que ganar dinero, supongo. Y gastarlo también, así que en tiempos de crisis, no dude en contribuir al consumo general con un poco del suyo.