Testas descoronables

 Laertes

Las crisis económicas nunca han sido especialmente benévolas con las monarquías, especialmente con los borbones, que entre Esquilaches, aquello de Francia en 1789 y lo de aquí en 1931, por citar algunos ejemplos, ya deberían tener experiencia en que cuando no hay harina, tienen una especial querencia a ser puestos en dificultades serias.

Lo mejor que le puede pasar en estas circunstancias a unos reyes de un país con un 26% de parados, sueldos bajando para los que trabajan, recortes y etcétera, es que se les confunda con los retratos que hay en los edificios públicos. Figuras sonrientes, revestidas de majestad y poco más.

Todos sabemos que esto no ha ocurrido en los últimos años. Del “Elefantegate”, hemos pasado por el “Corinagate” desarrollándose con el decorado de Urdangarín y Noós de fondo, y al final, la imputación de una Infanta de España.

Probablemente la Corona (ese sustantivo difuso que puede ser individual o colectivo) haya calculado muy mal el margen de maniobra del que dispone. Posiblemente se crean más queridos, más necesarios y más defendidos de lo que en realidad los consideran los demás.

Es seguro que aquí los reyes han tenido esa connotación positiva de suponer el final de la dictadura y el paso a la democracia para una generación entera. Durante tres décadas han sabido posicionarse bien y han gozado de una especie de protección, de una complicidad silenciosa también por parte de medios de comunicación y partidos políticos. No obstante en estos tiempos más tensos e irritados, esta capa se ha debilitado. Con la debilidad comienza el cuestionamiento, el debate sobre la legitimidad y una vez que se abren ciertas controversias es muy difícil cerrarlas de una manera inocua.

Porque, afrontémoslo, las Monarquías, constitucionales y todo, son completamente indefendibles desde los más elementales principios democráticos. Es que no hay manera, y cuando se intenta se hacen unos papelones nada envidiables. Aquí en Europa las tenemos como soluciones de compromiso a diversos procesos históricos de cada sitio, pero vamos, generalmente cuando las sociedades han salido a la calle pidiendo cosas y queriendo cambiar su situación, yo no puedo recordar ninguna en la que se pidiera un rey -o reina- por favor.

En España a día de hoy abunda el hartazgo y, como señalan las encuestas del CIS, o los estudios de cualquier otro organismo, hay una gran irritación contra casi cualquier institución asociada al gobierno, que se considera, han fallado estrepitosamente a la hora, no ya de solucionar la crisis sino siquiera de acreditar unos niveles aceptables de honestidad. Percibimos que los partidos políticos están en connivencia con ciertos poderes económicos poco claros, se dice “que no nos representan” y esta es una noción bastante transversal que está ahí como vibración de fondo más profunda de lo que parece.

Sin embargo, a diferencia de los partidos, la Corona no posee un entramado detrás lo bastante sólido y comprometido para defenderla a capa y espada. Asumiendo por un momento el que todo el sistema sea corrupto per se -cosa que no comparto-, para esos grandes poderes económicos queda el incentivo de cabildear con los partidos, ya que ellos manejarán el BOE y el presupuesto en años venideros. Sin embargo ¿qué réditos puede ofrecer batallar por la monarquía cuando esto se convierte en una operación que sólo tiene costes, pero ningún beneficio claro? Es más, situación incluso peor, mientras los telediarios y el debate público esté -legítimamente- escandalizado de los tejemanejes de tráfico de influencias y de estructuras fiscales pantalla del marido de la Infanta, no estarán tan atentos a otros asuntos que si podrían redundar en complicaciones de vida a esos supuestos poderes tras el poder.

Este fin de semana, aunque es algo que ya venía produciéndose, se observaba en los informativos un fenómeno curioso que debe resultar poco tranquilizador para la Corona: uno tras otro los representantes de todos los partidos políticos, salvo el popular, se turnaban en ese carrusel de 10 segundos por cabeza, en dar una bofetada mayor o menos en los carrillos de la Infanta. Si esto es una cata de por dónde van a apuntar los mensajes políticos a corto y medio plazo, y puede ser, no es nada cómodo estar debajo de los focos en posición tan desventajosa.

Con el Rey desactivado, por edad, por salud, por reputación dañada, el Príncipe sin poder ejercer, la sociedad exigiendo responsabilidades y muy poca gente con incentivos a parar el golpe, el panorama se presenta con unos riesgos que seguramente hace diez años eran quiméricos.

Seguramente haya muy pocas diferencias en lo práctico entre una monarquía constitucional y una república, pero a día de hoy, alcanza cierta probabilidad el hecho de que descoronar testas se pueda vender como reforma democrática y de lucha contra la corrupción. Vistoso y relativamente barato. Seguramente injusto si esta fuera la única cosa que cambiara y no otras, quizás no tan sencillas de explicar ni de aplicar pero mucho más necesarias. No obstante, estos son los interesantes tiempos en los que nos ha tocado vivir.